Lalo Mir: "El rock me dio impulso para atreverme a dar un salto sin red, disfrutando de la adrenalina que me producía el vacío que había debajo"
Lo primero que llega de él es la voz. Tiene la estridencia de la de los mercaderes que deben imponerse al bullicio del gentío en las ferias, o la del maestro de ceremonias del circo trashumante cuyo timbre metálico invita a los niños a ingresar en un mundo de fantasías. O tal vez resuena en ella otro estrépito, el de la voz anónima que hacen oir los altoparlantes de una plaza de pueblo una noche remota de carnaval, secreta y sin embargo tan familiar y entrañable, cuando sobre la música crepitante incita a que siga el baile bajo un cielo estrellado que apenas puede intuirse detrás de una nube de guirnaldas y papel picado.
La voz es también un velo ligero. Se torna levemente más grave cuando la conversación se asoma a cierta intimidad y la memoria recobra los pequeños dolores de escenas del pasado hace mucho olvidadas, y desciende dos tonos –seca, súbitamente distante, la expresión cordial pero alerta de quien prefiere cobijar a su cría en su madriguera– cuando su dueño debe referirse a sus hijas o siente que está a punto de quedar desnudo con sus sentimientos a la intemperie.
Pero la voz es también fiesta y celebración, porque su sonido acerado y cortante evoca momentos de maravilla y tal vez una época, el humor absurdo y el estruendo de una estudiantina delirante –Lalo Mir, Bobby Flores, Douglas Vinci, Quique Prosen– que una mañana de abril de 1987 agitó la vida de una generación y le ofreció mirarse en ese espejo deforme que fue Radio Bangkok.
Cuando franquea el paso a su casa de dos plantas, en Nuñez, Lalo es otro. Mira con mal disimulado recelo detrás de unos anteojos rojos, hace pasar a su estudio atiborrado de discos compactos y cintas, invita un café. El espacio exhibe cierto desorden, más propio del ocio creativo que del desdén; en el resto de la casa hay cajas sin desembalar y objetos que no encontraron su lugar tras una mudanza no reciente. Hay algo acogedor entre esas paredes, como hay en el querible anfitrión rastros de ternura y vulnerabilidad que enmascaran la inhibición o el recato.
–¿Cómo era la casa de tu infancia?
–Una casa vieja en San Pedro. Con otra idéntica al lado de una vecina que hacía las mejores milanesas y tenía en la esquina una peluquería a la que iba mi madre. Un patiecito semi cubierto con la heladera bajo el alero, la cocina muy pequeña, el pasillo que daba al baño. Un living con sofá y un dormitorio. Plantas de mandarinas y quinotos. Conejos, gallinas. Muy cerca, la plaza, la iglesia, la escuela y la biblioteca. Pasé muchas horas de mi infancia en esa biblioteca de techos altísimos, tan fresca en verano y tan silenciosa siempre.
Mi madre apenas aprendió a escribir, mi padre cursó hasta quinto grado. Era de esos viejos radicales de boina blanca que discutían y se peleaban en la esquina, más vagos que otra cosa. Los últimos años de su vida manejó un auto de alquiler junto a su hermano –llevaba a los vecinos al cementerio, esas naderías– y vendió billetes de lotería. Sobrevivíamos así. Mucho campo. Dos chacras a las que iba habitualmente con mis primos. Mi viejo me llevaba a la plaza, yo lo esperaba leyendo historietas de D’Artagnan. En el pueblo no estás mucho con tus padres. Y el padre no era entonces un referente tan notorio como lo es hoy. Todo era calle, compañeros, aventura. Riesgo. Fantasía. Mi vieja cosía, era ayudanta de una costurera. Mi hermano era cinco años mayor, nos veíamos muy poco, teníamos otros planes. Nos reencontramos siendo ya grandes, viajamos juntos. Pero no nos conocimos mucho de chicos. Murió a los 43 años. La mía fue una vida similar a la de cualquier niño: iba a casa a comer y a dormir, me gritaban que me bañara, me escapaba. Todo esto sucedía a cinco cuadras del Paraná. Íbamos a tomar mate al puerto, adonde los niños jugábamos en las montañas de las areneras. Mucho río. Nunca fui un gran nadador. Aprendí tarde con el método del Negro Jiménez: un empujón a la altura de los tres metros, unas pocas indicaciones. Nunca nadie se ahogó. Todos aprendimos a nadar en diez minutos. Entonces parecía un método cruento, pero a la distancia lo he valorado mucho. Y estaba la isla, que siempre me fascinó. Misterio puro. Enfrente de San Pedro están las Lechiguanas, un nombre muy rimbombante que parece anticipar una aventura pero que ellas verdaderamente no merecen. Era un páramo muy verde, salvaje y espeso. Tierra de nadie. En la adolescencia sacaba la canoa, cruzaba el río montado en ella, los pescadores nos echaban a los gritos porque les enredábamos las líneas de pesca. Infancia. Una infancia como tantas otras.
