
La reivindicación de la vereda
El placer de sacar la silla a la calle resiste en los barrios más alejados del centro de Buenos Aires; los vecinos ya no salen con pijama, pero todavía se sientan afuera a disfrutar del mate; algunos creen que la práctica se mudó a Facebook; Macri también tuvo su vereda
1 minuto de lectura'

La marca térmica no baja de los 25 y la silla vuelve a aparecer. No es de mimbre, su propietario ya no ostenta el pijama dominguero como su antepasado de 1940 y no carga en la mano derecha la pava para cebarse unos amargos.
Hoy las sillas son de plástico, fabricadas lejos del Delta mimbrero; de caño, robadas de la cocina, y hasta se ven reposeras de lona rayada, rescatadas de alguna excursión a la playa. La pava se cambió por el termo y la etiqueta para la ocasión casi siempre incluye cortos en los hombres y vestidos sin mangas en las mujeres.
Muchos dicen que la costumbre está en retirada, que el aire acondicionado, todos los dispositivos de comunicación disponibles, la falta de tiempo y la inseguridad, entre otros, hacen que cada vez menos vecinos saquen su silla a la vereda.
Chusmear. "¿Y por qué se va a morir la costumbre?", le reclama a lanacion.com Mónica Rodríguez, desde una silla estacionada en una calle arbolada de Villa Ortúzar. "Es verdad que los que vienen y construyen chalets, no salen a la vereda. Pero la gente tiene prejuicios… No es para chusmear que salimos, ¡Si nos conocemos todos! Después de comer, nos instalamos en la puerta con mi amiga y nos quedamos charlando y tomando mate por horas", argumenta Rodríguez (50), que afirma haberse ido del barrio pero que resolvió volver para quedarse.
Si bien en Palermo pueden llegar a encontrarse vecinos bronceándose en la vereda, barrios como Villa Ortúzar, Agronomía, Chacarita, Villa Crespo, La Paternal, "son más tradicionales" respecto a la vieja costumbre, que combina charla, mate y silla.

Al menos así los define Ignacio Crevena, director del Centro de Gestión y Participación N°15, que en la nueva grilla comunal incluye a esas barriadas. Allí, "en los parques no se ve mucha gente tomando sol y en la vereda, la mayoría saca la silla que tiene en la cocina. Palermo, en cambio, tuvo una penetración cultural más posmoderna", explica Crevena sobre los raros cultores del sol que se ven en las puertas de ese barrio.
Entonces, salvo esas excepciones palermitanas, "la silla en la vereda se dio y sólo se puede dar en una zona extendida de casas bajas. Es absurdo que alguien baje ni dos pisos por la escalera o el ascensor con una silla para sentarse afuera a tomar el aire", sostiene la socióloga y antropóloga Francis Korn, investigadora de la Universidad Di Tella y doctora de la Universidad de Oxford, quien también es responsable de trabajos como "Vivir en los barrios: un millón de voces, cien lenguas distintas".
Casa chorizo. Encontrarse con la imagen de un concierto de sillas agrupadas en la puerta de un edificio porteño sería una experiencia más que bizarra. Por eso, Korn explica: "Eso de «tomar el aire» tiene mucho que ver con la silla afuera: la construcción de casas chorizo tan común en los barrios de la ciudad y en las ciudades de provincia, sí contribuye para que «el aire», sobre todo en el verano, esté en la calle. Y aún en las otras casas, porque en general están construidas sobre terreno más largo que ancho, donde también «el aire queda afuera»"
Los propios vecinos describen a la tradición como una forma de amistad y compañerismo que da una sensación de pertenencia o de "gran familia". En ese contexto, surgen nuevas formas de usar la silla como la de algunos porteños que la transformaron en un mirador para resguardar la seguridad de los vecinos.
"Formamos una comisión con la gente de la cuadra: yo hago seis horas por día y otra persona hace otras seis horas. Por la noche, tenemos contratada una agencia que vigila en una garita", explica Juan, sentado en un sillón plástico blanco en el límite de Villa Ortúzar, donde vive hace más de cuarenta años.
¿Cómo cambió la costumbre? "La diferencia es que hoy la silla no la puedo dejar si no la estoy mirando porque en cuanto me retiro me la pueden sacar. Corro ese riesgo", reflexiona, entre risas, Juan, un poco en broma y un poco en serio contando un chiste que le hicieron amigos de la cuadra cuando un día le escondieron la silla.
Pelota de goma. En esa geografía de la calle, la silla era una parte de la escena que se completaba (y aún sucede en algunas cuadras de la ciudad) con los chicos jugando a la pelota y los jóvenes charlando en el umbral. "Toda mi pasión pasaba por patear una pelota de goma en esos interminables partidos de fútbol que se organizaban en el barrio", cuenta el ahora jefe de gobierno porteño Mauricio Macri. De hoy, sin embargo, él sostiene que la inseguridad desencadenó un "encierro de los vecinos en sus casas" y que todavía esa es una materia pendiente de los políticos para con la gente.
Hoy no todos vaticinan el mismo futuro para este tradicional ritual porteño. Aun así, optimistas y pesimistas coinciden en la misma expresión de felicidad cuando hablan y explican porqué, a pesar de todo, no piensan dejar de sacar la silla a la vereda.
Sentada en una sillita de caño frente a una transitada calle producto del crecimiento vertical del barrio de Villa Urquiza, Aidee Salazar, lleva varias décadas de sus 70 años a disfrutar de esa costumbre. Así, dice tenaz: "Mis hijos me dicen «¿por qué no te quedás adentro» y yo les digo que no. Mientras pueda, voy a salir a la vereda. Quizás la costumbre desaparezca conmigo, pero mientras tanto pienso seguir saliendo igual con mi silla"
La tecnología o la silla
(Algunos creen que la silla se mudó a Facebook)




