
Las llamas ya están controladas, pero comenzaron los reproches
SAN CARLOS DE BARILOCHE.- Una vez que todo volvió a la calma surgieron las voces de expertos y de damnificados que dicen, indignados, que los incendios que destruyeron 120.000 hectáreas de bosques y pastizales en las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut se podrían haber evitado.
"Dos veces llevé los equipos a la estancia San Ramón y dos veces el subcomisario Oscar Poblete, del Servicio de Prevención y Lucha contra los Incendios Forestales (Splif), me dijo que los sacara, que no hacía falta. No hicieron nada. Estoy indignado, esto se podría haber evitado", dijo César Guernica, jefe de los bomberos voluntarios de esta ciudad.
Aunque la mayoría de los focos se extinguieron, todavía está latente el peligro de que se reaviven, debido a las condiciones climáticas. Sólo están activos tres pequeños focos humeantes, en las estancias San Ramón y La Fragua. Pero están contenidos. En los alrededores de la ciudad, todo es tranquilidad.
Aquí, del calor de las llamas se pasó rápidamente a la ebullición producida por el cruce de acusaciones entre los vecinos de Dina Huapi, el barrio que estuvo a punto de ser arrasado por el fuego, los propietarios de las dos estancias destruidas y los responsables de combatir los incendios, el Splif, los hombres del Plan Nacional de Manejo del Fuego, que dependen de la secretaría que maneja María Julia Alsogaray.
Los pobladores de Dina Huapi y los encargados de las estancias San Ramón y La Fragua dispararon contra la gente del Splif, a la que acusaron de no "querer apagar el incendio cuando se podía hacerlo".
"Todo este desastre se podía haber evitado si nos hacían caso cuando el lunes los llamamos porque había caído un rayo en el campo que prendió los pastizales", exclamó Guillermo Doll, administrador del establecimiento San Ramón, luego de que el fuego arrasó con la estancia.
Todo fue peligro
La falta de previsión de los encargados de combatir el incendio, los fuertes vientos, el calor y la sequía favorecieron el crecimiento del fuego, que estuvo a punto de arrasar un barrio situado a 11 kilómetros del centro de esta ciudad y comprometió seriamente a Pilcaniyeu, un pueblo de 800 habitantes a 36 kilómetros de aquí.
El titular de la Dirección de Bosques del Neuquén, ingeniero Juan Carlos Pico, volvió a poner en el ojo de la tormenta a María Julia Alsogaray y al vicecomodoro Carlos Bunge, coordinador general del Plan Nacional de Manejo del Fuego.
"Todo indicaba que existía una gran posibilidad de que se produjeran incendios, le pedimos ayuda a Bunge. Nunca nos dio nada. Nos dijo que no había presupuesto, que parte de lo que correspondía a Neuquén se gastó en combatir los incendios de Brasil", dijo telefónicamente Pico a La Nación , desde Zapala.
En Neuquén todavía seguían activos dos focos, en la estancia Palitué, a 12 kilómetros de Junín de Los Andes y cerca del paso internacional a Chile de Pino Hachado. Según las autoridades, ambos incendios estaban controlados.
La situación era similar en la provincia del Chubut, donde los bomberos estaban a punto de extinguir el fuego en Epuyén, en el Cerro Centinela y en el lago Fontana, cerca de Esquel.
Un día en la vida de los brigadistas
SAN CARLOS DE BARILOCHE (De nuestros enviados especiales).- Son en total 30 brigadistas del Plan Nacional del Manejo del Fuego (PNMF), que vinieron de Misiones y de Santa Cruz. Los patagónicos ya estaban fogueados, pero para los mesopotámicas fue su bautismo de fuego.
Ayer fueron subidos a un helicóptero y depositados en uno de los valles que encierra la estancia La Fragua, ya incendiada, a 6 kilómetros de caminata de la ruta 23, un lugar que de no ser por aire, demandaría varias horas a pie por la estepa, subiendo rocas.
Trabajan a 1350 metros de altura donde se ven volar los cóndores.
"Hasta acá llegó. Lo paramos", explica orgulloso un brigadista, mientras señala una franja de 50 centímetros de tierra, ahora libre de vegetación, que frena el avance de la superficie quemada. A un lado se ven cenizas y terreno negro; al otro, pastizales áridos, muy combustibles.
Walter coordina a los misioneros con una radio. Es el único medio de comunicación que los libra del aislamiento. Abajo, doce hombres, vestidos de amarillo, con cascos, mochilas a sus espaldas y palas, siguen trabajando.
"Sí, debíamos pararlo acá porque si no, agarra un cañadón y lo lleva hasta el paraje de Pichileufú", explica Juan Carlos Ver, un misionero que por primera vez conoció el sur.
Ración de agua y comida
Estaban en pleno aprendizaje de su curso de un año, que habían iniciado hace un mes, cuando los misioneros fueron subidos a un avión y trasladados a la lejana Patagonia. Para algunos de ellos era la primera vez que volaban.
Cobran 300 pesos por mes, con un contrato de cuatro meses y cuando no se convierten en bomberos forestales, son guardabosques; son ingenieros agrónomos o ex combatientes de Malvinas.
El helicóptero levanta vuelo, luego de dejarles una ración de comida y agua, porque el trabajo seguirá hasta la noche, cuando los vuelvan a buscar en medio de la estepa.
La máquina va en auxilio de otros brigadistas, los santacruceños, a unos kilómetros por entre los cerros, en un lugar igualmente inaccesible. Allí hay llamas, pero el trabajo a pala y azada de los hombres logró contenerlo. Luchan porque no avance por la estepa, y lo están consiguiendo.
Están trabajando desde hace tres días en la estancia la Fragua, pero antes, cuando el fuego ya se había declarado, los héroes fueron los peones de la estancias y los voluntarios del Club Andino Bariloche. Las brigadas del Splif rionegrino y del PNMF brillaron por su ausencia.
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