
Hardoy, un domador fuera de serie
Le dijeron que era imposible, pero este notable paisano logró amansar cebras como si fueran caballos.
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MENDOZA.- El tiempo las ha mostrado en manadas, corriendo por el Africa Austral escapando de algún predador. También luciendo su pelaje en listas en los zoológicos, encerradas y solamente al alcance de la vista del hombre.
Y los hombres recurrentemente se han preguntado por qué ese animal parecido al caballo no era montado, amansado o domesticado. Es que las cebras tuvieron siempre fama de indomables, y desde la bibliografía hasta los documentales de la actualidad se insistió siempre en la imposibilidad de reducir su carácter salvaje.
Hace poco nació la idea de preservar la raza a través de la biotecnología reproductiva. Es decir, por el método de transferencia embrionaria, común en los caballos de polo. Se trata de fecundar el embrión y trasplantarlo al vientre de los caballos, porque yeguas madres sobran, y así tener hasta siete nacimientos por año de una sola fecundación entre cebras.
Pero, cómo trabajar con un animal sin tener que dormirlo, si hay que hacerle pruebas, tactos, ecografías sin poder manejarlos. Una tarde, el veterinario Luis Losinno, director del proyecto, vio cómo un hombre, Martín Hardoy, doblegaba un potro malo de verdad. "Si domaste a éste sos capaz de cualquier cosa", le dijo convencido.
Técnicas de doma
Este hombre es conocido por enseñar la doma racional, un conjunto de técnicas americanas, europeas y gauchescas para amansar caballos sin violencia, experiencia que volcó en un libro llamado "Sobre doma, caballos y caballeros de la Argentina".
Martín Hardoy ya había amansado, para otros proyectos, guanacos del Norte, antílopes de la India, llamas, toros cebú, mulas y burros. "Pensé en viajar a Sudáfrica para ver si, como decían por la televisión, las cebras eran indomables, y Losinno me dijo que para qué, si podía hacerlo aquí nomás, en el zoológico de Mendoza.
"El burro se empaca, la mula es dura y medio mala, ¿y la cebra? Yo no pretendía domesticarla, que es incorporar el animal a la vida del hombre, sino amansarla para este proyecto y para sacarme las dudas sobre su comportamiento."
Un especialista inglés le dijo que era imposible. Un norteamericano le pidió que le avisara para verlo, pero que no lo lograría. Hardoy se quedó observando toda una mañana las cebras del zoológico de Buenos Aires. Meditó y no dudó, al poco tiempo ya estaba aquí, desafiando a todos, incluso a los empleados de este zoológico, que entre risas le deslizaban advertencias: "¡Guarda, eh...!, mire que cuando se les acerque, éstas saltan limpita la empalizada". "¡Ojo que patean de lo lindo!" "¡Atenti que el padrillo muerde como un doberman!"
Sólo con un palo largo
Hardoy, precavido pero seguro, entró en el corral, se acomodó la boina, tomó un palo largo y comenzó a caminar detrás de una cebra. Primero, un corcovo; después, alguna patada; por ahí, un tarascón, y Hardoy que de a poco iba logrando su primer cometido: hacerla caminar en redondo.
"Inicialmente, le marqué a la cebra que todas sus reacciones no me producían miedo. Después la presioné para que caminara y con el palo largo la tocaba desde lejos, a cubierto de las patadas. Ella no sabe si el palo es una extensión de mi cuerpo, y con eso la fui tocando hasta que se aburrió de tener el palo en el lomo y se fue entregando. Allí me fui acercando, y al rato ya la estaba acariciando."
Esa misma tarde, la cebra, embozalada, ya respondía al cabestro, hasta que el hombre se animó a cincharla y la hembra ni corcoveó. Faltaba sólo un último desafío, un gusto fuera del libreto del proyecto. Sí, Hardoy sobre el lomo y al tranco por el corral.
Con el padrillo la cosa fue distinta. En diez años sólo se le habían acercado después de dormirlo con un dardo somnífero y, además, impuso su liderazgo de ser el jefe de la manada. "La hembra me aceptó más rápido, pero el macho me desafió. Me arrinconaba, me tiraba manotazos y tendía a morder. Pero finalmente lo cansé, y con una soga le mostraba que si se quería ir de mi lado, lo presionaban los tirones. Cerca de mí no."
Horas después, el líder embozalado caminaba detrás del hombre de bombachas y botas. "Cada uno reaccionó distinto. El macho se entregó después del bozal y el cabestro, y el potrillito me hizo un poco de escándalo al principio hasta que, como la madre y el resto, también me incorporó."
Conclusiones
En cuatro días las cebras estuvieron mansas, y Hardoy tuvo sus particulares conclusiones:
- "Comprobé que tienen un cuero muy grueso y, por eso, pocas cosquillas. Además, son muy musculadas y casi no tienen excesos de grasa. Tampoco transpiran, y eso debe de tener que ver con la capacidad de retener el líquido por los calores del desierto."
- "Poseen una gran rusticidad y gastan la energía necesaria. Por momentos son hipertranquilos, y el padrillo mostró una resistencia inigualable."
- "La velocidad de aprendizaje es similar a la de un caballo, pero éstos muestran que los siglos de domesticación y selección les hicieron perder el instinto de preservación. La cebra, amansada, sigue manteniendo reacci ones de animal salvaje."
- "Tienen muy buenos desplazamientos, pero faltaría saber cómo se manejarían con las riendas y al freno, porque son muy pescuezudas."
- "Antes de una conclusión final, repito lo de siempre: no existe animal capaz de oponerse al cariño. Salvo aquellos que han sido agredidos y siempre tienen dudas de cuándo los van a agredir de nuevo. Dudan de la gente, porque el hombre es un depredador natural."
-Y la conclusión final, ¿cuál era?
-Que yo no entiendo por qué en Sudáfrica no las usan.
Y así, el domador de las cebras se queda mirando el lomo rayado de las que fueron indomables. Seguramente imaginándoselas con un recado sobre ese lomo y él arriba, al galope y por la pampa.






