
Hubo un día en que todos fueron "callejeros"
Es ese miércoles, como espectador. O el jueves trágico. Tal vez el domingo posterior, o este que parece más lejano en el tiempo, pero sólo el calendario es capaz de afirmar esa sentencia.
Pasan los días y la escena se repite. Repiquetea en los oídos la misma pregunta nacida de la boca de toda persona que comenta el tema: "¿Te podría haber pasado a vos el día anterior?".
Respiro el aire que sólo el azar, a modo de regalo, me deja tomar.
Recuerdo lo sucedido 24 horas antes. Es el momento preciso en que veo las bengalas del miércoles previo a la tragedia de Cromagnon, el boliche de la zona de Once -noche en que también tocaron los Callejeros-, cuando imagino los malditos fuegos de artificio del jueves, sufro, suspiro y contesto: "Sí, podría haber sido yo".
Se multiplican las historias de víctimas. Hablo con Martín, encargado de hacer los videos del grupo y compañero en los picados del fútbol del martes.
Perdió varios amigos. ¿Qué se dice en estos casos? Imposible saberlo. ¿Dar fuerza? ¿Animo? ¿Cómo? "Un desastre", resume.
"El miércoles yo estuve en el balcón del primer piso de Cromagnon. El jueves, abajo. Si iba al mismo lugar, no estaría hablando con vos", dice.
* * *
La avalancha de información no se detiene. Aparecen historias desgarradoras. Como la de Nicolás Landoni, el chico con discapacidad motriz que se acababa de recibir de periodista deportivo y que falleció en el incendio.
Veo su foto publicada en los medios periodísticos, lo recuerdo perfectamente: fue un alumno de Deportea, que se ubicaba adelante, a la derecha, con su silla de ruedas, de sonrisa fácil, siempre con una remera de una banda de rock y colgantes, en su mayoría, de La 25.
A Nicolás lo enterraron el 2 de este mes en el cementerio de la Chacarita. El cortejo fúnebre era larguísimo. El féretro del chico iba tapado por una enorme bandera de Platense, el equipo "calamar", de Vicente López, el club de fútbol del que era fanático.
* * *
Como impulso, la mente se pone en su lugar. La piel se eriza pensando en lo que le pasó.
Es un impulso de un puñado de segundos, imposible de tolerar...
Adriana, periodista, colega de la sección Espectáculos del diario, narra la historia de una amiga de su hija que sobrevivió sólo porque antes del incendio tuvo una corazonada.
La chica escuchó sonar unos petardos, tomó de la mano a su amiga y le dijo: "No me gusta, vámonos más para atrás".
A los pocos segundos, estalló el caos, pero ella tenía el camino hacia la salida visualizado y, por eso, encontró la puerta salvadora, la que no estaba cerrada con alambre ni candados.
"Un amigo de un amigo estuvo." "Mi hijo iba a ir pero no tenía dinero." "El sobrino de un cliente salió de milagro. Sigue internado, pero fuera de peligro."
La ciudad se entrelaza en miles de historias que tienen un destino común y desembocan en el recital.
¿Alguien no conoce a un protagonista directo o indirecto de esta historia?
* * *
La sensación es de indefensa. De absoluta indefensa. No hay paredes de protección que protejan de las tormentas que castigan a la sociedad una y otra vez.
Chaparrones de maldiciones que azotan sin clemencia.
La lluvia de lo inexplicable, de los porqués, nos empapa. Demasiado.
No hay techo que cobije a tantos ciudadanos cansados de que la lluvia tape el sol.
Y todo aumenta cuando se siente que los encargados de, aunque sea, ofrecer un paraguas parecen vivir en otro país.
Estamos en la calle de la desprotección. Somos todos callejeros.
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