
La naturaleza de los apodos
Cuando supo que iba a tener otro hijo, lo primero que hizo mi hermano fue ponerse a buscar nombres. Durante medio año se dedicó a leer libros, revolver en sitios de internet, pedirle sugerencias a la familia, y hacer listas interminables con nombres que podían ir bien con su apellido. El nombre, para él, era importante. Quería que fuese lindo, pero también elegante y versátil para que con ese nombre su futura hija pudiera ser desde senadora hasta cantante pop. Luego de pensar en las posibles burlas, de probar como sonaba el nombre completo, y de investigar el origen y el significado, concluyó en que lo mejor era ponerle sólo Pilar. Cuando nació, se la mostraron a mi sobrino, que en ese momento tenía dos años, y le dijeron que esa era "Pili", su hermanita. Mi sobrino la miró, la tocó, y sentenció: "Parece una mona". Desde entonces, aunque los padres hayan tratado de sacarse de encima el apodo, sigue siendo "mona", "la mona", o "monita" para todo el mundo, incluso para ella misma.
Los apodos son así, nadie los busca, se los encuentra de repente y se pegan como un chicle caliente debajo de la suela del zapato. En general, vienen de anécdotas, atributos físicos o del carácter, y los ponen los amigos o los hermanos por diversión. Desde los más comunes —"El conejo" para un dientón, "El polaco" para alguien rubio— hasta los más graciosos: "Pelotín" para un compañero de grado petiso y gordito, "La geisha" para un amigo que calza treinta y cinco, "Sugus" para un compañero de fútbol de piel oscura y dientes blancos y perfectos. Mientras mejor es el apodo, más se pega y más difícil es sacárselo de encima. Si es bueno y llegó en la infancia, para bien o para mal, es posible que dure toda la vida.
Algunas ocupaciones, además, requieren un apodo sí o sí. Los narcos y los mafiosos, por ejemplo, siempre tienen alguno. Muchas veces se los ponen sus colegas o la prensa por anécdotas vinculadas a su estilo de vida o a sus delitos. Luigi "Baby Shacks" Manocchio llevaba ese nombre porque sus acompañantes femeninas siempre eran chicas muy jovencitas y flaquitas, a Charlie "Lucky" Luciano el apodo se lo puso la prensa cuando se salvó de una emboscada en 1929, pero también por su suerte para eludir a la policía, y Michael "Gelatina" Kuhtenia, para poner otro ejemplo vistoso, se llamaba así porque era gordo y al parecer, tenía una panza fofa y movediza. Sólo John Gotti se jactó siempre de no tener apodos. La prensa intentó llamarlo de varias formas (The dapper Don, The Teflon Don), pero nunca pegó demasiado, y fue simplemente John para todo el mundo.
A los asesinos seriales, otros que siempre llevan apodo, se los ponen los periodistas describiendo su modus operandi, cuando nadie sabe sus nombres todavía. Richard Ramírez fue "El merodeador nocturno", a Jake Bird se lo llamaban "El asesino del hacha de Tacoma", William Heirens "El asesino del labial" (porque dejaba mensajes escritos en lápiz labial en la escena del crimen), y Keith Jesperson fue "Carita feliz" (porque les dibujaba un "smile" en las cartas a la policía). De hecho, si nunca los hubieran atrapado, no se hubiera sabido su nombre real como sucedió con Jack El destripador.
Los deportistas -menos creativos que los mafiosos y asesinos-también suelen tener un apodo. Gastón "El gato" Gaudio, "El loco" Gatti y "El pájaro" Caniggia son algunos ejemplos. Hay infinidades de perros, conejos, monos, magos y muñecos que se reponen todos los años, en todos los países, y en todos los deportes desde las inferiores de los clubes. Y lo mismo pasa con los cantantes de rap, que casi nunca usan su nombre de pila sino apodos con aire "gangsta" que traen desde sus barrios de origen: Eminem, Jay Z, 50 cent, Tupac, Snoop Dogg, Dr.Dre, para poner algunos ejemplos famosos.
Para algunos, una señal de fama o una muestra de cariño. Para otros, una burla y un karma que no se pueden sacar de encima. Los más hacendosos, viven huyendo de su apodo; lo prohíben, los rechazan, ni siquiera responden si los llaman así. No entienden que nosotros no elegimos los apodos, sino que los apodos nos eligen a nosotros. El nombre es arbitrario, el invento de unos padres que cuando lo eligen, todavía no nos conocen. El apodo, en cambio, es todo gesto, todo hábito y toda anécdota. No es de una abuela ni de un libro, sino de quien lo lleva.
Carolina Aguirre se recibió de guionista en la Escuela Nacional de Experimentación y realización cinematográfica (ENERC) en el año 2000. Es autora de los blogs Bestiaria (que se editó como libro bajo el sello Aguilar en 2008) y Ciega a citas, que además de transformarse en un libro se transformó en la primera serie de televisión adaptada de un blog en español.
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