
¿Las montañas rusas han llegado demasiado lejos?
Una montaña rusa desafía a los pasajeros a ser audaces. Pero la seguridad vuelve a ser motivo de preocupación después de que un hombre saliera despedido de su asiento y muriera en Georgia
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NUEVA YORK.― Comparada con el béisbol y la tarta de manzana, la montaña rusa es el símbolo rebelde del despreocupado verano estadounidense.
Es una presencia retorcida en el paisaje caleidoscópico de los parques de diversiones. Nos desafía a ser audaces. Las caídas pronunciadas, las altas velocidades y las curvas increíblemente cerradas arrancan gritos de rostros desencajados y provocan mariposas en el estómago de quienes hacen fila para ser los próximos.
Para la clase media estadounidense que busca entretenimiento, no hay actividad que se le parezca. La montaña rusa puede ser un rito de iniciación para los chicos y una obsesión para los adultos.
Su permanente popularidad depende de un truco mental, una especie de tensión que nos impulsa a subirnos a algo que parece peligroso, quizá imprudente, pero que en realidad es seguro.
“El objetivo es coquetear con el peligro sin experimentarlo realmente”, dijo Brian Avery, profesor de la Universidad de Florida especializado en seguridad de parques de diversiones. “Pero cada tanto, las personas quedan expuestas a ese peligro y mueren o sufren heridas graves”.
Este mes llegó un nuevo llamado de atención.
El 12 de octubre, un hombre salió despedido de su asiento en pleno recorrido y murió en la montaña rusa Goliath, en Six Flags Over Georgia. Eso llevó a Six Flags, la cadena de parques de diversiones, a cerrar al menos otras nueve montañas rusas en distintos puntos del país para realizar inspecciones más exhaustivas.

Apenas unas semanas antes, a fines de septiembre, Six Flags Magic Mountain, en Valencia, California, cerró de manera definitiva una de sus montañas rusas más populares, X2, tras años de cuestionamientos sobre su seguridad. El parque enfrentó una demanda presentada por tres pasajeros que sufrieron lesiones cerebrales catastróficas y recientemente llegó a un acuerdo en otra causa por muerte por negligencia vinculada a un joven de 22 años que murió un día después de subir a esa atracción en 2022.
La preocupación por la seguridad de las montañas rusas no es nueva. Resurge con cada avance tecnológico que permite experiencias más vertiginosas e impactantes. Cada nueva generación de montañas rusas es más alta, más rápida, más empinada, más retorcida y más extrema. Y quizá también más inquietante.
¿Las montañas rusas finalmente fueron demasiado lejos? ¿Llegamos a un punto en el que ya no pueden ser más emocionantes, ni desafiar más a la muerte, por los límites de la tecnología, la seguridad o la fisiología humana?
Probablemente no, según los expertos. Las montañas rusas del futuro sin duda tendrán la capacidad de zarandear a las personas de maneras todavía más extremas.
Pero, ¿deberían hacerlo?
“No sé si ya exploramos los límites de hasta qué punto eso es bueno para una persona”, dijo Avery.
Lo único seguro es que vienen más montañas rusas.
“En nuestra industria, la montaña rusa sigue siendo la reina”, dijo Dennis Speigel, consultor internacional de parques temáticos y expresidente de la Asociación Internacional de Parques de Diversiones y Atracciones.
“Cuando querés que la concurrencia se dispare en tu parque o en tu compañía, no instalás un carrusel ni una atracción giratoria: instalás una montaña rusa y la llamás ‘El Demonio’, ‘El Murciélago’, ‘La Bestia’ o como sea”, dijo. “Y la gente acude en masa a subirse”.
Despegan las “atracciones de gravedad”
La historia de las muertes en montañas rusas incluye fallas mecánicas, personas que cayeron de los vagones, ataques cardíacos y otros problemas médicos.
El incidente más letal en Estados Unidos ocurrió en 1930, en una montaña rusa de Omaha llamada The Big Dipper. Un perno suelto provocó un choque en el que murieron cuatro personas y otras 17 resultaron heridas.
En 1972, en Inglaterra, se rompió una cadena que arrastraba una montaña rusa cuesta arriba. Los vagones retrocedieron y el accidente causó la muerte de cinco personas.
