
Godoy Cruz recuperó la calma desde que se mudó la zona roja
Los vecinos salen a caminar y a tomar sol en la vereda; dicen que hay más robos
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Es la novedad del barrio. Por Godoy Cruz, ahora, las chicas andan en rollers. Compiten entre ellas para ver quién llega primero a la esquina de Soler. Está casi anocheciendo. Pero hace calor, por eso Verónica Alvarez, la mamá, las llevó a pasear por una calle por la que antes nunca andaban: la ex zona roja de Palermo, que desde que entró en vigor el nuevo Código Contravencional porteño adquirió otro color.
Ahora que los travestis mudaron las noches de sexo al Rosedal, esa zona de Palermo -entre las calles Godoy Cruz y Fray Justo Santa María de Oro, entre Santa Fe y Nicaragua-, volvió a ser el escenario perfecto para la postal de un barrio bien barrio: los chicos andan en bicicleta, las vecinas más antiguas volvieron a instalar las sillas en la vereda, la gente sale a caminar en familia y a sacar el perro al anochecer.
Tal como lo hacían hace más de una década, antes de que la zona liberada para la oferta de sexo se apoderara de las calles.
Es más, en dos meses el valor de las propiedades se ha incrementado entre un 10 y un 20 por ciento. Así, si a fines de diciembre el metro cuadrado se cotizaba entre 720 y 800 dólares, hoy cuesta entre 900 y 1000 dólares. "La desaparición de la zona roja integró el área al resto de Palermo", explica Fabián Escanes, de Ojo Propiedades. Lo confirma Horacio Berberian, titular de la inmobiliaria Shenk: "Hay mucha más facilidad para vender una propiedad que antes, cuando estaban los travestis", asegura.
Paisaje nuevo
Las nenas Alvarez tienen nueve, siete y cinco años. Quieren aprovechar los últimos días de vacaciones. "Están recontentas, es un recorrido que antes nunca las dejaba hacer. Menos a esta hora", dice Verónica.
Algo más tarde el panorama cambia. Casi no pasan coches.
Hasta hace un mes pasaban a razón de diez por minuto, estima Guillermo De Lorenzo, uno de los dueños del restó Simplemente, en Soler y Oro. "Desde que no están los travestis cambió el público. Los fines de semana se llena de familias o de gente de más de 40. Es otra movida, pero viene más gente", dice. Lo mismo ocurre en Conjuros, el bar de Salvador y Oro. "Nos habíamos acostumbrado a convivir con ellas. Hay mucho menos tránsito y también menos seguridad", dice Fabián Porfilio.
A sólo una semana de que trasladaran la zona roja, fueron asaltados. "No te voy a decir que los extrañamos, pero los travestis ya eran parte del inventario del barrio. Y había más policía y más movimiento de gente. Tenemos miedo de que ahora esta zona sea tierra de nadie", dice Adela Schuldt, que tiene 74 años y desde hace 30 vive en Charcas y Oro.
"No sólo se fueron las chicas. Desapareció todo el «turismo» que atraían y mucho más temprano esta zona queda desierta", asegura Gustavo Adler, que desde hace 12 años atiende un quiosco en Oro y Charcas. Ahora, baja la persiana un poco antes de la medianoche. De noche, muchos de sus clientes eran concurrentes de la zona roja. También protestan los dueños de los albergues transitorios de la zona. En Monteflor, Godoy Cruz 2637, una empleada asegura que bajó mucho el nivel de actividad en el último mes. "Eso, sumado a que febrero ya de por sí es un mes malo", dice.
Contentos
Pero los que están contentos son los vecinos, que recuperaron su barrio.
"No te imaginás la cantidad de vecinos que se fueron en estos 35 años. Todos pensamos que no iba a llegar el día en que dejáramos de ver esas escenas en la puerta de casa. Pero luchar valió la pena", dice Inés Vázquez, que desde hace un mes volvió a sacar la silla a la puerta de su casa, en Soler 5113, para ver cuando anochece junto a su nietito de tres años.
"Ahí -dice, señalando un árbol, tres casas más allá- a esta hora ya tenías a una de las chicas con sus clientes. Me parece mentira estar sentada otra vez en una calle de mi barrio, del que conocí hace muchos años", dice Inés. Juan Carlos lleva ocho años en su casa de Oro, entre Soler y Nicaragua. Cuando él llegó al barrio, los travestis ya estaban. Igual, no dejó de luchar en todo ese tiempo para que la zona roja se fuera. Fue a marchas y reuniones en la Legislatura. Por eso se siente un artífice del nuevo panorama. "Esto -salir a caminar con su perro Chaplin por Godoy Cruz- no lo había hecho nunca. Hace menos de un mes que conocí estas cuadras", dice, apurando el paso.
Se detiene en la esquina de Soler para saludar a Josefa, una de las vecinas más antiguas. "Sesenta años en el barrio no son pavada -dice la mujer, asomada al balcón de un metro de altura sobre la calle-. Esta ventana la tuve clausurada más de diez años. Un travesti traía aquí a sus pacientes. Ojalá que no vuelvan."
Algunos todavía están
Tampoco es que todas y todos se hayan ido al Rosedal. En una recorrida que realizó LA NACION por la zona, antes de medianoche al menos seis travestis y prostitutas ofrecían sus cuerpos en las esquinas.
"Si es por una entrevista o algo así, desde ya te digo que no hablo", disparó un travesti vestido con top rosa y jeans elastizados en la esquina de Costa Rica y Godoy Cruz. "¡Andate!", gritó, amenazando con la cartera. Un poco más allá, sobre Güemes, antes de llegar a Godoy Cruz, una mujer con tacos, pantalón blanco y remera ajustada se contoneaba suavemente. Era sutil. Había que mirar dos veces para saber si aquella figura entre las sombras era lo que parecía. Tampoco quiso hablar. Algunos vecinos contaron que pese al traslado de la zona roja, algunas prostitutas y travestis se habían mudado a las esquinas de Juan B. Justo, aunque vestidas con mucho más recato.
Antes de la medianoche, en Juan B. Justo y Soler, delante de un cartel publicitario estaban dos travestis y una rubia de vestido diminuto. Pasaron unos minutos y paró un auto, al que subió el travesti de botas blancas de caña alta. Dos minutos más tarde, la rubia subió a un taxi. Quedó solo el chico de pollerita escocesa. Al quedarse solo, caminó unos metros hasta el árbol más cercano, se levantó la falda y, acto seguido, hizo sus necesidades.
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