
Gente que ayuda a quienes no pueden moverse
Un hogar para cuadripléjicos cuenta con el apoyo cotidiano de voluntarios
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Tienen muchas cosas en común. Todos padecen secuelas de la poliomielitis que sufrieron cuando niños. Todos viven en el Hogar María Ferrer. Y todos reciben la compañía y los cuidados que los voluntarios de la entidad les brindan con amor.
Pero Teresa, Josefina, Luis, Elena, Gladys, Norberto, José y Susana comparten mucho más que el techo de Finochietto 849, en el barrio de Constitución.
Además de tener problemas similares de salud -son cuadripléjicos y su estado demanda asistencia respiratoria-, son un ejemplo para quienes pasan incontables horas junto a ellos. Conversar con quienes habitan el hogar es recibir una lección de vida. Que los voluntarios parecen haber aprendido.
"Ellos nunca se quejan de nada. Jamás vi a nadie enojado y viven diciendo lo linda que es la vida", explicó la presidenta de la Asociación de Voluntarios del Hogar María Ferrer, Clide de la Torre.
Los internados, que sobreviven gracias a los respiradores artificiales, necesitan de la ayuda de los voluntarios incluso para desarrollar las tareas cotidianas más sencillas.
Hablar por teléfono, leer un libro, peinarse o tomar una taza de café serían cosas imposibles sin el grupo de colaboradores.
Gran parte de los hospedados en el hogar no tienen familia; los parientes más cercanos de otros se olvidaron de ellos. Así, la presencia de los voluntarios se hace doblemente valiosa.
"Los miércoles los paso aquí", contó Susana Gatica, de 70 años, a La Nación . Sin una función fija, Susana recorre desde hace dos años las habitaciones en busca de alguien a quien dar una mano. "A quien necesita, lo ayudo. Y estoy con ellos, que aprecian mucho la compañía".
Vocación desinteresada
Además de lo que da, Susana recibe. Y obtiene mucho: "Ellos me enseñaron a vivir, a darle más valor a la vida y aprendí a otorgarles menos importancia a los problemas. Me ayudan a vivir", dijo emocionada.
A su lado, Mercedes de Romero, de 57 años, miraba todo con ojos asombrados. Era su primer día de voluntariado y, a cada minuto, aparecía algo nuevo.
"Estoy admirada y espero poder seguir viniendo. Me parece bárbaro serles útil", expresó la flamante voluntaria. Su deseo tenía fundamento: muchos de los voluntarios dejan de ir al poco tiempo y los pacientes sienten su ausencia.
"Ellos nos ayudan mucho -explicó Teresa Bonnefous, que vive en la casa desde 1979-. Están en todas las pequeñas cosas que necesitamos."
Cuando tenía 11 años, la vida de Teresa cambió radicalmente: seenfermó de poliomielitis y ya no pudo abandonar la silla de ruedas que la acompaña a todos lados.
"Son unas personas excelentes -afirmó Josefina Torres, de 62, al definir a las voluntarias-. Además de las cosas materiales que nos traen, nos ayudan en todo lo que requerimos."
"Nos regalan parte de su tiempo y de sus vidas para estar con nosotros. Son personas muy especiales", contó otra internada, Susana Gómez, de 39.
Clide de la Torre explicó con humildad su tarea: "Esas pequeñas necesidades que cubre una madre en cualquier hogar, aquí las satisfacemos nosotras. La asociación de voluntarios se ocupa de las cosas de las que el hospital no puede hacerlo".
Organizarse para ayudar
Cada colaborador es particularmente apreciado. Jóvenes y adultos tienen cualidades especiales para dar. "Todos son bien recibidos", sonrió Clide.
Su historia es un ejemplo de las tareas de los voluntarios. Es odontóloga de niños y cuando se jubiló decidió poner el marcha un viejo sueño: ayudar a los demás.
"Había guardado una nota publicada en La Nación sobre el Hogar María Ferrer. Después de muchos años, en 1992 vine. Y ya nunca más me fui", recordó.
Dos años más tarde, los voluntarios se organizaron y crearon una asociación que los agrupa. Hoy, cerca de 10 personas, donan su tiempo al hogar.
"Pero necesitamos de quienes puedan aportar fondos para seguir adelante. Y manos que nos ayuden -explicó la voluntaria Lidia Rasso (362-1493)-. Tenemos muchos proyectos que sólo se pueden concretarse con dinero." Entre las asignaturas pendientes, figuran pintar las habitaciones y cambiar los pisos.
Llegaron dispuestos a ayudar con paciencia y el amor. Y cada tarde se llevan una lección de vida. Los voluntarios del hogar María Ferrer también tienen muchas cosas en común.
Para dar una mano
Artículos de limpieza
La casita de Micaela es un hogar para 50 chicos derivados desde juzgados, que funciona en Caseros desde hace 15 años.
Necesitan artículos de limpieza y de higiene personal. Su teléfono es el 734-8878.
Ayuda para 80 niños
Al comedor infantil Niño Privilegiado, de Lanús Oeste, asisten más de 80 chicos de la zona, que tienen entre 6 meses y 13 años.
Necesitan de quienes puedan donarles ropa, calzado, cochecitos para bebes y juguetes, al 267-1339.
Aprestos para el viaje
Los 35 chicos que asisten a la Escuela Nº 502, para discapacitados, con problemas auditivos y mentales, recibieron un viaje a Bariloche para celebrar la finalización de sus estudios primarios.
Tienen muchas ganas de viajar, pero necesitan camperas de abrigo, pantalones y zapatillas. Sus teléfonos son: 250-0395 y 221-3482.
Apoyo que se agradece
El último 2 de marzo, Historias Solidarias acompañó el nacimiento de la comunidad terapéutica para menores Mi Esperanza.
En una granja del delta del Tigre, la Fundación Nuestra Familia inauguró una casa para contener a 25 chicos con problemas penales y de adicción.
Hoy, a poco más de un mes de la iniciación del proyecto, La Nación se comunicó con el director de la Fundación, monseñor Ricardo Maggi.
"Las cosas no fueron fáciles, pero la ayuda de los lectores nos vino muy bien", aseguró el sacerdote.
"Nos donaron ropa, un potabilizador de agua y se acercaron una maestra, un carpintero y un musicoterapeuta", puntualizó Maggi.
Organizar una granja fue una de las primeras ideas de los profesionales de Mi Esperanza (942-0165).
Y también recibieron ayuda: "La señora de Fortabat nos acercó dos vacas, conejos y corderos. Además, alguien nos regaló un tractor", explicó.
Las tareas agrícolas están previstas para esta semana, pero surgieron dificultades. "Necesitamos una defensa contra las inundaciones", dijo el cura.
Al Hogar Padre Morelo, que alberga a 12 madres menores con sus bebes, también llegó la ayuda. "Recibimos 600 pañales semanales", se alegró Maggi.
La casa, situada en Parque Patricios, es parte de la prolífica obra de la fundación, que en sus 13 años de vida creó 26 comedores para chicos con carencias, un hogar para discapacitados mentales en Aldo Bonzi, siete comedores para ancianos de La Matanza y dos policlínicos asistenciales.






