
Fuerte Apache busca deshacerse de su fama
Las patrullas de Gendarmería restablecieron la seguridad
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Lentamente parece desvanecerse aquel mote con el que, a fuerza de hechos vinculados con la delincuencia y la inseguridad, se hizo tristemente conocido el barrio Ejército de los Andes, de Ciudadela Norte: Fuerte Apache.
La presencia permanente de efectivos de la Gendarmería, que comenzó a mediados de noviembre, continúa. LA NACION recorrió el barrio y no sólo constató que los vecinos, casi unánimemente, se sienten más seguros y desean que el operativo siga ad eternum . Esa virtual ocupación armada dio paso a acciones más ligadas a la búsqueda de revertir las carencias sociales de los casi 60.000 vecinos del complejo de monoblocks. Recuperaron sus espacios públicos; vieron reforzada la prestación médica con la presencia de una ambulancia y cuatro profesionales, y hasta comenzaron a tramitar, en el lugar, documentación personal de la que muchos allí carecen.
Por primera vez en muchos años no se produjeron incidentes durante los festejos navideños. Una y otra vez hasta ahora, en el epílogo de la Nochebuena, las bandas de Fuerte Apache ajustaban cuentas, sea por asuntos de drogas, de robos o de simple rivalidad, producto de la búsqueda de detentar el poder en el barrio. Al amparo del estampido de los cohetes, las balas herían y, a veces, mataban. La calle se volvía un territorio prohibido para los honestos.
El que la gente pueda caminar ahora con tranquilidad por las calles del barrio o juntarse a tomar mate, al caer el sol, en la plaza de Paso y Pasteur, frente a la comisaría 6a. de Tres de Febrero -dentro mismo de Ejército de los Andes-, es una consecuencia inmediata de la propia ocupación. Pero lo demás, en este caso, es una derivación de la acción por voluntad propia de la Gendarmería.
Partes oficiales, a los que accedió LA NACION tras la recorrida, dan cuenta de algunas de esas acciones: el 15 de noviembre, junto con la llegada del contingente inicial de 300 efectivos, apareció un móvil de terapia intensiva de Gendamería, con dos médicos y dos enfermeros que reforzaron la dotación del puesto sanitario del barrio. No era una presencia menor: hasta entonces los conductores de las ambulancias "externas" no se animaban a entrar en el barrio. Los enfermos que necesitaban atención urgente y compleja debían recurrir a un remise.
El 2 de diciembre se rehabilitó la calesita situada frente a la plaza de Paso y Pasteur, a la que hasta entonces nadie iba, porque allí se juntaban algunas de las bandas que asolaban a sus propios vecinos, a los que unas veces sólo molestaban y otras, les cobraban "peaje" para dejarlos pasar sin someterlos a un mal mayor.
El 27 de noviembre, 320 chiquitos del jardín de infantes Latinoamérica, dentro mismo del barrio, fueron agasajados por los gendarmes con una chocolateada y facturas. Una semana después, un oficial de la fuerza se vistió de Papá Noel y llegó al jardín con una bolsa cargada de juguetes y golosinas.
Y dos días más tarde, con la presencia del secretario de Seguridad Interior, Norberto Quantín; el jefe de la Fuerza de Tareas Cono, de Gendarmería, comandante mayor Néstor Gómez del Junco, entregó plaquetas a los alumnos con mejor promedio de las siete escuelas, primarias y secundarias, del barrio.
LA NACION quiere profundizar esto que llama la "segunda fase" del operativo de ocupación que se realiza en Fuerte Apache, en la villa La Cava, de San Isidro, y en la Carlos Gardel, de Morón (ver aparte).
El propio Quantín dijo a LA NACION que su par provincial, Raúl Rivara, acogió favorablemente la idea y que ya se reunió con el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, y con el de Morón, Martín Sabatella, para invitarlos a participar activamente en esta estrategia que integra la prevención y la seguridad, tal como se conoce habitualmente -en términos de acción policial- con la reversión de las carencias sociales, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los vecinos.
Más tranquilo
Desde algún punto del nodo 1 baja con fuerza el sonido de la llamada cumbia romántica. El son de la "Nueva Luna" se desvanece bajo el impiadoso sol de la tarde que enciende el asfalto. Un auto circula por Paso hacia adentro del barrio y dos gendarmes pertrechados como para la guerra le salen al cruce. Con muchísima amabilidad le piden al conductor documentos y papeles del auto. Se los da. Lo invitan a abrir el baúl. Ningún problema. Saludo de rigor y el auto, un remise, reanuda la marcha.
"Esto es permanente. Pero a estas alturas del operativo, en verdad, nuestros hombres ya saben quién es quién, y aunque a veces se controla selectivamente a los del lugar, a los que se para siempre es a los que vienen de afuera y no son conocidos", explica a LA NACION Gómez del Junco.
Hay libertad para caminar; lo nota este cronista cuando se aleja de la "comitiva" que lo acompaña y, lejos de la vista de los hombres armados, pregunta a la gente cómo vive hoy.