–¿En ese tiempo leíste las historias de Emilio Salgari?
–Un poco antes. Empecé leyendo D’Artagnan y El Tony. Toda la colección Robin Hood de tapas amarillas, desde Jack London hasta Mark Twain. Ahí apareció Salgari con las historias de Sandokán. Y un poco más tarde llegaron las meditaciones de Lobsang Rampa: El tercer ojo, El cordón de plata. Y, después, Hermann Hesse.
–¿Entonces soñabas con ser marino?
–Era un sueño alimentado por esas lecturas. Solía subirme a algún barco a vela si había mucho viento y hacía falta peso, con cierta torpeza podía realizar las maniobras. La literatura sobre el mar me fascinaba. Me sigue fascinando todavía hoy.
–Salgari fue marino, y sin embargo no necesitó moverse de su casa para soñar mundos exóticos en sus grandes novelas de aventuras.
–Creo que viajó muy poco. Eran historias maravillosas para un chico. La lectura –y la biblioteca– ocupó un lugar central en esos años. Recuerdo un episodio extraño que me sucedió cuando estaba leyendo El cordón de plata. Debía de tener unos 14 años cuando una noche, estando en mi cama, hice un ejercicio de meditación hasta desprenderme de mi mismo, abandonar mi propio cuerpo, y pude verme. Quedé impresionado. Siempre creí que me me había sucedido, aunque algunas veces pensé que lo había soñado, lo que es lo mismo. Toda mi vida me sentí muy atraído por lo apócrifo. Borges tiene eso, también: su gusto por la falsificación. Ese es mi territorio profesional y lo fue sobre todo en Radio Bangkok y Buenos Aires, divina comedia: las noticias comentadas un poco en broma o sencillamente falsas, la inclinación por la ironía y la sátira. Era (y es) el modo de ponerlas en duda. Descreo de las verdades absolutas.
–¿Cómo fuiste modelando tu humor?
–El humor estuvo siempre conmigo. Durante la infancia fui un relator de comicidades. Escuchaba sketches en la radio de los primeros años 70: Rapidísimo, Fontana Show, Rulos y moños, La gallina verde. La gallina verde tenía un humor más refinado: estaban Merellano, Mundstock, Guerrero Marthineitz. Después llegó el humor televisivo con La revista dislocada, Operación Ja Ja y Calle Corrientes. La comicidad de Olmedo, nunca la de Porcel. Pero el humor que me formó para el oficio fue el de Semanario insólito y La noticia rebelde, el de revistas como Humor y Satiricón. La ironía, la sátira, el chiste más ingenioso, el doble sentido. Yo vivo en estado de humor, inclusive en situaciones muy dolorosas debo controlarme. Pero, a ver: tampoco me interesa perder una o dos sesiones de análisis en averiguar por qué es así. Lo llevo bien. Me protege, sí. Es un muro detrás del que me escondo. Que nadie vea mis emociones. Fui educado para ser un hombre reservado.
–Solés hacer mención a la demencia, trabajaste cerca de La Colifata. ¿Hubo algún personaje extraviado en tu familia o en San Pedro?
