La empresaria que cambió su fábrica por la solidaridad
Creó un hogar granja cerca de Luján
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Susana Esmoris era una empresaria exitosa, dueña de una fábrica próspera. ¿Era? Aunque ya no trabaja en la fábrica, está al frente de una empresa donde el éxito no se mide en billetes: dejó todo para fundar el hogar granja Camino Abierto, donde viven 15 chicos con un pasado difícil.
Los ayuda a construir un futuro y les da las herramientas para que aprendan a ganarse la vida. El restaurante Los Girasoles, en Carlos Keen, muy cerca de Luján, aporta los recursos para sostener el hogar.
En el mismo predio donde funciona el restaurante y donde viven, cuidan de la huerta y crían animales. Hay espacio para todos. Lo fundamental es descubrir qué quiere hacer cada uno. Todo el empeño que Susana ponía en sus negocios hoy lo emplea en descubrir las potencialidades de cada chico. "Los conecto con su parte poderosa. Cuando a un chico le permitís que se desarrolle en lo que le gusta, es un pibe exitoso", afirma.
Vive sin lujos, pero se le nota paz en la sonrisa. "Las cosas cambian en los demás cuando empezás a cambiar vos", confiesa. Ella es el mejor ejemplo de un cambio profundo.
Los chicos llegan a través de distintos juzgados de menores. "Lo que nos diferencia de otros proyectos es que ayudamos a los que cumplen los 21 para que se alquilen un lugar, pero siguen trabajando aquí para poder independizarse", cuenta Susana.
"Esto no es un negocio cualquiera: le damos un lugar a todo el que viene a pedir trabajo", asegura. Varios chefs famosos -como Narda Lepes, Dolly Irigoyen y Javier Brichetto- aportan sus saberes. "Como se come muy bien, viene mucha gente importante y ayudan a que cada chico tenga sus oportunidades", agrega.
"Tenés que lograr que el proyecto sea autosustentable porque no podés vivir pidiendo", dice. Enseñar a hacer que el modelo se sostenga es parte del aprendizaje que Susana y su marido, Hugo, dan a los chicos. "Vivimos acá; compartimos muchas horas con ellos; los conocemos mucho y les marcamos el camino", explica.
La cocina es el "aula" donde aprenden, enseñan y comparten. "Será por eso que acá todo es rico", bromea Susana. "Me impacta ver cómo crean, lo creativos que se vuelven en la cocina. Dan lo mejor de cada uno, siempre respetando el lugar del otro", dice poniéndose seria.
"A veces somos 40 trabajando en la cocina, pero el ambiente siempre es una fiesta -cuenta Susana-. Acá se cumple eso de que cuando hay un buen maestro, el discípulo siempre lo supera." En la fundación pusieron en marcha un sistema que da sus frutos: cada chico nuevo está "apadrinado" por otro que lleva más tiempo. El asistente y el asistido aprenden mutuamente.
Gastronomía y campo
El restaurante funciona los fines de semana y recibe unas 900 personas por mes. "Eso prueba que no es un negocio cualquiera: ningún negocio se sostiene trabajando dos días por semana", aclara Susana. Para reservar: 02323-495041 y para conocer más de la fundación: www.caminoabierto.org.ar o c aminoabierto@coopenetlujan.com.ar.
Con los años, el proyecto fue creciendo y hace poco habilitaron dos cabañas para que se hospedara el que quisiera disfrutar de unos días de campo. También organizan casamientos y fiestas. Todo allí se hace "en casa" y todo se transforma en una lección. "Las cabañas las hicieron los chicos con Hugo. Así, aprenden de carpintería, de construcción", explica Susana.
Como allá siempre hay un lugar para el que necesita trabajar, Susana abrió las puertas de la fundación a los vecinos del pueblo y hoy son varios los que trabajan en el restaurante o se acercan para capacitarse. "Pero hay que saber trabajar en equipo", señala.
"Acá vemos que cuando a un chico se le dan oportunidades se convierte en una persona de bien, en un chico exitoso", asegura Susana. Le sobran ejemplos, pero todavía recuerda a Emanuel, el primer chico que llegó, hace 15 años. Hoy lleva su familia adelante y su historia los llena de orgullo.
La vida de Susana transcurre en Carlos Keen y se reparte entre los chicos de la fundación, sus dos hijas y cinco nietos. Siempre se hace tiempo para seguir mejorando. "Vamos a abrir una escuela de gastronomía, con el apoyo del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, y unos estudiantes de trabajo social vienen de la universidad a hacer pasantías", cuenta.
"Cuando llegué acá, no sabía nada... Primero hacía de moza y después me empezó a gustar lo que pasaba en la cocina", cuenta Alejandra, de 15 años. Los postres son su especialidad y, para demostrarlo, convida a LA NACION con un tiramisú que refuerza los halagos de Susana.
Walter tiene 13 años y hace cinco que vive en Camino Abierto. Llegó con su hermano, pero prefiere no hablar de su pasado. Mejor hacerlo de su presente: es el encargado de cuidar de los animales y de colaborar en la huerta con Marcelo, otro de sus compañeros. "Venir acá fue lo mejor que me pudo pasar", confiesa. "Sinceramente, todo esto fue surgiendo. ¡Lo hicimos sin querer!", dice bromeando.
"El proyecto fue creciendo naturalmente, que es como hay que crecer -interrumpe Susana-. ¿Cómo se hace un proyecto exitoso? El ingrediente más importante es la pasión. Cuando ponés entusiasmo, las cosas van creciendo, como cualquier historia en la vida." Claro que esta historia cambió por completo el rumbo de varias vidas. La primera vida en dar un vuelco, sin duda, fue la de Susana.
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