
La lluvia ácida va en aumento
Empresarios y científicos del Mercosur prevén que se duplicará para el 2025.
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La idea era hablar de la lluvia ácida. Por eso, científicos, empresarios y representantes de organizaciones no gubernamentales, entidades gremiales, organismos ambientales del gobierno y de los medios periodísticos de los países integrantes del Mercosur se reunieron en Cañuelas. Allí analizaron y discutieron cuáles serían las medidas indicadas para frenar el avance de ese mal en América latina.
El encuentro Diálogo político sobre lluvia ácida en el Mercosur fue organizado por el Instituto Ambiental Estocolmo (SEI), una entidad científica que coordina el programa para el control y la prevención de los problemas ambientales dependiente de la Agencia de Cooperación y Desarrollo de Suecia. También participaron de la convocatoria la Fundación Futuro Latinoamericano y el Instituto Internacional de Medio Ambiente y Desarrollo (IIED-América Latina).
El diálogo fue inaugurado formalmente por Patricio Zavalía Lagos (Unión Industrial Argentina). A continuación, Rafael Herrera (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas) y Carlos Suárez (Fundación Bariloche) brindaron un panorama sobre el impacto de la lluvia ácida en la región.
Gases insalubres
La lluvia ácida es el resultado de la emisión de ciertos gases contaminantes, principalmente el dióxido de azufre (SO2) y los óxidos de nitrógeno (NO). Estas emisiones son consecuencia de la utilización de los combustibles fósiles como fuentes de energía en las industrias, en los hogares y en el transporte automotor. Los gases, que se originan en su mayor parte en las ciudades y en las zonas fabriles, suelen sobrevolar grandes extensiones territoriales. A veces, incluso, atraviesan fronteras para, finalmente, dejarse caer junto con la lluvia.
Tanto el dióxido de azufre como los óxidos de nitrógeno producen profundos daños (a veces irreparables) a los suelos, las aguas y la salud humana. Pero eso no es todo: el poder de acción se potencia cuando estos gases se combinan con otros contaminantes presentes en la atmósfera.
Los habitantes de grandes ciudades, como San Pablo, Montevideo o Buenos Aires, son quienes se encuentran más cerca del peligro. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 1200 millones de personas en el planeta están expuestas a niveles de azufre excesivamente altos en el aire que respiran. Y la peor parte la llevan los niños, las personas mayores y, especialmente, todos aquellos que padecen de problemas pulmonares (asma o bronquitis, por ejemplo). Es que los gases acidificantes irritan las vías respiratorias, agudizando las enfermedades preexistentes o generando nuevas.
Un chaparrón inquietante
Cuando la lluvia ácida se deposita en los suelos, produce daños. Entre ellos se cuentan la disminución de la productividad de las cosechas y la desaparición de los bosques. En los Estados Unidos se estima que, por esta causa, anualmente se pierde el cinco por ciento de los cultivos de cereales, mientras que, en Polonia, se ha visto morir el 80 por ciento de un bosque de 5.000.000 de hectáreas.
Una vez que los suelos han sido acidificados, las sustancias contaminantes se desplazan hacia los ríos y los lagos. Estos cambios en la química de las aguas pueden tener efectos devastadores: a medida que el nivel de acidez (Ph) desciende a menos de 6.5, algunos seres vivos empiezan a desaparecer. Finalmente, toda la vida normal muere cuando el Ph se ubica por debajo de los 5 puntos.
Un párrafo aparte merece la corrosión que estos gases han provocado en los edificios y los monumentos de algunas de las más importantes ciudades de Europa y América del Norte. Basta mencionar la instrumentación del Segundo Protocolo sobre el Azufre, que limita su emisión en el Viejo Continente y que, sólo por reducir los daños a las edificaciones, evitó gastos estimados en 9000 millones de dólares. En América latina, estos gases podrían tener efectos aún más corrosivos, por la mayor temperatura y alta humedad de la región.
Gracias a protocolos de este tipo, los europeos esperan que en el año 2000 las emisiones de gases dañinos se equiparen a la mitad de lo que se emitía en 1985. Sin embargo, en América latina, como resultado del crecimiento demográfico, de la industrialización y del incremento del tráfico automotor, las emisiones previstas para el 2025 serán dos veces mayores que las de 1990.
Lo cierto es que las proyecciones elaboradas por el SEI, tales como las de la Comisión Intergubernamental sobre Cambio Climático, ofrecen escenarios posibles que, de seguir adelante con modelos de desarrollo convencionales en el uso de la energía, pueden llegar a materializarse en un futuro más que cercano.