La idea de acoplar pequeños vagones con ruedas a rieles para buscar emociones, y no solo como medio de transporte, se remonta a unos 200 años. Pero fue en Estados Unidos, a fines del siglo XIX, cuando las llamadas atracciones de gravedad adquirieron su forma definitiva.
Se registraron decenas de patentes: para arrastrar los vagones cuesta arriba, para conectar varios vagones entre sí y para frenarlos. Hacia 1888, un inventor llamado LaMarcus Adna Thompson había construido decenas de montañas rusas en Estados Unidos y Europa, incluida la Switchback Railway de Coney Island, en Nueva York.

En 1895, la Flip Flap, en Sea Lion Park, en Coney Island, llevó a los pasajeros por un loop completo después de que su seguridad fuera probada con bolsas de arena y monos. Su estrecho loop circular, a diferencia de los modernos, más grandes y con forma de lágrima, generaba fuerzas G superiores a las 4 o 5 G que alcanzan algunas montañas rusas actuales. Antes de cerrar en 1902, dejó a innumerables pasajeros rengueando por latigazos cervicales y lesiones en la columna.
Pero la larga historia de las montañas rusas de Coney Island apenas comenzaba, y no siempre de manera segura. En 1910, tres personas murieron en la montaña rusa Rough Riders cuando tomó una curva demasiado rápido, volcó y expulsó a 17 pasajeros.
La atracción perdió la licencia, aunque solo de manera temporal. Cinco veranos después, cinco personas volvieron a salir despedidas.
“Los pasajeros salieron disparados de sus asientos y fueron lanzados contra la doble baranda de tubos de hierro de tres centímetros que bordeaba la vía a unos 12 metros por encima de la entrada”, informó The New York Times.
“La baranda cedió por el impacto y los pasajeros salieron despedidos de cabeza hacia el pavimento abarrotado”. Un sacerdote que pasaba por el lugar les administró la extremaunción.
Los dos sobrevivientes fueron una madre y su hijo. De alguna manera, ella logró aferrarse a una baranda con un brazo y quedó suspendida sobre la multitud mientras sostenía a su hijo de 4 años, según relató The New York Times.
Pronto llegó la invención de las ruedas de seguridad ubicadas debajo de los rieles, en lugar de entre ellos como en un vagón ferroviario. Eso permitió construir montañas rusas más empinadas y retorcidas.
Para la década de 1920, el país tenía 1500 montañas rusas. Ninguna era más famosa que Cyclone, en Coney Island. El estruendoso recorrido, con una caída de 26 metros y velocidades de hasta 96,5 kilómetros por hora, sigue en funcionamiento y es considerado un hito histórico.
La popularidad de las montañas rusas decayó con la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Pero Disneyland abrió sus puertas en 1955 y su Matterhorn ayudó a inaugurar una nueva era: recorridos relativamente suaves sobre estructuras tubulares de acero.

En 1975, Corkscrew, en Knott’s Berry Farm, California, puso a los pasajeros cabeza abajo y los mantuvo sujetos con arneses sobre los hombros. Un año después, Revolution, en Magic Mountain, incorporó un loop vertical que rápidamente fue imitado por otras atracciones.
Poco después llegaron los sistemas de lanzamiento que disparaban los vagones como si salieran de un cañón. Aparecieron montañas rusas en las que los pasajeros llevaban los pies colgando, otras en las que viajaban de pie y algunas que los colocaban boca abajo para simular la sensación de volar. Montañas rusas que avanzaban en reversa. Montañas rusas con hasta 10 loops.
La primera montaña rusa en superar los 160 kilómetros por hora, Superman: Escape From Krypton, una atracción de 126,5 metros de altura en Magic Mountain, se inauguró en 1997.
Después llegó X, rebautizada como X2 tras una remodelación realizada en 2008.
“X no es más que la táctica más reciente en el permanente juego de superioridad tecnológica que libran los parques de diversiones cada verano para atraer a las masas masoquistas”, escribió Forbes en 2001, antes de la inauguración de la atracción.
Además de los loops y las caídas, el artículo señalaba que “los vagones giran 360 grados y dejan a los pasajeros cabeza abajo como Mary Lou Retton en una rutina de gimnasia atada al Cyclone”.
La revolución continúa. En diciembre pasado, Falcons Flight abrió en Arabia Saudita. Batió récords como la montaña rusa más rápida, con 249,4 kilómetros por hora; la más alta, con 163 metros; y la más extensa, con alrededor de 4,2 kilómetros.
