La larga lucha de un hombre para develar el abuso que sufrió hace más de 30 años

Ocurrió a fines de los 70 y la víctima es un ex alumno del Newman; el director del colegio pidió disculpas
Nicolás Cassese
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30 de diciembre de 2016  

Un día de semana a fines de 1980, Rufino Varela, que entonces tenía 15 años, cargó una escopeta y la apuntó a su cabeza con la idea de dispararla. Era tarde y estaba solo en el cuarto que compartía con su hermano menor, Ramiro, en su casa de Don Torcuato, donde vivía con sus padres y sus seis hermanos. La entrada providencial de su madre a la habitación –llevaba la ropa recién planchada– evitó la tragedia y desató el drama.

“José me abusa”, le dijo Rufino, hundido en lágrimas. Su madre pegó un alarido de dolor y al rato llegó su padre, que echó a José de la casa. Según el recuerdo de Rufino, su abusador tendría entonces unos 23 años. Había trabajado de albañil cuando construyeron la casa, se ganó la confianza de la familia y se quedó como casero durmiendo en un anexo del cuarto de herramientas, que estaba en el parque. Con el acuerdo de sus padres, José llevaba a Rufino en viajes de pesca y otros paseos, donde lo sometía y lo amenazaba para que no contase.

La mirada torcida de José Antonio Moreira –así dice Varela que se llamaba– mientras abandonaba la casa fue la última imagen que tuvo de la persona que abusaba de él desde hacía cuatro años.

–Eso habrá pasado a las 7 de la tarde –recordó Varela en la primera de varias entrevistas que mantuvo con LA NACION–, después nos sentamos a cenar. Nunca más se habló del tema.

–¿Ni con tu madre, ni con tu padre, ni con tus hermanos?

–Nunca.

Varela, de 52 años, está casado y tiene dos hijos. Es un hombre risueño, amable y muy cariñoso con sus hijos. También es ciclotímico, ansioso y algo desconfiado. Fue profesor de tenis, ahora importa muebles de jardín y su 2016 resultó muy movilizante: en apenas unos meses se mudó, su hija mayor se casó y rompió el silencio en el que había sumergido los abusos sufridos hace más de 30 años.

El maremoto emocional generado por el destape de su drama –que durante décadas ocultó hasta de su mujer– está afectando su vida familiar, pero también a uno de los colegios más tradicionales de la Argentina. Varela era alumno de la primaria del Cardenal Newman cuando comenzaron los abusos y, según su propio testimonio, en séptimo grado se acercó al capellán del colegio y, en confesión, le dijo lo que le estaba pasando.

Varela cuenta que Finnlugh Mac Conastair, o el padre Alfredo –como llamaban al capellán irlandés, el primero de los religiosos del Newman con los que habló–, no sólo no lo ayudó, sino que, al enterarse en confesión de los abusos que sufría en su casa, lo llevó a su cuarto –vivía en el colegio, debajo de la capilla– le hizo bajarse los pantalones, lo acostó boca abajo en su catre, le puso una almohada en la cabeza, le dio diez azotes con algo que no vio, pero que cree que era un cinturón de cuero, y le manoseó los genitales mientras le preguntaba detalles sexuales.

Según el relato de Varela, esto ocurrió un día de colegio de 1977, cerca del mediodía, cuando tenía 12 años y estaba en séptimo grado.

–“Ya estás en paz y esto es un secreto entre nosotros y Dios”, me dijo el padre Alfredo cuando terminó. Después agarró unos caramelos masticables que tenía en una bolsa sobre la mesa y me los quiso dar, pero le metí un codazo y salí corriendo. Volví a la clase llorando –recordó.

Varela había acudido al cura en busca de ayuda, de alguien con quien hablar, pero se encontró con un nuevo abuso. Desde entonces, el silencio que guardó fue aún más opresivo.

“¿Cuántos otros caramelos se repartieron de esa bolsa?”, quiere saber hoy Varela. Esa exacta pregunta fue la que les hizo a las autoridades actuales del Newman en las seis reuniones que mantuvo con ellos durante 2016. Además de saber si hay otras víctimas (él cree que sí), Varela quería que el colegio hiciera un pedido público de disculpas, algo a lo que el Newman, hasta ese momento, no había accedido. Su intención, dice, es ayudar a otros a sanar las heridas que dejan los abusos y el silencio que suele acompañarlos.

Años después del abuso del padre Alfredo, ya en tercer año del secundario, le contó a otro de lo religiosos del Newman, Desmond Finegan, lo que le había pasado con el capellán del colegio y lo que le seguía ocurriendo en su casa. Según Varela, Finegan le dijo que debía perdonar a Alfredo “porque estaba viejo”.

El Newman fue fundado en 1948 por los Christian Brothers, una orden religiosa irlandesa que llegó a tener cientos de colegios alrededor del mundo. En los últimos tiempos, varios de sus integrantes aparecieron involucrados en casos de abuso de menores en diferentes países.

En 2011, Philip Pinto, que entonces estaba al frente de la orden, admitió que el futuro de los Christian Brothers era incierto por el alto costo de las indemnizaciones que tuvieron que pagar por abusos sexuales y el daño a la reputación de la orden que esos casos habían generado. El 19 de junio de 2012, el Newman organizó una cena de recaudación de fondos para ayudar a las maltrechas finanzas de los Christian Brothers.

Desde el año 2000, el Newman depende de una asociación de padres. Es uno de los pocos colegios de Buenos Aires que se mantienen solo para varones; de allí egresaron el presidente Mauricio Macri y algunos de los principales funcionarios de su gobierno.

