
La comunidad coreana vive atemorizada
Por Santiago O´Donnell De la Redacción de LA NACION
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La súbita aparición de una mafia que mata a sus víctimas de madrugada, empleando armas con silenciador, ha sembrado terror en muchos de los 20.000 integrantes de la comunidad coreana que reside en esta ciudad.
En menos de una semana, tres inmigrantes coreanos aparecieron muertos en misteriosas circunstancias: un empleado de comercio y un matrimonio de prestamistas. Dos amigos del empleado, también coreanos, han sido detenidos como sospechosos. Los asesinatos comparten algunas características de tinte mafioso, lo cual hace suponer a la policía que, de alguna manera, están relacionados.
"El miedo es grande, estamos sufriendo mucho en la comunidad. En los 37 años que llevo acá, es la primera vez que pasa. Antes ha habido problemas con malvivientes de otras nacionalidades, como es lógico, pero nunca pasó algo así entre miembros de la comunidad", dijo Kim Ki Jae, presidente de la asociación coreana en la Argentina.
"Cuando hay problemas económicos empiezan a salir a la luz las cosas negras de la comunidad. Estamos trabajando para marginar a los elementos indeseables. En Buenos Aires hay 30.000 coreanos y la mayoría se conoce, por eso nos preocupa tanto lo que está pasando" señaló Kim a LA NACION, mientras media docena de empresarios coreanos con caras apagadas escuchaba en silencio.
"Siempre vivimos con muchos problemas de inseguridad ante extraños, pero ahora debemos tomar precauciones entre nosotros", agregó, con voz grave, el líder comunitario, haciéndose entender a través de un traductor.
Caía la noche del viernes y Kim terminaba de reunirse con más de 50 líderes de asociaciones coreanas para discutir la situación, en un depósito ubicado detrás de su taller para reparar máquinas de coser, en Cobo y Curapaligüe, barrio del Bajo Flores, el corazón mismo de la colectividad.
Terror
En la puerta del negocio, la señora de Kim hacía un relato descarnado de la situación:
"La gente tiene terror. No comprende cómo puede pasar una cosa semejante. Nos ha afectado tanto que me da miedo cuando los chicos están afuera. Yo le digo a mi hijo: "Venite antes de que oscurezca"".
A lo largo de la calle Carabobo, en negocios e iglesias decorados con caracteres coreanos, el miedo y la preocupación se dibujaban en las caras de los miembros de la colectividad. LA NACION consultó a media docena de comerciantes: todos dijeron estar al tanto del tema, pero ninguno se animó tan siquiera a opinar.
En la panadería sugerían hablar con el carnicero de la otra esquina; allí recomendaban hablar con el dueño de la tienda de electrodomésticos, quien, a su vez, susurraba que "algo sabe" el remisero de la otra cuadra. Pero el remisero no quería hablar de nada, ni tampoco el quiosquero, salvo para decir que quizá sería bueno consultar al policía de civil de guardia en la vereda de enfrente.
El policía, que lleva años trabajando en el barrio, descartó de plano la existencia de una "mafia coreana", pero dijo que los comerciantes se ayudan entre sí a través de préstamos, y que hay "cobradores" que se encargan de los que se retrasan en los pagos.
"Los cobradores son como abogados: van y cobran lo que tienen que cobrar. A veces pegan algunos bifes, pero que yo sepa nunca mataron a nadie", sugirió el agente.
Por el estricto secreto de sumario impuesto por las juezas que manejan las investigaciones, la información escasea y la colectividad coreana es una usina de rumores."La gente no para de llamar para preguntarnos si tal o cual cosa es cierta, pero nosotros no tenemos más información que la que publican los diarios nacionales", dijo Tong Joon Park, periodista de Diario Central, un órgano comunitario escrito en coreano.
Otra preocupación que invade a los inmigrantes coreanos consultados por LA NACION es que los asesinatos sirvan para reforzar los peores estereotipos en el imaginario popular, echando por la borda décadas de trabajo para insertarse armoniosamente en la sociedad argentina.
"Es cierto que hay prestamistas coreanos, como en todos lados, pero no son usureros como se dice por ahí. Si una entidad financiera presta al 12% anual, ellos pueden prestar al 20%, o sea menos del 2% mensual, que es mucho menos que el 30% mensual que se publicó en los diarios", dijo Kim.
"Ponga bien que los coreanos no somos mafiosos. Acá no hay que hablar de mafias porque no es así", agregó su esposa.
Una fuente policial que trabajó en la investigación de los asesinatos coincidió en que no existiría en la Argentina una mafia exclusivamente coreana.
"Los últimos informes del FBI hablan de mafias asiáticas, sin distinguir nacionalidades. La mafia japonesa (Yasuka) se ha mantenido apartada, pero las organizaciones delictivas chinas, coreanas y vietnamitas tienden cada vez más a fusionarse y formar una única organización. Yo creo que en la Argentina estamos empezando a vivir ese fenómeno, ya que vivimos en un mundo globalizado", apuntó.
Lo que nadie discute es que los tres asesinatos de inmigrantes coreanos ocurridos en las últimas semanas llevan la impronta de la mafia.
Primero apareció el cadáver acribillado de Seo Yun Tchul, de 30 años, en un departamento del barrio de Flores, hace 18 días. Al día siguiente fueron detenidos dos amigos de la víctima, de 21 y 27 años, a quienes les encontraron armas cortas provistas de silenciadores.
Pero fue el segundo crimen, el del matrimonio formado por Chang Cung Lee, de 63 años, y Mal Sook Lee Lim, de 50 años, el que terminó de asustar a la comunidad. No hay pistas firmes de los asesinos ni dudas de que se trató de un trabajo profesional.
"En 37 años nada y de repente, tres muertes", dijo Kim, el líder comunitario. "Una cosa es que haya problemas entre jóvenes que tienen malas compañías, pero un matrimonio mayor, conocido en la comunidad, esto es otra cosa."
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