
La particular historia de la obra menos querida por Jorge L. Borges
Es "El tamaño de mi esperanza", que escribió de joven y de la que siempre renegó.
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Oxford, una mañana de 1971. Jorge Luis Borges termina una breve charla telefónica y le dice a María Kodama, muy desolado: "¡Qué vamos a hacer, María! ¡Estoy perdido!" En la antípoda anímica, convencido de haber comunicado la mejor noticia del mundo, un estudiante acababa de informarle que había encontrado un ejemplar de El tamaño de mi esperanza.
Reaparecía, de pronto, como un fantasma inoportuno, después de varias décadas de mantener hacia ese título de su juventud el repudio más absoluto. Es decir que tuvo peor destino que otros dos libros de ensayos de la misma época: Inquisiciones (1925) y El idioma de los argentinos (1928), que Borges suprimió de la primera edición de sus obras completas, pero posteriormente accedió a su publicación en forma separada.
Los textos de El Tamaño de mi esperanza fueron apareciendo en diversas publicaciones y finalmente la revista Proa los agrupó en un libro editado en 1926.
A partir del enfático rechazo, la serie de trabajos de opinión fue a parar a un mínimo desván de la memoria de su autor. Tampoco habría estado allí si Borges hubiera podido ejercer una suerte de selectiva amnesia literaria.
Los rescató parcialmente la editorial La Pléiade, de París, y en 1993 se concretó la exhumación total por decisión de María Kodama (edición de Seix Barral).
Otros rigores
No es, por cierto, una actitud aislada en la literatura. Robert Louis Stevenson reescribió El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde -para el que se inspiró en una pesadilla-, al considerar pésima la primera versión, cuya circulación prohibió.
Sin segunda versión ni cosa por el estilo, Federico García Lorca directamente optó por negar su autoría respecto de una primeriza obra teatral, El maleficio de la mariposa.
Mark Twain renegó de su mordaz opúsculo Cartas desde la Tierra, por haber sido producto de un "exceso emocional", mientras que su compatriota Henry Miller hizo esfumar un par de novelas juveniles cuya calidad, al parecer, le daban la razón.
Volviendo a estas latitudes, Beatriz Guido se ocupó puntillosamente de que no se volviera a ver por ningún lado La casa del hilo, su primera novela editada. No podría encontrarla ahora ni el detectivesco estudiante de Oxford que inquietó a Borges.
Aunque movidos por razones más metafísicas que autovalorativas (por lo tanto, más inescrutables), sobresalen los casos de Virgilio (tan admirado por Borges, como Stevenson) y de Franz Kafka. Momentos antes de morir, el clásico latino pidió incinerar sus obras y Kafka ni siquiera había permitido publicarlas.
Por suerte, los contemporáneos de Virglio ignoraron su última voluntad, mientras que el autor de El Proceso no imaginó lo encantadoramente infiel que podía llegar a ser su amigo Max Brod.
Severas o justas valoraciones, dijimos, han existido en el trasfondo de prácticamente toda depreciación parcial o total. ¿Eran razonables las que alentó Borges respecto de El tamaño de mi esperanza? Arriesguemos un par de ideas: por un lado, es probable que aun antes de fines de la década del 50 (aparición de El Aleph ), el criollismo excesivo de muchos de los 20 ensayos que lo conforman debe haberle sonado al menos como una imprudencia sólo producto de fervores juveniles. Quizás es a lo que se refiere al calificar al conjunto como "mentideros de la emoción", ya en tiempos en que se había afianzado en él una tendencia definitivamente universalista.
Son representativos de aquellos años sus embates contra el Sarmiento "norteamericanizado" o contra las traducciones del Martín Fierro , a lo que opuso el encomio de figuras vernáculas o vernaculizantes: Lucio V. Mansilla, Estanislao del Campo, Ricardo Güiraldes o Evaristo Carriego.
Argentinismos
Por supuesto, el paisaje de fondo no podía ser otro que el que trazaban el tango, la figura del compadrito, la pampa, el arrabal y el lenguaje argentino , del que alardea con una más provocativa que convincente supresión de la "d" final en palabras como ciudad, frondosidad o serenidad.
También sobreabundan los neologismos o términos derivados que poco o nada agregarán a su posteriormente formidable universo expresivo: forasteridad, nostalgiadoramente, arraigadura o bostezabilidad (!), así como un enfoque innecesariamente impiadoso para la lírica de Lugones.
Y, por último, participamos de la generalizada opinión de que el título dado al libro no fue precisamente un hallazgo feliz.
Pero, puestos no a discutirle a Borges consideraciones sobre su propia obra, sino a ver si encontramos nítidos rasgos de rescate, entonces no lo dudamos: se dejan leer admirativamente su estupendo ensayo sobre los ángeles, el referido a la balada de la cárcel de Reading y el asombroso análisis sintáctico de dos versos de El Quijote.
Más controvertidos, pero igualmente lúcidos, son su rechazo a la poesía rimada, fundamentado en ideas de John Milton, y la sugerencia de que un gran poema no es más que el acierto de dos versos perfectos. Poder de la parte frente al todo, como una filosa carta en el truco.
Así que, perdone usted, Borges, nos sumamos a la alegría de aquel muchacho de Oxford y a la desobediencia que resolvió editar esta obra por segunda vez 67 años después de la primera.
Mejor que nadie sabe usted de tantos libros que siguen en vidriera, esperando que sus perpetradores les den una piadosa y cristiana sepultura.