–Los había en la familia, sí. Mis tíos del campo. Locos en un sentido literario, más que literal. Locos por ser raros, insospechados o extravagantes. Locos por ser inimputables. Los locos me seguían ya en Radio Bangkok. Había un tal Grosso, un arquitecto delirante que daba vueltas por el bar Filo y la Galería del Este, clavándose ácido hasta que se destrozó el hipotálamo. Douglas o Bobby me trajeron una grabación con la voz del loco, yo le puse encima unos tangos electrónicos. Era El Pibe Banana. La gente lo pedía como pedía "Escaleras al cielo" de Led Zeppelin. Había otros. Heber Isaac, que desde hace veinte años está internado en el Borda, y allí morirá porque no tiene adónde ir, con quien bailé unos carnavalitos. Garcés, que escribía cuadernos interminables con una grafía incomprensible como la de León Ferrari, y sin equivocarse jamás podía decir cien veces qué significaba cada línea. Solía escaparse del Borda al comenzar el verano, pero regresaba puntualmente en el otoño. Le pregunté un día por qué volvía si podía ser un hombre libre. Porque el afuera del cemento es más duro que el adentro, me dijo.
–¿Cuál fue tu primer disco?
–Un vinilo que se llamaba algo así como The Jazz Injection, un disco de demostración de efectos sonoros para audiófilos. Leonardo Favio, y Yeah, Yeah, Yeah de Los Beatles. Pero todavía no había una melomanía manifiesta. En Buenos Aires empecé a escuchar soul, mucho Aretha Franklin, algo de rock sinfónico y rock pesado. Me gustaban el tropicalismo de Caetano y Gil, el groove latino, algunas cosas del blues, algo menos el jazz y la clásica. En mis primeros conciertos de rock descubrí una energía nueva, me ponía en un estado que me gustaba para transmitir. Distorsión. Metal. Pero puedo escuchar cumbia, Gilda, La Princesita. La música puede ser liviana o profunda, pero si tiene groove la gente la escucha y se pone a bailar.
–¿Qué sucedió cuando tomaste contacto con los músicos de rock? ¿Hubo romance o decepción?
–Hubo seducción mutua. Yo era habitué de todos los bares y santuarios de la época –del Einstein a Cemento y Palladium– y el oficio me hizo relacionarme con todos ellos. Me eran afines, estaban un poco locos. Me cautivó la poesía del rock. Nunca hice amigos. Sí hubo algunas relaciones ocasionales con un grado de intimidad cercano a la amistad. Federico Moura. Pappo. Viajé mucho con casi todos. A algunos los amé: Luca. El rock me liberó. Otra habría sido mi vida si no hubiese sido atravesado por el rock. Me ayudó a dar pasos más largos. El rock me dio impulso para atreverme a dar un salto sin red, pero disfrutando de la adrenalina que me producía el vacío que había debajo. Y me impulsó a romper. Mucho de lo que hice y hago todavía tiene que ver con eso: romper. Y construir algo nuevo utilizando esas ruinas.
–Pertenecés a la primera generación que es joven a los 60 años.
–No, hubo muchos antes. Quizá sí es un rasgo generacional y de época. Pero hubo otros. Pensá en artistas plásticos como Rogelio Polesello o León Ferrari. No tenían una imagen rockera, pero eran muy jóvenes. Locos. Piazzolla. Hombres que en algún momento se aburrían de sí mismos y eran capaces de destruir lo que habían hecho para ir hacia adelante con una voracidad que sólo conocen los jóvenes.
–En tu biografía hay algunas señas muy visibles de esa juventud tardía. Fuiste padre cuando tenías 41 años.
–Mis hijas me dieron una energía nueva, inesperada. Ellas renovaron mi capacidad de asombro. Mirá que uno está medio limado a los 40, pero la llegada de un hijo despierta sentimientos que un minuto antes no creíamos que eran posibles. Tres mujeres de 21, 17 y 11 años. Directora de fotografía la grande, estudiante de creatividad publicitaria y en el futuro de diseño industrial la del medio, muy pronto egresada del colegio primario la menor. [La voz ha cobrado una tonalidad ligeramente más grave y perdido algo de su color: un gesto de cuidado de quien no quiere ser descubierto.] Maravilloso. Con tres varones hubiera sido otra la experiencia. No me tocó. Y uno teje con la lana que tiene. Tres mujeres. Te hacés lesbiano [El chiste, un látigo chasqueando en el aire que busca disolver la seriedad del asunto.] La palabrita es de Charly.