“Si se puede imaginar, se puede construir”, dijo Avery, el profesor de la Universidad de Florida. “Y mientras un ingeniero establezca márgenes que garanticen la seguridad de una persona promedio durante la experiencia, no sé dónde estará el límite”.
“Igual me voy a subir”
El viernes pasado, en Magic Mountain, la autoproclamada “capital mundial de las emociones”, donde la entrada para un día cuesta US$110 para los adultos, se podían ver y escuchar los sonidos característicos de las montañas rusas: el traqueteo y el silbido de los vagones, los gritos y las risas de los pasajeros.
Goliath, una de las montañas rusas que Six Flags había cerrado tras el incidente de Georgia (ambas atracciones comparten el mismo nombre, aunque tienen diseños y fabricantes diferentes), había vuelto a funcionar.
La entrada de X2 estaba cerrada con candado y el cartel había desaparecido. Sin embargo, en otra parte del parque avanzaba la construcción de Thrill Glider, un “tren planeador suspendido” con cinco inversiones. Se espera que abra el año próximo.
Darien Lewis y su prometida, Melissa Bethel, ambos de 36 años, tienen pases de temporada. A él le encantan las montañas rusas. Ella lo acompaña, pero le tiene miedo a las alturas.

Sabían del cierre de X2, “la atracción más aterradora a la que me subí”, dijo él, pero no se habían enterado de que una persona había caído y muerto en una montaña rusa en Georgia.
“Ay, Dios mío”, dijo Bethel.
“Eso es lo único que me da miedo”, dijo Lewis.
“Es aterrador”, agregó ella. “Igual se va a subir”.
“Igual me voy a subir”, respondió él. “Solo que ahora voy a pensar en eso”.
“Pero las atracciones nunca van a ser perfectas”, dijo ella. “Nunca se sabe. Cualquier cosa puede pasar”.
La Asociación Internacional de Parques de Diversiones y Atracciones informa que se produce aproximadamente una lesión por cada millón de viajes en montaña rusa en América del Norte. Un estudio de 2004 concluyó que, durante la década anterior, habían muerto en promedio cuatro personas por año en montañas rusas.
Speigel, el consultor, señaló que la reciente muerte en Georgia fue el primer episodio fatal conocido en esa atracción desde que un hombre murió de un ataque cardíaco poco después de la inauguración de la montaña rusa, en 2006.
“Si no fueran seguras, los fabricantes se quedarían sin negocio”, afirmó Speigel.
Pero Avery, cuyo padre fue director de seguridad en Busch Gardens, en Florida, impulsa cambios. Entre ellos, una mayor transparencia en los informes sobre lesiones y problemas de seguridad; supervisión federal en lugar del actual mosaico de jurisdicciones estatales, locales y mecanismos de autorregulación; y mejor información para quienes intentan decidir si realmente les conviene subir a una atracción.
En entrevistas realizadas la semana pasada a pasajeros de montañas rusas en Cedar Point, Ohio, y en Magic Mountain, California, la mayoría estaba al tanto de la muerte reciente, pero eso no les quitaba las ganas de subir.
“Escuchar sobre esa muerte no hace que tenga miedo de morirme cuando me subo a una montaña rusa”, dijo Jenna Kulhawuk, de 32 años, videógrafa y visitante de Cedar Point. “Nunca fui de tener miedo a cosas que probablemente no vayan a pasar”.
Entre quienes disfrutaron de Goliath en Magic Mountain el viernes estaba Alexa Montoya, de 20 años, que había ido al parque con varios amigos. Sabía del incidente en Georgia y, antes de salir de su casa, su madre le había recomendado que tuviera mucho cuidado y se sujetara bien.
Montoya y sus amigos bajaron de la atracción entre risas y sonrisas.
“Definitivamente tuve una descarga de adrenalina”, dijo Montoya.
“Amigo, casi me desmayo”, comentó uno de sus amigos.
“Sí, no voy a mentir”, respondió Montoya. “Casi me desmayo, pero me repetía: ‘Respirá, respirá’”.
La emoción les resultaba más atractiva que las preocupaciones por el peligro.
“Parece algo simple por naturaleza”, dijo Avery. “Subís a la plataforma, te sentás en el vagón y te ponen en marcha. Y te devuelven a esa misma plataforma en el mismo estado en el que te fuiste. Ese es el objetivo”.




