Holanda y nuestro país en el arte, una alianza con historia
La pintura, un nexo entre dos culturas
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Con la discreción que caracteriza a la pareja real, Máxima Zorreguieta y Guillermo Alejandro de Orange visitaron en su último viaje al país el taller de Josefina Robirosa. En el amplio piso que balconea sobre el parque Lezama, en San Telmo, los entonces novios más populares en este principio del siglo XXI eligieron un par de dibujos de fina línea sobre fondo blanco y se entusiasmaron, dicen los enterados, con una pintura reciente de la última serie producida por Robirosa.
No era la primera vez que Máxima visitaba el taller de la artista. Su inclinación por el arte, fortalecida por el hecho de tener una creadora en la familia -su hermana Dolores es una reconocida "performer" que investiga con éxito la relación arte-moda-, ha despertado enorme interés entre los artistas argentinos contemporáneos, que ven en la nóvel princesa una embajadora ideal.
La relación de los argentinos con el arte holandés ha sido históricamente fecunda. En primer lugar, dos de los artistas más reconocidos en el mercado local descienden, precisamente, de familias holandesas.
Jacques Witjens y Stephan Koek-Koek -de ellos se trata- pintaron a comienzos del siglo XX y sus obras mantienen, a pesar de la crisis económica y de la peligrosa anemia de las ventas, una cotización sostenida.
El año último, un paisaje de Witjens se vendió en pública subasta en 20.000 pesos, cuando cada peso cotizaba un dólar. Pocos meses después, una clásica vista encendida de rojo firmada por Koek-Koek alcanzó en un remate de Roldán la cota de los 12.000 pesos convertibles a la moneda norteamericana.
Caracteres opuestos
Si bien Koek-Koek nació en Londres, desciende de una familia holandesa ligada a la creación artística: su padre pintaba, con el seudónimo Van Couver. Una salud quebrantada por fuertes alteraciones de la conciencia modificó la manera de pintar del joven Koek-Koek, que derivó de un impresionismo sosegado a un intenso expresionismo gestual con mucha carga de materia.
Koek-Koek vivía en Banfield y fue una elogiosa crítica de LA NACION, firmada por Juan Navarro Monzó en 1919, la que lo puso en el candelero.
Siete años después, el artista fue detenido, intoxicado de alcohol y cocaína, en los alrededores de la plaza Lavalle. Internado en el hospital Borda, produjo de manera febril hasta tres cuadros por día.
La revalorización de sus pinturas -al igual que en el caso de Witjens- tuvo mucho que ver con las muestras organizadas por la galería Zurbarán.
En el otro extremo está el sereno Jacques Witjens, paisajista formado en la escuela de La Haya, reconocido por sus paisajes mansos y sus bucólicos escenarios rurales.
Lo que vuelve más curiosa la historia de Witjens, y doblemente oportuno su recuerdo a días de la celebración de la boda de Máxima, fue su mirada equidistante de Holanda y la Argentina. Con la misma soltura resolvía en el lienzo las ondulaciones de un paisaje de Córdoba o recuperaba de la memoria un molino envuelto en la bruma de los Países Bajos.
Frutos del intercambio
Los sucesivos intercambios de artistas argentinos y holandeses rindieron sus frutos. Tras una exposición, en Amsterdam, de trabajos de Daniel Kaplan, Raúl Díaz, Bocaccio y Vidal, entre otros, la buena recepción de las obras fortaleció la relaciones entre ambos países, que en las artes visuales contaban con un antecedente ineludible: Guillermo Kuitca.
Holanda tuvo un papel definitivo en la consagración internacional de Kuitca, que era aún una joven promesa cuando el Museo Stedelijk, de Amsterdam, apostó por su serie de los mapas y compró la obra para su pinacoteca local.
Desde entonces, la fama le sonrió al artista argentino mejor cotizado en Nueva York, que se prepara para su primera gran retrospectiva en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), de Eduardo Costantini, el año próximo.




