
Leyendas de apariciones en el Fernández Blanco
Los empleados del museo revelaron sus vivencias a LA NACION
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Una pareja de novios de 21 años había salido de un bar después de las 23, en una noche de la última primavera. Bajaban por la barranca de Suipacha, entre Arroyo y Avenida del Libertador, cuando María se detuvo y se agachó, para elongar su espalda.
Tomás la esperó y, según cuentan los dos, en ese momento vieron a un joven que paseaba su mascota y se dirigía hacia ellos, por el medio de la vereda. "¿Viste al chico con el perro?", preguntó Tomás. "¡Sí! -exclamó ella-. ¿Dónde se metió?" Ante sus ojos incrédulos, la cuadra había quedado vacía. Ningún ruido, ningún auto. Las pocas puertas, selladas. De un instante al otro, el muchacho se había esfumado.
Más allá de lo que rezan las leyendas urbanas -que María y Tomás escucharon varias veces desde ese día-, éste no es el único episodio inexplicable que tuvo lugar en esa cuadra. LA NACION pudo dialogar con varios protagonistas de experiencias similares que, por una decisión superior o por vergüenza, habían guardado silencio sobre lo que vivieron entre los muros del prestigioso Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco.
"Nunca vi nada"
Jorge Cometti, el joven director del museo, no cree en fantasmas. "En los 22 años que trabajé en el museo nunca vi nada. Y eso que he recorrido muchísimas áreas en estos años." Pero está claro.
En tanto, su museógrafo, Patricio López Méndez, trabaja allí hace más de 20 años. En un verano de mediados de los 90, levantaba con su equipo el montaje de una muestra. Estaban en un salón del subsuelo del Palacio Noel, o pabellón central, cuya puerta de doble hoja conduce a los amplios jardines.
"Vi a través de la puerta a una persona vestida de negro, que pasó para el fondo. Fuimos a buscarla, por miedo a que se hubiera escondido en algún recoveco para robar más tarde -relata López Méndez a LA NACION-. Tan seguro estaba de haberlo visto que paramos el trabajo por media hora. Buscamos y buscamos, pero no había nadie."
Según empleados con muchos años en el museo, los sucesos misteriosos tomaron una dimensión descomunal en los años anteriores al atentado a la embajada de Israel, ocurrido el 17 de marzo de 1992.
"En el verano de 1989, hacíamos un show con mi ballet junto al aljibe del jardín del museo. Era la época de los cortes de luz periódicos", recuerda la bailaora de flamenco Graciela Ríos Saiz, sentada con LA NACION en una mesa de una librería-café sobre Callao. "Al atardecer, esperábamos que volviera la electricidad en los bancos del patio del limonero", continúa.
La bailaora dice que, de pronto, ella y una compañera vieron una especie de objeto inmenso, que brotaba de una bañera al fondo del jardín y se elevaba hasta la copa de los árboles, a unos 20 metros del suelo. "Tenía consistencia de nube, era opaca y no transparentaba", sigue relatando. Pero sucedió algo con el cuerpo de nubes que llenó de terror a Graciela. "De repente, la figura desapareció de donde estaba y apareció instantáneamente del otro lado de la hilera de árboles."
Víctor Jara es el actual encargado del edificio. Su suegro lo antecedió en el puesto, y esa noche se apresuró a bajar al jardín, cuando oyó los gritos de las bailarinas. Víctor cuenta que el perro guardián de su suegro salió ladrando con mucha energía. "No llegó ni a la mitad del jardín, y volvió a la casa todo asustado y con la cabeza gacha", dice. Tampoco encontraron nada extraño en los jardines esa noche.
Un año antes sucedió algo que afectó trágicamente al equipo del museo. "En un lapso de pocos meses, murieron dos empleadas de cáncer y una de un ataque cardíaco. Otra chica enfermó muy gravemente. Era muy extraño", recuerda un empleado. "La madre de una de las chicas consultó con un vidente de su pueblo, que nos interrogó por teléfono", continúa.
"¿Hay algún cuadro de una mujer desnuda allí?", se oyó del otro lado de la línea. Los empleados pensaron que no, ya que sólo había retratos de damas de familia y cuadros de monjas y santas. Luego preguntó si todas las afectadas se llamaban María. Pero tampoco parecía ser ése el caso. Después chequearon mejor, y aunque las llamaban de otra manera, María era el primer o el segundo nombre de todas ellas y también de tres empleadas más. Siete en total.
"La pelirroja es la próxima"
"La pelirroja es la próxima", sentenció el oráculo, según cuentan a LA NACION. Pero no era posible. Ninguna de las Marías restantes tenía el cabello de ese color... ¿O sí? En efecto, para asombro de todos y terror de ella, una de las tres muchachas, de tez muy blanca, había teñido de rubio su roja cabellera.
En medio de la desesperación, un empleado recordó el cuadro de María Magdalena penitente, el más antiguo de la colección, de 1623. En él, la santa se flagela semidesnuda frente al crucifijo. Para el adivino no había dudas. Dijo que el autor de la pintura era el causante de las desgracias, ya que el nombre que figuraba en el cuadro era falso. "Verificamos con expertos la autenticidad de la obra", dice López Méndez. "Igualmente, después del episodio con el vidente, el maleficio se paró", añade.
Para algunos, el museo Fernández Blanco parece que guarda más de un misterioso secreto en su seno.
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