Florida Garden: un ícono del flower power porteño que aún perdura

Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
Virginia Mejía
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4 de mayo de 2018  

Entrar a Florida Garden; avanzar por su escalera, suspendida en el aire; caminar entre paredes vidriadas, columnas de bronce y mesas de mármol es como viajar a la década del 60, a épocas del Flower Power, cuando la confitería fue inaugurada por inmigrantes gallegos, con una arquitectura de vanguardia, hoy considerada kitsch. Desde aquel entonces, en la barra de este bar notable se siguen acodando para tomar un ristretto escritores, directores de cine, turistas, artistas plásticos, periodistas, hombres de la City, políticos y mujeres que hacen palabras cruzadas.

Aquí se experimenta estar en una suerte de micromundo que recibe a 1000 personas por día y en el que los mozos, que trabajan desde hace décadas, usan moño y ayudan a los clientes a ponerse el saco.

"La identidad de una esquina", se lee en las pequeñas servilletas que acompañan el café con cheesecake, especialidad del lugar junto con el pan dulce. El bar está en Florida 899, un lugar estratégico: el cruce de la peatonal con Paraguay. Es una cuadra peculiar de la ciudad porque solo hay tres edificios, todos emblemáticos: primero el del café; luego el que fue Harrods, y el del Centro Naval.

Durante la década del 60, aquí se vivió la época de los happenings, esas performances a cargo de los artistas que salían de la Galería del Este o del Instituto Di Tella, para venir a tomar una copa.

"Imagino a Florida Garden como un gran escenario, con su gran escalera por la que podría verse bajar a Isabel Sarli, las paredes de travertino y los vidrios que la rodean. Cada uno de los detalles está pensado en forma artística. Hay una puesta en escena de la que todos participamos", cuenta el arquitecto Justo Solsona, que desde hace cinco décadas se cruza desde su estudio para almorzar junto a sus hijos.

Para el creador de la torre El Rulero, entre otras obras, el estilo de Florida Garden es kitsch, es decir, no clásico, más bien recargado. El nombre del arquitecto que la construyó en 1962 es un misterio. "De él sabemos que no aceptó ni lo moderno ni la imagen tradicional que debía tener un bar", agrega.

Un capítulo aparte merece su escalera, la protagonista del salón, lo primero que impacta al entrar. Es colgante, curvilínea y con escalones enchapados en metal que se van angostando hacia arriba.

Según los especialistas, este bar, junto al Tortoni y Los Galgos, es uno de los mejor conservados de la ciudad. "No cambió su idiosincrasia", explica Javier Fernández, uno de sus tres propietarios.

La barra es abierta y está bajo un techo de doble altura, lo que genera una sensación de amplitud y modernidad. También se respira un aire de antiguo abolengo, con las tazas que tienen la filigrana "FG" y un borde dorado colmadas de un blend de café, que los clientes, por lo general, prefieren beber en la barra, parados, una de las costumbres que ya casi se perdieron.

"Vengo todos los días. Me gusta que haya conservado el estilo, encontrar amigos, charlar con los mozos que me atienden desde hace años y a los cuales retraté", afirma Hugo de Marziani, artista plástico y vecino de la zona del Bajo. A diferencia de Solsona, que tan solo almuerza a diario, De Marziani come al mediodía y a la noche aquí. Ambos ya son parte del paisaje del local, que además se caracteriza por tener un libro de visitas, en el que los clientes dejan sus comentarios, y que es prácticamente un archivo histórico de la ciudad, con firmas y comentarios de las celebridades y comensales que pasaron por el Florida desde sus inicios, cuando las leyes de la ciudad permitían vender solo sándwiches.

En ese libro están dibujados, con la pluma de De Marziani, los mozos, entre ellos Luis, Julio y Oscar, valorados por los clientes por ser atentos y amables hasta el punto de que cuando ven a una persona sola en una mesa se acercan y le preguntan si desea que le alcancen un diario. También se esmeran por atender las mesas de artistas, como la de De Marziani, cuando se reúne allí con Luis Felipe Noé, Marta Minujín, Pedro Roth o Liliana Porter. Mesas que en otras épocas estuvieron colmadas también de otros artistas como Rómulo Macció, Pérez Celis y Juan Carlos Castagnino.

Los clientes que frecuentan el lugar se saludan, con un movimiento de mano o de cabeza, para luego dirigirse a su lugar favorito. A veces, ocurre que esas mesas están ocupadas, especialmente cuando hay turistas. "En ese caso tenés que esperar a que se levanten. Lo que me gusta del Florida es que acá no hay favoritismos, nadie te va a reservar tu lugar", dice Solsona, mientras le pide al mozo que le traiga lo mismo de todos los días, una ensalada Florida Garden con una botella de agua mineral.En la otra punta, De Marziani esboza en una servilleta su próxima obra.

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