
La rutina cotidiana volvió a la calle Pasteur, aunque ya no es la misma
Tras el atentado se reforzó la vigilancia; hay comercios y edificios reciclados
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Pasteur nunca fue una calle cualquiera de la zona de Once, ese micromundo de comercios al por mayor, siempre cerrado los sábados y lleno de bares con luces de tubo incandescente y café con leche a dos pesos.
Nunca fue una calle cualquiera ni para la colectividad judía ni para los comerciantes minoristas del interior. Hace diez años, en ese tramo de Pasteur que va de Viamonte a Tucumán, estaban representados algunos de los rubros más tradicionales del barrio (los textiles) y también los que había alentado la importación, al revés de otras arterias del lugar, que aún hoy se distinguen por la concentración de ramos. En Azcuénaga, por ejemplo, se asientan las tiendas de tapicería y retazos. Y Lavalle parece un carnaval carioca por la sobreoferta de cotillón para fiestas y los bazares de bijouterie de plástico.
Durante los cinco meses posteriores al atentado contra la mutual judía ese pedacito de Pasteur permaneció entre vallas, cerrado al tránsito humano y vehicular. Era una calle cenicienta, triste. Los vecinos se persignaban cada vez que se asomaban para ver cómo avanzaba la remoción de escombros. Sólo al cabo de dos años recuperó algo de su vitalidad y fisonomía... aunque, a decir verdad, no se recuperó: cambió. Hoy nada es como era entonces.
En principio, casi todos los comerciantes que estuvieron allí hasta ese momento se fueron. El bar de Pepe no existe más. Tampoco la rotisería kosher de Samuel Lapidus -que se fue a vivir a los Estados Unidos- ni la mercería de los Macagno, ni la peluquería de Lidia, ni la imprenta de Humberto Chiesa y Guillermo Galarraga. Ni la farmacia, ni el hogar de ancianos, ni la esquina de las golosinas, ni la lencería Rubín... Sólo quedan en pie, y en la misma dirección, la casa de camperas de cuero en la esquina de Tucumán y Pasteur, también la agencia de viajes, justo en la vereda de enfrente, y la tienda de sombreros, guantes y bufandas. El día de la explosión esas prendas volaron junto con los arenques de la rotisería de al lado.
Arboles tenaces
La vida cotidiana no se detiene en la calle Pasteur, salvo de noche.
La demanda de propiedades parece haber superado la desolación que dejó la tragedia: quedan alrededor de seis locales sin ocupar. Los que estaban destrozados fueron reconstruidos a nuevo, menos el que perteneció a la farmacia, y en donde sólo ahora -diez años después- los albañiles trabajan a todo trapo. Dicen los vecinos que pronto abrirá allí una empresa textil.
Ahora el paisaje de la cuadra tiene desde locutorio hasta verduleria, quiosco, quiniela, óptica, delivery de comida china, una tiendita de objetos de la India, una fábrica de pelucas, una playa de estacionamiento, un supermercadito coreano, curiosamente, con el nombre escrito en español.
La fachada del edificio de departamentos ubicado justo enfrente de la AMIA, y que había quedado en ruinas, luce ahora un revoque de ladrillo a la vista. Según Ana Amarillo, vecina de la zona, como los precios habían caído en picada tras el atentado, "los chinos aprovecharon para quedarse con varias unidades".
Eso fue imposible de comprobar porque la vigilancia privada de la sede de la mutual ejerce una presión visual capaz de atemorizar a cualquiera que se atreva a husmear más de la cuenta.
Tal vez el alerta de los custodios, que lo controlan todo con micrófonos y cámaras, se deba al acto recordatorio que se realizará hoy en ese mismo lugar.
El colectivo 95 sigue pasando por Pasteur. Y tanto pasó que terminó borrando los nombres de las víctimas que estaban escritos con pintura blanca en el asfalto.
Pero los hombres, mujeres y niños que murieron aquel día siguen ahí, presentes en forma simbólica, en las raíces de esos 85 ficus que festonean las veredas. Y que crecen y crecen a pesar de que ya les quedó chico el cantero, y a que nadie los riega.
Más seguridad
- Según voceros de la mutual judía, anteayer habían sido destrozadas algunas placas recordatorias, realizadas en mármol negro, y que fueron colocadas en los canteros de los árboles a modo de homenaje a las víctimas del atentado. Los canteros ya habían sufrido el vandalismo, razón por la que, hace ya un tiempo, fueron retiradas las rejas que rodeaban los 85 árboles plantados en hilera desde la avenida Córdoba hasta Corrientes. Las medidas de seguridad fueron reforzadas ayer en previsión del acto que se realizará hoy frente al nuevo edificio de la mutual judía.
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