
Fuerte Apache, un escenario de guerra a metros de la Capital
Un barrio dominado por la violencia
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Los cuatro gendarmes con chalecos antibalas y cascos detienen su marcha, forman un rombo, a veces se cruzan. Avanzan. Miran hacia arriba, hacia los costados. El que va adelante hace señas con las manos, disimuladamente. "Movimientos de combate en zona urbana", dice uno, como si en Fuerte Apache se librara una lenta y silenciosa guerra civil contra un enemigo impreciso; no, impreciso no, un enemigo eventual.
En Ciudadela, muy cerca de la avenida General Paz, se levanta este barrio de edificios con aspecto desastroso, llenos de humedad y grafitos, donde viven más de 50.000 personas, que, en realidad, se llama Ejército de los Andes.
Algunos edificios son altos: deben de tener ocho o diez pisos; otros son largos, de tres pisos, conectados por puentes. Aquí mataron, el miércoles pasado, al gendarme Roberto Centeno, de 28 años, en uno de los 15 puestos de vigilancia repartidos en el complejo. Aquí, dicen, hay unas 30 bandas de delincuentes, muchos de los cuales son menores de edad. Y dicen, también, que se desguazan autos robados; que se esconden los más pesados criminales y narcotraficantes?
Luego, los cuatro gendarmes se internan por los pasillos de Fuerte Apache con LA NACION, por el nudo 5, hacia el 10. Es una tarde despejada y arriba, mucho más arriba de estas construcciones, el aire debe de ser límpido. Abajo, unas vaharadas que se levantan de las cloacas desbordadas y la basura desparramada, bajo el sol metálico, se mezclan en la atmósfera con música de cumbia y de reggaeton,con los ladridos, con el miedo y con el odio que flotan como una niebla espesa.
"Dicen que antes de que llegáramos había dos ametralladoras antiaéreas -cuenta un gendarme-. Una se encontró, la otra? Acá hay de todo. Todo tipo de armas. Tienen hasta modernas pistolas ametralladoras israelíes calibre 9 milímetros, las Uzi."
Hace ya cinco años que la Gendarmería Nacional se instaló en el barrio. Llegó una mañana de noviembre de 2003, por orden del entonces ministro de Justicia Gustavo Béliz. "La idea era estar un tiempo, que se tranquilizara un poco el barrio, y retirarnos. Pero los vecinos juntaron firmas y acá estamos", dice el uniformado. Ahora, unos 100 hombres por turno se reparten para controlar este barrio y la villa La Cava, en San Isidro.
"La verdad es que ya no me imagino el barrio sin la Gendarmería. Un despelote. Antes de que vinieran, los pibes andaban con las pistolas en la mano. Ahora, por lo menos, la esconden debajo del buzo", dice Mirta, que tiene 51 años y cinco hijos. La mujer mira la ropa que cuelga de unos alambres, en una feria que, además de ropa usada, vende chorizos a diez pesos el kilo. Algo hace vibrar el aire: son unas corpulentas moscas verdes que cubren una masa informe de carne, plumas y sangre coagulada que está en el piso.
Desde un vestíbulo húmedo y oscuro, donde se eleva una escalera que huele a moho y orines viejos, cuatro adolescentes flacos y pálidos escrutan a la mujer que habla con LA NACION.
"Es difícil criar a los pibes"
Mirta continúa: "Es difícil criar a los pibes. El que ahora tiene 23, a los 14, me dio unos dolores de cabeza... Andaba con la bolsita de pegamento. Yo le decía: ?Si te querés matar, ¿por qué no te conseguís un fierro y te pegás un tiro? Así te lloro una sola vez y no como ahora, que te tengo que llorar todos los días?´ Lo que pasa es que es difícil para los pibes. A los que se quiere rescatar los dejan de lado. Les dicen ?gato´, ?bigote´. Entonces, los pibes se enganchan. Ahora, por suerte, mi pibe es un hombre de bien. Es que no son pibes malos. No tienen esa maldad de matar por matar. Yo siempre digo: son pibes buenos con una vida equivocada".
Liliana tiene problemas con el menor de sus hijos, de ocho años. "Cuando pasó lo del gendarme, un amigo del nene le dice: ?Vamos a matar a un policía´. Yo le digo: ?Ni se te ocurra´. Es rebelde, el nene. Si se me hace chorro, prefiero que la policía me lo mate, pues si cae preso me va a traer más problemas. Pobre, yo lo amo a mi hijo. Perdón, voy a llevar al nene y vuelvo."
Un hombre huesudo de cara amarilla y mirada opaca que ha escuchado la conversación murmura: "Los pibes, los pibes? Se la agarran con los pibes, pero estos de uniforme tampoco son santos. Acá la poli arregla con los chorros y los narcos. Al que lo van a allanar, siempre se entera. Y todos andan libres. Pusieron todos estos puestos de seguridad y vos pensás que acá no entran autos robados. Acá entra de todo. Acá sale y entra gente todo el día. Todos lo saben".
Cerca de allí, los gendarmes se aproximan a un potrero donde unos chicos juegan al fútbol. Tal vez allí, alguna vez, jugó Carlos Tevez, cuando aún vivía en el barrio.
"Es difícil. Te discriminan por ser de Fuerte Apache. Para conseguir trabajo, tenés que dar la dirección de un amigo que no sea del barrio. Pero no es imposible. El mayor de mis hijos, el de 31, es universitario. Estudió administración de empresas. Y el de 21 trabaja porque no le puedo pagar los estudios. Son buenos. Me da mucha bronca que digan que todos los del barrio son delincuentes", dice Raúl, que hace 30 años, que vive en el barrio.
Vuelve Liliana, y dice: "Ahora, con lo del gendarme, nos crucifican más. Pero el que lo mató seguro que no quiso matarlo. Tiró para divertirse un rato y bueno... pobrecito... Pobrecito, también el gendarme. Porque detrás de ese uniforme, yo siempre les digo a mis hijos, también hay un ser humano".
Liliana hace una pausa, que usa para encender un cigarrillo. "No fue la primera vez que le pegan un tiro a una garita. Acá practican tiro con las garitas."
"Siempre nos tiran"
Centeno estaba dentro del puesto de vigilancia N° 15, en la esquina de Ricchieri y San Ignacio, cuando lo mataron. Los gendarmes acompañan a LA NACION hasta allí, siempre con sus movimientos de combate. "Le dispararon entre esos dos pinos de allá, donde termina el edificio, con una nueve", dice un compañero de la víctima. Señala hacia los pinos y, luego, el orificio de la bala en la pared de chapa del puesto. Cerca de allí, en el puesto N° 14, habían herido en la pierna a otro gendarme.
"Hay que tener cuidado. Siempre nos tiran. En todos los puestos. Cuando están aburridos, tiran. Tiran piedras, tiran macetas, tiran pañales cagados, tiran tiros", concluyó el gendarme.