–¿Y qué sentimientos produjo en vos el paso del tiempo?
–Solía provocarme inquietud, pero ya no. Lo que aumenta con el paso del tiempo es el hastío, el cansancio. A los 30 años pensar en la muerte me provocaba mucha angustia. Ahora es como si al final de esa fatiga llegara cierta paz o cierto consuelo.
–¿Te ha ido bien con la paternidad?
–Muy bien. No tuve dificultades. Pasé por las generales de la ley, pero bien. Soy algo obsesivo, pienso a veces si no he estado ausente. Pero no siento que estoy en deuda con ellas. No sé de dónde sale ese sentimiento, de mis padres no, tal vez de la ausencia de ellos. Pero también fue una decisión mía. Uno se va de su casa como yo lo hice cuando siente que lo interesante no está allí, sino afuera.
–Has vuelto a enamorarte a los 60 años, de una mujer veinte años más joven. ¿Cómo es esa fuente de juventud?
–Es la vida. Naturaleza. Me he vuelto más fóbico con el paso de los años. Después de estar separado un tiempo, rodeado de hijas y con una vida personal de lobo estepario, de pronto aparece la persona indicada. No hay que negarse, y transitarlo sin ansiedad. Por supuesto existe la vanidad: ella es más joven, entonces puedo. Yo también soy más joven. Pero es más que eso: una afinidad mental, encontrarte con la persona con la cual te divertís y sos capaz de llorar. A veces dura poco, a veces dura mucho, y a veces –muy pocas– dura para siempre. ¿Ponemos un bolero?
–Si pudieses regresar a la infancia, ¿qué imagen te gustaría recuperar?
–Dos cosas. La siesta en el campo. Y la voz de mi padre. Quisiera reencontrarme con esa voz. Han pasado más de cuarenta años desde que murió, yo tenía 19, y aunque conservo su imagen en las fotografías he perdido su voz. Mi madre murió hace pocos años, mi hermano falleció siendo muy joven, pero ambos siempre andan dando vueltas por acá muy cerca de mí. Pero la voz de mi padre se ha ido apagando lentamente, y pese a que pasaron tantos años la extraño todavía.
Bio
Profesión: locutor y periodista
Edad: 62 años
Su voz es la de las generaciones que crecieron con los ciclos 9 P.M, Radio Bangkok y Animal de radio. Entre los programas que condujo en televisión están La vida es arte y Encuentro en el estudio. El año pasado fue parte del elenco de Viudas e hijos del Rock &Roll.
Momentos
La Negra, muchamujer
Trabajaron juntos en el ciclo 9 P.M., y después de un paréntesis de casi diez años se reencontraron en Buenos Aires, una divina comedia, en Rock & Pop. Desparpajo, rabia, absurdo. Pura química. Lalo y Elizabeth Vernaci. La Negra Vernaci. Muchamujer.
"Una superdotada, por su voz y su locura. Ella tenía 23 años cuando la conocí. El Cholo Gómez Castañón me dijo que había una piba dando vueltas por Del Plata, hicimos pruebas, funcionó. Empezamos en los 80, después le produje un programa, nos perdimos y nos reencontramos en Buenos Aires, una divina comedia. La Negra es múltiples cosas: puede ser la más mala, la más loca, la más guarra, la más tierna, la más seductora, también. Le gusta jugar a eso y encontró su libertad en el aire. Uno es sus padres y su infancia, sus amores y desventuras, sus aciertos y yerros. Ella es impredecible. Y eso a la gente le gusta. ¿Todas las mujeres en una? Sí, puede ser. Es el último referente femenino en la radio.
- 1
Investigan la difusión de imágenes íntimas tomadas en el club Regatas de Bella Vista
2Contra Montoneros y la dictadura. Un cuento, una biografía y dos cartas críticas: qué decían los últimos textos de Walsh
3Hígado graso: cuál es la dieta más eficaz para tratarlo y el endulzante que hay que evitar
4Atropelló a una puma embarazada en el Parque Nacional Nahuel Huapi y la mató







