
La mujer lucha por un lugar en la ciencia
Las investigadoras hallan muchas trabas
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La participación de las mujeres en la producción de conocimiento científico y tecnológico no es de larga data. La historia da cuenta de casos aislados de científicas relevantes, que siempre debieron oponerse a todo tipo de obstáculos para llegar a sus metas, por el simple y solo hecho de... ser mujeres.
Podría pensarse que ahora, con el próximo siglo a punto de despuntar y una buena cantidad de prejuicios erradicados, la situación de más de la mitad de la humanidad -que mañana festeja su día- es radicalmente distinta, y mejor, en el mundo científico. Sin embargo, el panorama no es floreciente.
Según las investigadoras que coordinan la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología (RAGCyT), creada en 1994, en nuestro país aumenta el número de mujeres que inician sus carreras en el ámbito científico-tecnológico. Pero en determinado momento de sus desempeños se produce un techo de cristal formalmente invisible, que resulta difícil de superar para acceder a tareas y responsabilidades superiores.
Algo similar ocurre en la mayoría de los países, aunque es más notorio en los subdesarrollados o de cultura muy conservadora, como por ejemplo -y paradójicamente- el modernísimo Japón.
Participación marginal
Diana Maffía, filósofa e investigadora de la Universidad de Buenos Aires; Silvia Kochen, médica neuróloga directora del Centro Municipal de Epilepsia de Capital Federal e investigadora del Conicet, y Ana Franchi, doctora en química y socióloga, también investigadora del Conicet, coordinadoras de la RAGCyT, aseguraron que "es marginal la situación de las mujeres en ciencia y tecnología".
Las especialistas ilustraron su afirmación por medio de un ejemplo: en la categoría inicial de investigadores del Conicet, máximo exponente del quehacer científico en nuestro país, existe un 60 por ciento de mujeres. Pero la cifra no alcanza siquiera el 10 por ciento al llegar a los puestos superiores de la carrera.
Las científicas están abocadas a la organización del II Congreso Internacional Multidisciplinario "Mujeres, ciencia y tecnología", que se realizará en Buenos Aires entre el 17 y 19 de julio de este año.
"La Argentina fue elegida sede -dijeron- durante el congreso anterior, que organizó la Universidad Complutense de Madrid. Aquí, el evento cuenta con los auspicios de la Universidad de Buenos Aires, la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados de la Nación y la Unesco."
Durante el congreso participarán al menos 200 especialistas de distintos países -México, Brasil, Francia, Portugal, España y Estados Unidos ya prometieron representantes- dedicados a desentrañar por qué ser hombre o mujer tiene consecuencias distintas en el mundo del conocimiento. El resumen del primer trabajo científico que llegó a manos de las coordinadoras es, curiosamente, de un varón, un investigador portugués.
"Cuando se habla de género -dijeron las investigadoras- se cree erróneamente que sólo se hace referencia al femenino, en tanto es una categoría de análisis que usan con más énfasis los grupos subordinados de la sociedad, entre ellos, las mujeres. Trabajar en la problemática de género supone indagar en las relaciones que los géneros establecen entre sí, que son habitualmente de poder. Aunque podrían ser distintas; por ejemplo, de complementación".
Frenos ideológicos
La filósofa Diana Maffía recordó que desde el siglo V antes de Cristo hasta prácticamente el 1700 no hubo separación entre filosofía, ciencia y teología. "Todos estos saberes tenían los mismos fundamentos metafísicos, que consideraban a la mujer un no sujeto, sin razón ni moral. De estas ideas se derivó un modelo donde las diferencias biológicas que existen entre varones y mujeres justificaron una inferioridad natural del género femenino." Tan fuertes son estos preconceptos que han influido aun en el campo de las ciencias naturales y exactas, que se precian de incuestionable objetividad.
"La química de la reproducción estuvo estancada durante muchos años para explicar de qué modo se generaba la fecundación porque no se consideraba siquiera la posibilidad de que el óvulo fuera activo. Toda la actividad, se afirmaba, estaba reservada únicamente al espermatozoide. Se transfería al plano celular un prejuicio tomado de los roles sociales", afirmó Diana Maffía.
Entre los distintos proyectos que encara la RAGCyT se encuentra una investigación que describe la situación de las mujeres argentinas en la educación, la ciencia y la tecnología.
Elecciones y renuncias
"Hemos realizado estadísticas con gran esfuerzo -agregaron las coordinadoras de la RAGCyT- porque en la Argentina los datos no se desagregan por género. Pero nos falta financiamiento para análisis que nos permitan entender por qué, por ejemplo, las mujeres ingresan más tarde que los varones en las distintas categorías del Conicet y demoran más en ser promovidas, aun con el mismo rendimiento".
Una labor preliminar que las investigadoras han realizado fue entrevistas con científicas argentinas de la más alta categoría para analizar sus carreras. "Hallamos que en la gran mayoría de los casos eran mujeres que no se habían casado, que lo habían hecho tarde o que no tenían hijos. Es decir, para llegar tuvieron que renunciar a los roles tradicionales de la vida femenina. Y nos preguntamos:¿por qué hay que dejar de formar una familia, si ese es el deseo, para triunfar en el mundo de las ciencias?", comentaron.
Entre los hombres, claro, la situación no es la misma: eminentes genios son casados y de larga prole. "Es que el sistema científico está organizado pensando en la figura social del varón, dejando por sentado que habrá otra persona que se ocupará de su vida cotidiana. Cuando un científico recibe una beca externa en el Conicet, se le otorga también media beca a su esposa. No ocurre lo mismo si se trata de una científica, de quien parece no considerarse que tenga pareja e hijos. Entonces, las mujeres se ven obligadas a elegir entre dos destinos aparentemente irreconciliables y así muchas resignan su formación."
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