
La cárcel, a puro carnaval
En el servicio penitenciario de Ezeiza bailaron más de 200 mujeres al aire libre; "Hace mucho que no veía el sol", contó a lanacion.com una de las internas
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Cuando Carmen sale al patio toda vestida de bailarina se emociona. No es sólo un día de carnaval, baile y murgas lo que la moviliza. "Hace mucho que no veía el sol", le cuenta a lanacion.com esta rosarina que lleva más de dos años esperando sentencia en el pabellón 5 de la Unidad 3 del servicio penitenciario federal de Ezeiza. "Muchos días me siento bajoneada y no tengo ni ganas de salir. Al principio me sumé porque hace a la buena conducta, pero ahora siento que estas cosas realmente te levantan el ánimo".
Como ella, el pasado viernes, más de 200 mujeres recorrieron el patio danzando, coloridas, sonrientes en una celebración histórica. También, distintas murgas y grupos de candombe se acercaron a complementar una fiesta que convirtió el patio del penal en un festejo multitudinario. "Nunca habíamos vivido un carnaval acá adentro; este es un día especial", dice Olga, una salteña que ya cumple sus 8 años entre rejas. "Canto tangos desde chiquita y siempre que hay un acto acá adentro actúo. El baile me despeja", confiesa.
Sólo se entristece cuando piensa en sus nietos, que no pueden verla actuar. "No los hago venir porque es muy doloroso que me vean acá; para ellos yo siempre trabajé legal, nunca supieron de lo que yo hacía", relata. Sin embargo, cuando recibe los aplausos de sus compañeras del penal vuelve a sonreír y a mover el cuerpo. "Esto alegra la vida de todas las chicas, hay muchas muy jóvenes que no pueden salir para nada y esto es bueno para ellas, para todas".
Enseguida se acerca Jacinta, una petisita que es su compañera en el pabellón 6. Ella viene toda vestida de volados. Camina con pasitos cortos, graciosos: trae música en la sangre. "Hago murga, actuación y baile, nunca me niego a nada", dice con voz pausada esta mujer que, esta vez, pudo demostrar, además, sus dotes de costurera. Se acomoda su voluminoso traje. Nunca deja de sonreír y se entusiasma por contar de su país: "En Perú tenemos el baile del Inca, algo muy bonito para renovar la esperanza. Hoy acá este baile me renueva la fe".
Moira, una interna que desde 1997 "entra y sale" de Ezeiza, también vive esta liberación. Sola se acerca al micrófono; pide compara: "Es la primera vez que pasa algo así. La comparsa es la libertad de los negros, de la esclavitud. Si bien nosotros no somos esclavos formamos parte de una especia de esclavitud: somos esclavos de la pobreza, del querer y no poder, de la droga". Para terminar, remata: "Hoy sale a bailar el negro que nosotras tenemos dentro. Es una forma de liberación".
Cuando la jornada va llegando a su fin y los visitantes empiezan a retirarse, ellas saben que les esperan los límites de su pabellón. Cada una lo procesa como puede. Jacinta, por ejemplo, se desespera por llevarse en un papel el lugar donde se va a publicar su testimonio, para que su hijo pueda verla. Es su modo de estar un poco con los suyos. "Hace años que no nos vemos y aunque sea que me vea por foto o por computadora". Recibe el papel tranquilizador y recién entonces se reúne con el grupo para despedirse del día soleado de carnaval.
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