
Las calles de Mataderos están muy descuidadas
Los frigoríficos vuelcan sus desperdicios en la vía pública
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Las calles del barrio de Mataderos esconden todavía algunos de los secretos que inspiraron a Esteban Echeverría para escribir su obra cumbre, en los años de Rosas.
El Museo Criollo de los Corrales, la Feria Artesanal y el Mercado de Hacienda son testigos de una historia que aún hoy pareciera estar ambientada en 1839, fecha en que transcurre "El Matadero", de Echeverría.
También las 510 manzanas, las 91 calles, las cinco plazas, el parque y las 21 plazoletas podrían narrar la crónica diaria de uno de los barrios del sur de la ciudad que, en cuanto desarrollo urbano e infraestructura, parece haber quedado en el olvido.
Calles llenas de baches. Semáforos que no funcionan. Carcasas de autos apiladas en plena avenida. Basura que se acumula bajo los carteles municipales que rezan: "Prohibido arrojar residuos".
Los vecinos lo saben.
Los días de lluvia, porque tienen que caminar por la calle, ya que las veredas rotas acumulan agua y se convierten en verdaderas lagunas.
Y los días despejados, porque el sol hace que las montañas de basura que arrojan los frigoríficos emanen olores pestilentes.
La basura tomó las veredas
En la esquina de Murguiondo y Eugenio Garzón, justo en frente de un depósito metalúrgico, los camiones de las distintas industrias asentadas en la zona se estacionan y vacían sus acoplados en la vía pública. El resultado: la calle queda convertida en un basural.
Así lo comprobó La Nación en una recorrida por el barrio. Escenas como ésa se repiten una decena de veces y forman parte del panorama habitual de Mataderos.
La esquina de Bragado y Timoteo Gordillo es otra de las víctimas del abandono. Bajo un cartel municipal que prohíbe arrojar residuos, los vecinos depositan las bolsas de basura sin siquiera reparar en la contradicción.
En este barrio, como en otros de la zona sur de la Capital, el Gobierno de la Ciudad es el responsable de la limpieza y la recolección de los desechos, ya que el área no fue concesionada a empresas privadas.
Según denuncian los vecinos, la tarea se cumple muy deficientemente. "No pasan todos los días y permiten que se acumule basura sobre las canaletas", asegura María Rosa Batti, que vive en Mataderos desde que era niña. Ahora tiene dos hijas y después de haber residido en otras zonas de la Capital, regresó al barrio que la vio nacer.
"Dicen que uno siempre vuelve. Y acá estoy, pero no me gusta cómo está. A pesar de las promesas que hicieron los políticos, la zona sur de la ciudad, sigue siendo tierra de nadie".
Según una estadística que maneja el gobierno porteño, en el barrio de Mataderos coexisten unos 206 frigoríficos, 13 curtiembres, 21 industrias químicas, 39 textiles y un sinnúmero de lavaderos industriales.
Sin control sanitario
"Creemos que el ambiente es patrimonio de todos los ciudadanos, por eso le exigimos al Gobierno que realice un control sanitario más exhaustivo, para evitar que se perjudique el medio ambiente y la calidad de vida del barrio", asegura Mónica de Martini, directora del Centro de Comerciantes de Mataderos.
"Queremos que se prohíban el lavado de camiones en la vía pública y la ocupación de las veredas", reclamó la mujer.
La falta de semáforos es otro de los temas que inquieta a los vecinos. Según cuentan, en la esquina de Juan Bautista Alberdi y Martiniano Leguizamón constantemente se producen accidentes. "Desde hace dos años le pedimos al Gobierno que coloque un semáforo, y nos contestaron que no lo consideraban un problema de real urgencia", denunció Martini.
Lo mismo ocurre en Larrazábal y Gregorio de Laferrére. Allí, la falta de señalización coloca a los alumnos de un jardín de infantes en peligro cada día, cuando cruzan alguna de las dos calles para llegar a clase.
Intimación policial
El abandono de Mataderos es una realidad que exhibe tanto el casco histórico como las calles del barrio.
En la calle Lisandro de la Torre, frente a la playa policial de la comisaría 42a., hay carcasas de autos apiladas sobre la calle. Ocupan parte de la vereda, por lo cual los vecinos tienen que desviarse y seguir su camino por la calle.
Cuando el fotógrafo de La Nación quiso retratar la montaña de coches abandonados, aparecieron tres hombres -vestidos de civil, que dijeron ser policías- y lo intimaron a que dejara de sacar fotos. Dijeron que no podía hacerlo sin una autorización especial, a pesar de que se encontraban en la vía pública. Le pidieron sus documentos y le ordenaron que abandonara la zona.
Luego del incidente, se le requirió una explicación telefónica a las autoridades de la comisaría.
Adujeron que ignoraban el hecho y reconocieron que no es necesaria ninguna autorización para tomar fotos en la vía pública. Aseguraron que averiguarían lo sucedido y que nos harían llegar sus disculpas en caso de ser necesario.
Nunca se comunicaron.
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