Golpe comando en el Golf Club de Ranelagh

Siete delincuentes asaltaron a 15 socios en el restaurante
Ramiro Sagasti
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10 de mayo de 2003  

LA PLATA.- Un vigilador privado recorría el predio del Golf Club de Ranelagh en una moto, como todas las noches. Otro hombre custodiaba la entrada. En la casona, donde están el restaurante y el bar, cenaba un grupo de 15 personas. Todo parecía tranquilo, anteanoche. Pero siete sujetos armados quebraron la habitual calma del lugar, conocido, entre otras virtudes, por ser el club de Roberto De Vicenzo.

Los asaltantes robaron dinero, joyas, relojes y teléfonos celulares a los socios y se llevaron la recaudación del comedor, unos 1500 pesos. Nadie resultó herido.

Por las vías

Eran cerca de las 22.30 cuando llegaron los delincuentes, en una camioneta. La estacionaron del otro lado de las vías del ex ferrocarril Roca, sobre un lateral del club. Un lateral oscuro, cerca de la cancha chica, donde el alambrado perimetral está roto, dijo a LA NACION uno de los socios a cargo de la concesión del restaurante, que prefirió mantener el anonimato. Ayer, el cerco fue reparado.

Los maleantes esperaron que se acercara el vigilador que hacía la ronda en moto. Actuaron rápido y el custodio no pudo reaccionar. Lo amenazaron y le quitaron un revólver calibre 32. Estaban a poco más de 100 metros de la casona y del acceso principal al club, en la calle 359 y la avenida Este, en Ranelagh.

Los siete delincuentes, que no ocultaron sus rostros, caminaron con el rehén hasta la entrada. Allí redujeron al otro vigilador. También a éste le quitaron un revólver 32.

Además, los ladrones se llevaron un equipo de comunicación Nextel, una boina y otros elementos de la empresa de seguridad privada Orzel. Eso es lo que dijo a la policía uno de los dos custodios, Hugo Alvarez, informaron fuentes del Ministerio de Seguridad bonaerense.

Con rehenes

Los asaltantes se dirigieron, con los dos rehenes, hasta la cancha chica, a unos 20 metros del lugar por donde habían entrado. Allí los obligaron a acostarse en el piso, contó ayer a LA NACION un empleado de la firma Orzel. Tres de los delincuentes se quedaron con los custodios. Los otros cuatro caminaron hacia la casona.

Nadie en la casona había advertido lo que ocurría afuera. Como todos los jueves -narró el dueño de la concesión del restaurante-, un grupo de hombres se había quedado a cenar. Eran nueve, y entre ellos estaba Carlos Gregorio Esteban, vicepresidente del club. Los hombres estaban en el bar. En el comedor había seis mujeres.

Los asaltantes entraron en la casona por la puerta de la cocina. "No todo el mundo conoce esta puerta. Los ladrones sí, y también sabían del alambrado roto. Aunque no tenían las caras cubiertas, no pudimos reconocer a ninguno. Pero conocían el club", dijo el propietario de la licencia para manejar el restaurante.

Los asaltantes reunieron a todos en el bar. Les dijeron lo que sus víctimas ya sabían: que era un asalto y que no se movieran. Nadie opuso resistencia. Y los ladrones les sacaron el dinero, las joyas, los relojes, los teléfonos celulares a los hombres y mujeres que habían estado comiendo. Después tomaron los 1500 pesos que había en la caja registradora.

Los cuatro maleantes salieron de la casona y se reunieron con sus cómplices, que vigilaban a los custodios privados en la cancha chica. Salieron por donde habían entrado y escaparon en la camioneta.

Los encargados de la seguridad privada llamaron a la policía a las 23.15. Los uniformados llegaron poco después. Hablaron con los testigos y recorrieron el lugar. Iniciaron un operativo, pero hasta el cierre de esta edición los delincuentes continuaban prófugos.

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