–Desde que nos enteramos, en mayo, de lo que le había pasado, nuestro objetivo número uno siempre fue acompañar a Rufino. Y lo seguirá siendo. Diga lo que él diga – afirma Alberto Olivero, director del colegio Newman, en su despacho (ver aparte).

–Nos asesoramos con un psiquiatra que es de lo mejor que hay acá, Alfredo Painceira –sigue Olivero–, y él nos dijo que lo peor que le podía pasar a Rufino es que esto se hiciese público, porque lo que él está necesitando es un tratamiento psicológico.

–Más allá de la opinión sobre lo que le puede hacer bien o mal a Varela: ¿cuál cree que fue la responsabilidad del colegio?

–Nosotros por supuesto que pedimos disculpas por lo que Rufino ha sufrido acá en el colegio: lo que pasó con el padre Alfredo, el castigo físico que sufrió y el hecho de que el colegio no lo acompañó, ni lo supo contener.

Según Olivero, en sus conversaciones Varela nunca le habló del abuso sexual que sufrió a manos del padre Alfredo. Por eso, él sólo se refiere a “castigos corporales”. Varela dice que no le dio detalles a Olivero, pero que le dejó bien claro que no habían sido sólo latigazos, que también hubo abuso sexual.

En lo que sí coinciden ambos es en cómo se dio el primer encuentro entre ellos dos y cuál fue el disparador para que la historia comenzase a destaparse: una nota periodística que anunciaba que una tradición indicaba que el Newman debía coronar el león de su escudo para celebrar que Mauricio Macri, uno de sus egresados, había llegado a la presidencia. El colegio nunca coronó su león, pero Varela igual le escribió por Facebook a Olivero, a quien no conocía. “La corona debería ser de espinas”, le dijo.

Alarmado por el mensaje, Olivero convocó a Varela a la primera reunión en el Newman. Fue el 24 de mayo de este año. Según la reconstrucción de Varela, las autoridades del Newman se mostraron preocupadas y, además de ofrecerle un tratamiento psicológico, o lo que hiciese falta para aliviar su dolor, también le preguntaron si tenía otra motivación para hacer público su caso, una posibilidad que Varela les anticipó. Querían saber si guardaba animosidad contra el colegio, la religión o incluso a Macri. Varela les dijo que no, que lo único que él quería era ayudar a otras víctimas.

Siempre según el relato de Varela, Olivero, con quien entabló una intensa relación a través de reuniones, llamados y mensajes de WhatsApp, fue contenedor y empático, pero, hasta hoy, nunca había cedido en lo principal: el pedido público de disculpas, algo a lo que accedió después de que Varela decidió hacer público su caso.

Las conversaciones tuvieron un giro inesperado con la aparición de un personaje del pasado: John Burke, un Christian Brother que era director del colegio en la época en que Varela era alumno y que ahora tiene 74 años y vive en Irlanda, donde, según informó el propio Olivero, viajó para encargarse de las negociaciones por los escándalos de abuso que hoy acechan a la orden.

Las autoridades actuales del Newman se comunicaron con él para preguntarle si sabía algo del caso. Burke les confirmó que sí sabía. Se lo había contado en su momento Finegan, el Christian Brother con el que Varela habló en tercer año del secundario para transmitirle sus problemas.

Según el relato que Burke le hizo a Varela y a Olivero, Finegan, que murió en 2014, le dijo que un alumno le había contado que el padre Alfredo lo había azotado, pero que, por pedido del chico, no podía decir quién era. Sin conocer la identidad de la víctima y en lo que aparenta ser una perversa casualidad, Burke convocó al padre de Rufino, Florencio Varela, para que lo asesorase sobre qué hacer.

Florencio Varela, que murió en 2006, fue juez de menores y tenía buena relación con los Christian Brothers, así que el pedido era lógico. En 1981, Burke retiró al padre Alfredo del Newman sin informar las causas ni hacer la denuncia. Lo trasladaron a la vicaría de San Cayetano, en José León Suárez, provincia de Buenos Aires. Murió en 1997, a los 88 años. No era Christian Brother, sino que pertenecía a la orden de los Pasionistas.

Varela dice que es cierto que habló con Finegan cuando estaba en tercer año del secundario, pero que le dijo todo: los abusos de su casa y también el del padre Alfredo.

Más que tranquilizarlo, los detalles que Varela recibió de Burke y Olivero lo agitaron aún más. “Según sus explicaciones, tengo que aceptar que mi padre murió sin saber que cuando accedió con usted y el obispo a encubrir al padre Alfredo (el victimario), la víctima era su propio hijo”, le recriminó Varela a Burke en un mail redactado en inglés el 29 de mayo pasado.

Una semana después, el 7 de junio, Burke le contestó en una carta, también en inglés, con membrete de los Christian Brothers: “Por favor entienda que mi principal interés (en la reunión con Florencio Varela) era buscar un consejo con la idea de sacar al cura del colegio. Mi intención nunca fue que haya lo que usted llama un «encubrimiento»”, dijo.

Varela tuvo dos reuniones en el Newman con Burke que, a fines de octubre de este año, viajó a Buenos Aires para hablar con él. Fueron amables, pero infructuosas. LA NACION envió un mail con preguntas que Burke recibió, pero que nunca contestó.

Rufino Varela

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Filipuzzi

Víctima de abuso sexual

“Yo tenía 11 años y José me llevó a pescar al río Luján. Armamos el fuego, la carpa y esa misma noche lo tuve encima, abusándome. Ahí mismo me amenazó para que no contase.”

“Cuando leí que, por el triunfo de Macri, el Newman le iba a poner una corona al león del escudo, le escribí a Olivero, el director del colegio, para decirle que la corona debía ser de espinas por el abuso al que me había sometido el padre Alfredo.”

Con la colaboración de Fernando Massa

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