Exrugbiers y boxeadores: una investigación advierte sobre posibles daños cognitivos a largo plazo por golpes repetidos
Un estudio detectó que, años después del retiro de algunos atletas que recibieron golpes reiterados, se observan alteraciones en la barrera que protege al cerebro, asociadas a inflamación persistente y peor rendimiento cerebral; efectos en la memoria y en la atención
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Un estudio publicado en Science Translational Medicine volvió a poner bajo la lupa los efectos a largo plazo de los golpes repetidos en la cabeza en deportes de contacto como el rugby o el boxeo.
La investigación, retomada también por la revista científica Nature en una nota de divulgación, encontró que exatletas retirados de disciplinas de colisión y combate podían presentar, incluso más de una década después de dejar de competir, una alteración persistente de la barrera hematoencefálica, la estructura que protege al cerebro y regula qué sustancias pueden pasar desde la sangre al tejido cerebral.
Esa “fuga” apareció asociada a inflamación sostenida y a peor rendimiento cognitivo en un subgrupo de deportistas, un hallazgo que suma una pieza nueva para entender por qué algunos exjugadores desarrollan problemas de memoria, atención o deterioro mental años después del retiro.
Los especialistas consultados coincidieron en que el trabajo aporta una pista biológica relevante para explicar secuelas que muchas veces no pueden vincularse solo con conmociones cerebrales diagnosticadas. Afirmaron que los impactos repetidos, incluso cuando no parecen graves en el momento, podrían dejar un daño acumulativo sobre los vasos cerebrales, activar procesos inflamatorios persistentes y alterar la comunicación fina del cerebro.

También subrayaron que, si bien el estudio no demuestra que el daño sea irreversible en todos los casos, sí obliga a mirar estos cuadros de otra manera y abre la puerta a desarrollar mejores herramientas de detección precoz.
Desde la Unión Argentina de Rugby (UAR) remarcaron que en los últimos años se adoptaron múltiples medidas de seguridad para reducir el riesgo de conmoción y mejorar su manejo: desde protocolos específicos y capacitaciones obligatorias, hasta cambios en las reglas, la incorporación de la “tarjeta azul” y tiempos más estrictos para el retorno al juego.
Un estudio en 47 atletas retirados
La investigación que disparó el debate partió de una pregunta clave: qué consecuencias puede dejar, en el largo plazo, el trauma repetido sobre la integridad de la barrera hematoencefálica y cuál es su relación con la función cognitiva.
Para responderlo, los autores estudiaron a 47 atletas retirados de deportes de contacto con alto riesgo de conmoción y golpes repetidos en la cabeza, entre ellos, rugbiers y boxeadores retirados, y los compararon con personas que no practicaron esas disciplinas. A través de una resonancia especial (dynamic contrast-enhanced MRI o DCE-MRI), detectaron que la barrera hematoencefálica era significativamente más permeable en los exdeportistas de contacto, aun cuando, en promedio, se habían retirado hace 12 años.
El dato más inquietante fue que 17 exdeportistas presentaban una alteración más extensa de la barrera hematoencefálica y, al mismo tiempo, peor rendimiento en pruebas cognitivas. En otras palabras: la “fuga” detectada no fue solo una rareza de laboratorio, sino que apareció asociada a un impacto concreto sobre funciones cerebrales.
El trabajo también mostró que los marcadores clásicos de lesión neurológica tuvieron una utilidad limitada. En cambio, una mayor carga inflamatoria en sangre, sobre todo un aumento de monocitos, sí se vinculó con peor cognición. Además, los investigadores encontraron alteraciones en genes relacionados con el sistema del complemento y el desarrollo vascular, y sumaron evidencia post mortem en personas con encefalopatía traumática crónica que apunta en la misma dirección: una conexión entre inflamación, compromiso de los vasos cerebrales y el deterioro cognitivo.
En su cobertura del estudio, Nature destacó que este trabajo aporta una evidencia particularmente importante porque detecta en cerebros vivos una alteración que hasta ahora se intuía, pero resultaba muy difícil de estudiar.

Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología de Buenos Aires, explicó que, cuando se habla de “fugas” en la barrera hematoencefálica, se está describiendo justamente una pérdida de su capacidad de controlar con precisión qué entra al cerebro. “Cuando decimos que la barrera tiene ‘fugas’, estamos hablando de que pierde su capacidad de filtrar lo que entra al cerebro”, señaló.
