
La importancia de la supervisión
El entorno social de los más chiquitos va creciendo a medida que maduran y están preparados, primero los padres y hermanos, después el jardín de infantes, más adelante un club. La mirada valoradora es la de mamá, papá, una maestra, el profesor de tenis, personas conocidas de instituciones elegidas por los padres, así van aprendiendo con seguridad qué se puede decir y hacer, con adultos que están cerca y supervisan esos encuentros. Los chicos quieren pasarla bien, competir, divertirse, pueden hasta armar una coreografía o una obra de teatro para representar delante de los padres, hasta podría ser filmada y enviada a tíos y abuelos, todas personas del entorno conocido del niño.
En la Web todo es diferente, incluso el objetivo cambia, importa hacerse ver, incluso que sean muchos los que miran, hacerse famoso, tener muchos seguidores y likes. Y los chicos no tienen una estructura moral interna que les permita tomar buenas decisiones, que sean en beneficio de ellos y que no sean en contra de otros (como en el caso del bullying) y tampoco saben (porque no tienen criterio para ello) elegir sus amigos en al Red. Les falta madurez emocional e intelectual para evaluar y tomar decisiones. No es por casualidad que el límite sea a partir de los 13 o 14 años, edades en las que ya empiezan a poder hacerlo, y aún así, todavía necesitan un buen tiempo de supervisión adulta.
Cuando los acompañamos hasta que andan en bicicleta sin rueditas, pasamos mucho tiempo a su lado hasta que lo logran. En las redes, sabemos que tenemos la capacidad de enseñar y dejamos el tema en manos de sus pares, quienes a su vez aprendieron de otros chicos un poco mayores y con el mismo escaso criterio.
Los chicos acceden por Internet a instancias que sus propios padres no conocen y por lo tanto no pueden controlar, aunque pongan toda su voluntad para hacerlo. Ellos necesitan estrecha supervisión adulta para estar en las redes o subir material, para decidir a quién dan acceso, de adultos que no hayan caído bajo el embrujo de los “likes” o del beneficio económico que se puede alcanzar.
Un excelente uso de los grupos de madres de WhatsApp podría ser acordar entre las del mismo curso, o para el grupo de primos o amigos, qué les permiten a sus hijos y a qué edad lo hacen, de modo que los adultos posterguen consensuadamente el inicio de esas interacciones.
Los adultos tenemos varios problemas: nuestra falta de conocimiento sobre el funcionamiento de las redes que no nos permite evaluar adecuadamente la situación y reconocer sus riesgos, nuestro propio encandilamiento adulto con la tecnología y las redes que nos nubla la visión y el sentido común, la emoción que nos produce ver a nuestros hijos “genios” y “famosos”, y en el caso contrario, lo que nos cuesta hacerlos sufrir diciendo que “todavía no, no tenés edad” porque nos damos cuenta de que se quedan afuera de algo y nos asusta que se queden solos, sin darnos cuenta de que somos muchos los que tenemos ese criterio, que sólo basta con que juntemos fuerzas.
La autora escribió varios libros sobre crianza
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