La influencia de Gaudí brilla en dos edificios porteños

Al estilo del gran arquitecto catalán
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2 de julio de 2007  

La avenida Rivadavia al 2000 posee una exclusividad difícilmente disputable: separados por menos de 20 metros, en el 2009 y en el 2031 se sitúan los dos edificios que, entre 1903 y 1907, construyó el ingeniero argentino Eduardo Rodríguez Ortega (1871-1938), concebidos en el estilo art nouveau, con influencia del célebre arquitecto catalán Antonio Gaudí, esto último en un grado que no se observa en ninguna otra edificación de Buenos Aires.

Tales características figuran en los fundamentos de numerosas postulaciones ante la Legislatura para que sean declaradas monumentos nacionales.

A mitad de cuadra se alza el que es conocido como Palacio de los Lirios, dada la mayoritaria presencia de ese componente de la heráldica francesa en casi toda la fachada. Está constituido por tres plantas altas, la central en un plano más avanzado que acentúa la línea general ondulante del edificio, de la que participan los muros, los balcones, el enrejado y la baranda superior, con forma de hombre barbudo.

Son también dominantes los mosaicos; el más notable -que a primera vista parece un vitral- se extiende a lo largo de todo el tramo superior. Y sobre él, la cornisa en forma de escamas de pez, acompañadas por otras formas de deidades (entre ellas, el dios del viento, Eolo) y monstruos, conjunto también rodeado de flores de cemento, todo lo cual remite claramente, por cierto, a la inspiración gaudiana. Abajo sobresale la artesanía de la puerta principal, de madera y hierro. Las paredes interiores, hasta la tercera planta, lucen un fino marmolado.

Posee tres pisos, con dos departamentos en cada uno. Del total de seis, sólo dos son viviendas, y en el resto funcionan oficinas.

En el número 359 de la revista Todo es Historia (1997), Horacio Spinetto recuerda cómo la observación del Palacio de los Lirios, desde la vereda de enfrente, se convirtió en una pasión cotidiana del escritor español Ramón Gómez de la Serna. El inventor de las famosas Greguerías, que vivió en Buenos Aires desde 1936 hasta su muerte -dice Spinetto-, "solía hablar de él como el lugar de la cabellera de cemento". Y por su parte, agrega, el poeta Alberto Ballester señaló que "la casa descansa, como una isla atemporal y abierta".

"La agregué yo mismo, al final, como un homenaje a Gaudí", explica el arquitecto Fernando Lorenzi. Responde así a la consulta de LA NACION sobre la inscripción que en grandes letras se observa en la parte superior del edificio de Rivadavia 2009: No hi ha somnis impossibles (en catalán, "no hay sueños imposibles").

Lorenzi tuvo a cargo la remodelación de la imponente cúpula, coronamiento de los cinco pisos de esta otra obra de Rodríguez Ortega, cuyo extremo es una espléndida veleta de hierro. Desde la esquina sur, la mirada se queda allí o, mejor, el asombro la hace quedar allí. El arquitecto no duda: "De las casi 400 que hay en la ciudad, ésta es una de las más hermosas".

Las obras de remodelación se iniciaron a fines de 1999 y se prolongaron por dos años. Un descubrimiento particular, a poco de comenzar, fue comprobar que Rodríguez Ortega había usado ferrocemento (antecedente del hormigón armado), adoptado tras su paso por las universidades europeas y que hasta ese entonces no formaba parte del bagaje empleado en construcciones locales.

Pero fue el restauro de la cúpula-tempietto lo que demandó mayores esfuerzos. Los casi 100 años transcurridos habían dejado importantes secuelas en el conjunto, aunque no un deterioro insalvable, gracias a la nobleza de los materiales utilizados. La labor no sólo constituyó un desafío para Lorenzi. También le proporcionó la experiencia que iría a convertirlo en uno de los mayores expertos en el rescate de cúpulas porteñas.

La recuperación de este sector de la torre tuvo el impulso concreto de su propietaria, Carolina Rojo, que había adquirido el último piso y el tempietto, en 1999, para ser usados como home-office y vivienda.

La cúpula acebollada y multicolor de por sí testimonia la influencia de Gaudí, que iba a ser aún más acentuada por el tributo hacia el gran maestro catalán que quiso plasmar Rojo, admiradora de aquél.

Lorenzi, pues, dotó de gaudismo las amplias terrazas de 300 m2, con dos notables estructuras de hierro en los flancos, a modo de barandas, réplicas en escala de la famosa Puerta del Dragón que resalta en el Palacio Güell, y ornamentos que se observan en la casa Battló, en Barcelona.

En un artículo sobre la restauración, la revista Habitat subraya otras incorporaciones "que guardan relación con el mundo iconográfico de Gaudí, como una cascada y fuente de agua, surcada por un puente de madera, bajo un conjunto de pérgolas de cemento. Finalmente, una gigante y enigmática sombrilla roja completa la recreación de esta terraza tan singular".

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