En condiciones normales, indicó, esta barrera funciona como un sistema de seguridad muy estricto. Permite el paso de nutrientes indispensables, pero bloquea toxinas, células inflamatorias y otras sustancias potencialmente dañinas. Cuando ese filtro se altera, ingresan moléculas inflamatorias y células del sistema inmune, y se altera el equilibrio químico del cerebro, detalla el experto.
Fallas en la memoria y deterioro cognitivo
Para Andersson, el interés del hallazgo no es solo descriptivo. Según explicó, esa disrupción puede ayudar a entender por qué algunos exdeportistas desarrollan años más tarde fallas de memoria, problemas de atención o deterioro cognitivo. “La inflamación crónica, aunque sea leve, interfiere con la comunicación entre neuronas, la plasticidad sináptica y los circuitos de memoria y atención”, detalló. Y subrayó que lo más inquietante es que ese proceso podría seguir activo mucho después de abandonada la práctica deportiva.
En la misma línea, Guido Dorman, médico neurólogo y jefe del Departamento de Neurología Cognitiva de INECO, planteó que, si estos hallazgos se confirman en estudios más amplios, podrían empujar un cambio importante en la forma de entender el deterioro cognitivo en exdeportistas.
Para Dorman, la investigación suma evidencia sobre un fenómeno que ya se venía observando: que los traumatismos repetidos en la cabeza pueden generar daño cerebral a largo plazo y aumentar el riesgo de deterioro cognitivo, como ocurre en la encefalopatía traumática crónica. En ese sentido, consideró que ya no importa solo si hubo o no una conmoción clara, sino también la exposición repetida a impactos, incluso a los que no generan síntomas inmediatos. Eso, dijo, obliga a pensar el deterioro cognitivo no como la consecuencia aislada de un evento puntual, sino como el resultado de “un proceso biológico más complejo”, en el que intervienen inflamación crónica y alteraciones en la microvasculatura cerebral.
Por su parte, Matías Baldoncini, integrante del Servicio de Neurocirugía del Hospital Petrona Villegas de San Fernando, explicó que la barrera hematoencefálica no está formada por un solo elemento, sino por una unidad compleja integrada por células vasculares, uniones estrechas entre ellas, pericitos (células que rodean a los pequeños vasos sanguíneos) y células de sostén como los astrocitos. Según detalló, los impactos repetidos pueden ir produciendo microdaños sucesivos sobre toda esa llamada “unidad neurovascular”. Con el tiempo, agregó, ese sistema puede volverse menos firme y más permeable, “como una membrana que ya no vuelve a sellar del todo”.
Baldoncini destacó además que el estudio no solo muestra la existencia de una mayor permeabilidad, sino que suma evidencia de activación inmunológica periférica, como el aumento de monocitos (un tipo de glóbulo blanco) y cambios en genes relacionados con el sistema del complemento. Eso sugiere, según explicó, la posibilidad de un mecanismo de retroalimentación persistente: “Puede generarse un círculo vicioso: daño vascular, inflamación, más fragilidad de la barrera y nueva inflamación”, resumió.
Zonas grises
Aun así, los especialistas remarcan que todavía hay zonas grises. Baldoncini advirtió que el trabajo no permite concluir que la alteración sea irreversible en todos los casos. Podría existir, dijo, cierto grado de reversibilidad, sobre todo en lesiones más leves o recientes debido a que el organismo cuenta con mecanismos de reparación vascular e inmunológica.
En ese sentido, consideró que una de las perspectivas más prometedoras de esta línea de investigación es la posibilidad de desarrollar en el futuro herramientas para estabilizar o incluso “sellar” nuevamente la barrera, aunque remarcó que eso sigue hoy en una etapa experimental.
Desde la neurología cognitiva, además, Dorman advirtió que en exatletas con antecedentes de golpes repetidos en la cabeza no hay que esperar necesariamente una pérdida de memoria evidente para sospechar un problema. Muchas veces, dijo, los primeros cambios son más sutiles, como mayor lentitud para pensar o resolver problemas, dificultades para organizar tareas, menor eficiencia en el trabajo cotidiano, sensación de “no rendir como antes”, problemas de atención o fatigabilidad mental. También pueden aparecer irritabilidad, apatía, desinhibición, trastornos del sueño, cefaleas persistentes o una mayor sensibilidad al estrés.
