Hallan en Salta una ciudad del siglo XVI
Por Fernando Halperín De la Redacción de La Nación
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De repente, entre la vegetación empezaron a aparecer fragmentos de cerámica de todos los tamaños; uno, dos, tres...
Ahora, el monte ya no era un monte y nada más, sino las ruinas de lo que alguna vez fue una próspera población del Noroeste argentino, en el sudeste de Salta. Ahí estaban la fábrica de ladrillos y la enorme acequia para traer agua del río. Todo, tal como se menciona en los documentos antiguos.
Esta verdadera ciudad perdida se llamaba Nuestra Señora de Talavera, aunque en el siglo XVI todo el mundo la conocía por el nombre de Esteco. Desde su desaparición a comienzos del siglo XVII, además de convertirse en una leyenda, su emplazamiento se había vuelto un misterio para los historiadores. Los descubridores son un grupo de investigadores del Conicet, entre los que se encuentran José Braunstein y Alfredo Tomasini, etnógrafos ambos, y Horacio Calandra, arqueólogo.
"Ante todo, quiero dejar bien en claro que la poca gente del lugar ya sabía de la existencia de estas ruinas, seguramente porque el dato sobrevivió de generación en generación a través de la tradición oral", que pasó de generación en generación", aclaró Tomasini a La Nación .
Pero los lugareños también sabían otras cosas. "Pese a que en las ruinas no queda un solo ladrillo en pie, quienes viven en la zona afirman que aún suenan las campanas de las iglesias y que, en ocasiones, todavía se escucha el canto de los gallos al amanecer -continuó Tomasini-. Todos coinciden en señalar que cuando se recorren las ruinas se oyen los ruidos de un perro que ladra y jadea, pero jamás se deja ver."
La historia de Esteco tiene un punto de partida: junio de 1566, cuando el gobernador de Tucumán, Francisco de Aguirre, partió con un grupo de soldados para fundar Córdoba. Pero, en el camino, las tropas se sublevaron. Mandaron a Aguirre enjaulado a Charcas, en la actual Bolivia, y fundaron un poblado, aunque sin respetar las leyes de la época. Lo llamaron Cáceres, que era la procedencia de uno de los cabecillas de la revuelta.
"Al año siguiente, la Audiencia de Charcas, mandó a refundar la ciudad, pero con todas las de la ley -explicó Tomasini-. Le pusieron Nuestra Señora de Talavera, aunque siempre se la conoció como Esteco."
Lo que comenzó como un caserío no tardó en crecer. Se hizo ciudad. Pocos años después, Esteco tenía un hospital y tres iglesias: una parroquia, un convento de padres mercedarios y uno de franciscanos. Incluso, el único cirujano de la gobernación de Tucumán vivía allí y también el que quizás haya sido el primer artista pintor que habitó nuestro país, llamado Rodrigo Sas.
Tres ciudades en una
Gran parte del progreso de Esteco se debió a su ubicación. La ciudad a orillas del Salado era paso obligado para todos los que iban desde el Norte hacia el Sur. Mientras, en sus tierras crecía maíz, trigo, cebada y legumbres. También había viñedos y algodonales. La principal fuerza de trabajo eran los indios encomendados a los españoles para ser convertidos a la fe cristiana, que en realidad eran tratados como esclavos.
Pero la naturaleza le jugó una mala pasada a Esteco: el río Salado comenzó a desplazarse hacia el Oeste y hubo que hacer una acequia.
"En realidad, fue un complejo sistema de acequias y contraacequias para abastecer de agua a la ciudad. La principal tendría unos 4 metros de profundidad y unos 10 a 15 de ancho -explicó Tomasini-. Requería un dragado constante y para esa dura tarea se utilizaba a los indios."
Además, el suelo extremadamente salitroso dificultaba el mantenimiento de las paredes de las casas, que eran de adobe y se desmoronaban una y otra vez. Nuevamente eran los indios los que cargaban con la peor parte del trabajo. "La mortalidad de indígenas fue tan grande que desde España se emitió una cédula real, pidiendo explicaciones por el maltrato", recordó el etnógrafo.
No se sabe con exactitud la razón, pero en 1592 se decidió el traslado de Esteco a otro sitio, unos 25 kilómetros hacia el Oeste. El nombre de la flamante ciudad, Villa de la Nueva Madrid, aunque se la conoció como Esteco también.
"No fue un intento exitoso, porque mucha gente prefirió quedarse en la primera Esteco que, para ese entonces, entraba en decadencia. Incluso los caminos que conectaban ciudades importantes ahora pasaban por el nuevo poblado", continuó el investigador, que trabaja en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
En 1609 se fundó una tercera ciudad, frente a la segunda. La intención fue concentrar allí a los habitantes de las dos ya existentes. También fusionaron sus nombres. El flamante poblado se denominó Nuestra Señora de la Talavera de Madrid, e inmediatamente pasó a ser conocida como... Esteco.
Pero ni siquiera así la primera Esteco quedó deshabitada. Todo el mundo, para diferenciarla, comenzó a llamarla Esteco el viejo . Hasta que en algún momento perdido para la historia, simplemente desapareció. "Hacia 1630 nadie habla más de ella", apuntó Tomasini. Durante el siglo XVIII, la ubicación de la primera Esteco ya era un misterio.
La última de las Esteco, en cambio, había sido destruida por un terremoto en 1692. Y nació la leyenda.
Herraduras de oro
"Para los investigadores, la ubicación de las dos últimas Esteco nunca fue un misterio. Pero sí lo era la localización de la que encontramos ahora -explicó Tomasini-. En el Norte todavía existe una rica tradición oral sobre este tema. No hay mucha certeza de que existieron tres ciudades con el mismo nombre y se dice que los habitantes de Esteco fueron personas muy avaras y opulentas, que hasta ponían herraduras de oro en las patas de sus caballos, y padecieron un castigo divino que destruyó la ciudad", agregó.
"Cuando comenzamos el relevamiento -continuó-, nos quedó claro que se trataba de la Esteco más antigua. Allí estaba la acequia, ahora inundada por la vegetación, y muchos restos de cerámica."
Los investigadores no pudieron excavar porque la Dirección de Patrimonio Cultural de Salta, por el momento, sólo les permite hacer tareas de reconocimiento. En un pequeño sondeo encontraron un techo de tejas. También una enorme cantidad de cerámicas indígenas y ladrillos.
"Hay loza de Talavera (importada de España) y un tipo de cerámica de manufactura indígena, pero pintada encima, quizás intentando imitar artículos españoles", enumeró Tomasini. Si consiguen autorización, en poco tiempo comenzarán las tareas de excavación. Por el momento, el punto que más preocupa al investigador son los buscadores de tesoros. Por eso no quiere revelar el sitio exacto de las ruinas.
"Es muy difícil que en esta ciudad, que vivía de la agricultura, se haya podido acumular algo de oro. Es sólo una leyenda. Incluso, en esa época había tan poco oro en la zona que se llegaba a pagar el sueldo al gobernador con tela de algodón", concluyó.




