
La familia rehén temió morir si se producía un tiroteo
Los detenidos son uruguayos y tenían pedido de captura por otros robos similares
1 minuto de lectura'
"Fue una noche muy larga", suspira Estela Hoffmann. Hasta la madrugada de ayer, esta médica pediatra fue tomada de rehén junto a cinco miembros de su familia, en su chalet del barrio porteño de Villa Ortúzar, por dos delincuentes armados que, luego de seis horas de negociaciones, se entregaron a la policía.
Los dos detenidos son Rafael García Machado, de 30 años, y Juan Ramón Reales, de 29, según dijeron a LA NACION fuentes policiales. Ambos estaban prófugos con pedido de captura. Son uruguayos y tienen un prontuario donde registran, al menos, cinco detenciones cada uno por robos a mano armada y privación de la libertad. Uno de ellos tiene una condena a cinco años de cárcel y gozaba de salidas transitorias. Ambos serán indagados hoy por el juez de instrucción porteño Eduardo Daffis Nicklison, quien interviene en el caso con el fiscal Juan Giudice Bravo.
Un asalto después de cenar
A las 21.30, la familia Roncoroni terminaba de cenar en su casa de Giribone 1435, entre Heredia y 14 de Julio, en Villa Ortúzar. El esposo de la pediatra, el médico Juan Manuel Roncoroni, todavía no había llegado.
Elena, su hijo Juan Cruz, de 21 años, su novia Victoria, de 20; Tomás, de 17; la pequeña Lucía, de 9, y la empleaba doméstica de la familia de nombre Flavia, de 38 años, comían helado cuando dos delincuentes ingresaron al azar en su vivienda.
"De golpe estaban ahí. Parecían tranquilos, no eran violentos y sólo pedían dinero", dijo a LA NACION Hoffmann, de 47 años, quien fue la rehén de más expuesta junto a su hijo Juan Cruz. La casa está situada frente a la plaza 25 de Agosto y tiene un amplio patio arbolado y su entrada está cubierta por casi 10 metros de parque.
Nadie en la familia supo por dónde entraron. El hijo mayor, Juan Cruz, que fue usado como escudo mientras duró parte de las negociaciones entre los delincuentes y la policía, afirmó que los ladrones nunca intentaron golpearlos y que al ingresar les dijeron: "Tranquilícense, no les vamos a hacer daño. También tenemos familia y sólo vinimos por la plata. Después nos vamos".
Según Estela, hace cinco meses otros delincuentes habían robado en su casa. "Desde entonces no tenemos dinero ni joyas. Sólo manejo en efectivo lo del día", explicó.
Poco antes de las 22, mientras la pediatra conducía a uno de los asaltantes hasta una caja de seguridad que nunca se llegó a abrir, el otro encerró a los demás integrantes de la familia en la habitación de Lucía, la hija menor de los Roncoroni.
"No nos apuntaban directamente, pero nos gritaban que no los miremos a la cara" dijo Victoria para describir el clima de tensión previo al encierro. En la habitación permanecieron las seis horas Lucía, Victoria, Tomás y Flavia. "Es una habitación muy pequeña, pero los chicos estaban tranquilos. Sólo Lucía lloraba mucho. Nos sentamos en la cama y nos quedamos quietos", narró Flavia, la empleada doméstica.
Cerca de las 22 llegó al chalet otra hija, Belén, de 19 años, quien al ver movimientos extraños en la vivienda se refugió en la casa de un vecino y llamó a la policía. Más tarde llegó el jefe de la familia, el traumatólogo Juan Manuel Roncoroni, que permaneció junto a su hija, el personal de la comisaría 37a. y policías de elite del Grupo Especial de Operaciones Federales (GEOF).
Mientras en el parque arbolado del frente del chalet cuatro policías tomaban posiciones y otros cercaban la manzana, otros francotiradores se ubicaron en los árboles y azoteas cercanas. En la casa uno de los asaltantes, que se hacía llamar Leonardo, mantenía prisionera a Estela.
Según dijo Victoria, su novio Juan Cruz se puso nervioso dentro de la habitación cuando escuchó ruidos en el living de la casa, donde su madre estaba sola. Por eso se impacientó y pidió verla. "No somos violadores, vení si querés", le dijeron para dejarlo salir. Uno de los ladrones, con una pistola calibre 9 milímetros, tomó a Estela y el otro, con un revólver calibre 32, se quedó con Juan Cruz. Permanecieron en el hall de entrada de la casa, detrás de una pequeña puerta que da al garaje. "Los ladrones no comieron nada, pero tomaban soda constantemente. Cuando llegó la policía querían hablar con los medios a toda costa", dijo Juan Cruz.
"Tuvimos miedo todo el tiempo. Yo les rogaba que no nos lastimaran ni nos apuntaran -recordó Estela-. Nunca creí que tuvieran intención de matarnos. Tenía miedo de que nos hagan salir y afuera la situación se descontrolara, que hubiera un tiroteo, porque hacían referencias al caso de Ramallo", dijo Estela. Luego de seis horas de negociación, los delincuentes se entregaron a la policía.