Cambios y protocolos
Frente a este escenario, la pregunta inevitable es qué medidas se toman en las actividades deportivas para reducir riesgos. La respuesta de la UAR apunta justamente a mostrar que en los últimos años el abordaje cambió de forma importante. Según detalló la entidad, desde 2011, World Rugby, la federación internacional del rugby a nivel mundial, comenzó a trabajar globalmente en la disminución de las conmociones cerebrales y en la mitigación de sus consecuencias.
En el rugby de elite se implementó el protocolo HIA (Head Injury Assessment) para evaluar conmociones durante el partido, mientras que en el rugby de base se consolidó la regla de “Reconocer y Retirar”. Esto quiere decir que, si se sospecha una conmoción, el jugador no continúa jugando ni entrenando y debe cumplir un regreso gradual.
En paralelo, se lanzaron campañas de educación online sobre conmoción cerebral, dirigidas no solo al personal médico, sino también a jugadores, entrenadores, árbitros, preparadores físicos y personas no médicas que pueden estar presentes en un entrenamiento o en un partido. Esos contenidos se fueron actualizando y profundizando con el tiempo.

En 2017, se adoptaron los lineamientos del consenso de Berlín –Reconocer, Retirar, Reevaluar, Reposo, Recuperación y Retorno al juego– y también comenzaron a ajustarse reglas y sanciones con el objetivo de disminuir las colisiones de la cabeza, al mismo tiempo que se introdujeron cambios en el entrenamiento del tackle.
La UAR detalló también que en 2022 se incorporaron estudios de aceleración de la cabeza en el impacto mediante protectores bucales con acelerómetros en el rugby de élite, combinados con revisión de video. Esa herramienta permite generar información sobre la velocidad, la fuerza, el lugar y el ángulo de los golpes, datos que luego pueden servir para revisar reglamentaciones y estrategias de prevención. Paralelamente, se modificó la vuelta al juego, incrementando el tiempo sin contacto para los jugadores, tanto en la élite como en el rugby de clubes.
En ese marco, el director médico nacional de la UAR, Marcelo Saco, señaló que la entidad viene profundizando estas políticas desde hace años. “En la Unión Argentina de Rugby, además de seguir con los lineamientos de World Rugby, desde 2016 implementamos el Programa de Bienestar del Jugador, inicialmente llamado Rugby Seguro, donde uno de los pilares es el trabajo alrededor de la conmoción cerebral”, explicó.

También recordó que en 2022 se implementó la “tarjeta azul”, mostrada por el referee ante una sospecha de conmoción, para que el jugador salga del partido y no vuelva a golpearse, además de funcionar como recordatorio visible para quienes lo observan. “Fuimos la segunda unión del mundo en implementarla”, destacó.
Saco agregó que, gracias a la informatización de los registros de jugadores y partidos, hoy el curso de conmoción cerebral es obligatorio para jugadores, entrenadores y árbitros, y quienes no lo completan quedan bloqueados por el sistema, sin poder participar. Del mismo modo, cuando una conmoción queda registrada en la tarjeta electrónica del partido o en la base de datos de la unión, ese jugador no puede ser incluido en próximos encuentros hasta cumplir el tiempo obligatorio sin contacto, que actualmente es de 21 días. A eso se suma una comunicación por mail al jugador y a su club con las etapas que debe seguir para el retorno gradual al juego.
El nuevo estudio no implica que todo deportista de contacto vaya a desarrollar secuelas cognitivas, ni que la relación entre deporte de contacto y deterioro cerebral pueda reducirse a una fórmula simple. Pero sí aporta una evidencia inquietante sobre procesos biológicos que pueden permanecer activos mucho tiempo después del último partido.
Al mismo tiempo, obliga a mirar el problema en dos direcciones: por un lado, hacia la comprensión más fina de lo que sucede en el cerebro tras años de golpes repetidos, y, por el otro, hacia la necesidad de seguir ajustando protocolos, reglas, entrenamientos y sistemas de prevención en deportes donde el contacto forma parte del juego.
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