"Esto cambió un ciento por ciento. Ahora andás por donde querés sin andar temiendo a cada paso que te vaya a pasar algo. Espero que esta gente (por los gendarmes) se quede, que esto no sea una cosa del momento. Eso sí, sería bueno, ahora que adentro hay más seguridad, que otros, el municipio o la Gobernación, se ocupen de tantas otras cosas que faltan acá, como trabajo o salud", dice Nelson Solís, que trabaja en la radio que emite desde el barrio y que camina, al caer el sol, con su novia.
Parece ser verdad lo que sostiene Solís. Ahí cerca, sentado a la sombra en el borde de una pared, frente al nodo 4, está Manuel Rojas. Este chileno de Valparaíso vive en el barrio con uno de sus hijos. No sabe desde hace cuánto; ni siquiera sabé cuántos años tiene (el cronista de LA NACION le "descubre" los 77 al leerle la cédula amarillenta por el paso del tiempo, con una foto de sus años mozos); lo que sí sabe es que desde que están "estos milicos de verde" puede tomar el fresco sin que nadie lo moleste.
Algunos miran con recelo el paso de la comitiva de gendarmes. En algunas caras se vislumbra una mezcla de temor y respeto; en otras, si cabe, un atisbo de bronca: "Esto está más tranquilo porque las bandas están medio desarmadas. Pero eso no significa que los malos se hayan ido a otra parte; algunos siguen por acá, aunque andan quietecitos", dice por lo bajo el comandante principal Eduardo Leguizamón, jefe de uno de los turnos en los que actualmente operan 123 oficiales y suboficiales de la fuerza.
Quien se detiene un momento repite, casi como si fuera una frase de rigor: "Esto cambió totalmente, ahora podemos caminar por la calle". Lo hace Andrea Chapuy, que pasea a su bebita Karen, de sólo un mes, junto con otro de sus seis hijos, Kevin, a los que mantiene como puede, con lo que le da su plan Jefes y jefas de Hogar.
Carmen Ibarra vive en la tira 7 y tiene siete nietos. Jura que, como nunca antes, los chiquitos pueden andar por la calle. Dice que antes de la llegada de los gendarmes ya no podían bajar luego de volver de la escuela, a las cinco de la tarde. Pide que los gendarmes "no se vayan más", pero reclama medicamentos para "tanta gente que no puede comprarlos".
Un muchacho se acerca con un par de zapatillas nuevas, clara imitación de una conocida marca. Porfiado, se las ofrece en venta a un gendarme, que las mira y le agradece, pero desiste. A uno y otro lado pululan negocios y puestos que, seguramente, no pasarían un control de la AFIP. Pero nadie los molesta. "¿Qué se puede hacer? Es mejor dejarlos vender y ganarse la vida dignamente; negarles eso, al menos acá, con este contexto, es casi empujarlos a robar", dice uno de los oficiales de Gendarmería.
Frente a una de las tiras, Aída Palacios -una "pionera", con 30 años en el barrio- tiene su negocio legal, un quiosco enrejado. Jura que ya nadie la molesta y que está segura.
Cae el sol. Los más chicos hablan de Carlos Tevez, el ídolo de Boca que es del barrio, y que siempre vuelve. La plaza de Paso y Pasteur se llena de gente. Como nunca antes.
"Prevención situacional-ambiental"
La experiencia que los gendarmes comenzaron en el barrio Ejército de los Andes por voluntad propia ya tiene su correlato en los otros dos asentamientos precarios en los que, desde mediados de noviembre, otras fuerzas de seguridad federales y provinciales hacen tareas permanentes de patrullaje y prevención.
La semana pasada, expertos de la Universidad de Toronto, Canadá, y de la de Rosario, estuvieron en aquel barrio, en la villa La Cava, de San Isidro (donde opera la Prefectura Naval), y en la Carlos Gardel, de Morón -patrullada por la policía bonaerense-, para hacer un relevamiento de las necesidades y establecer contactos con organizaciones de base vecinales. Su intención es reproducir en estos asentamientos programas de autogestión para la resolución de conflictos; si se concreta el proyecto, durante dos años monitorearán el avance de la experiencia y aportarán fondos.
También se establecieron contactos entre funcionarios políticos nacionales y provinciales y referentes barriales para delinear políticas de prevención integradas, en las que se conjuguen las necesidades de seguridad -meramente policial- con factores sociales, culturales y ambientales, lo que en la Secretaría de Seguridad Interior de la Nación definen como "política de prevención situacional-ambiental".
Se hizo un relevamiento de las necesidades planteadas por los propios vecinos, entre las cuales se destacaron la apertura de calles, el mejoramiento de cloacas, la iluminación y la recuperación de espacios públicos. Y se avanzó sobre la posibilidad de generar emprendimientos productivos que involucren inicialmente a jóvenes de entre 16 y 25 años. Las fuentes dijeron que ya se establecieron contactos con los municipios, para involucrarlos en las tareas de mejoras.




