Los cazadores de pumas se aferran al monte pampeano

Con la sola ayuda de un perro, dos hermanos perpetúan esta singular profesión.
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13 de diciembre de 1999  

TELEN.- Aquí, en pleno monte pampeano, donde el territorio conquistado al indio todavía es un desierto de arena y piedra, dos hermanos desarrollan una singular profesión: son leoneros, como se conoce en estas tierras a los cazadores de pumas, los "leones" americanos.

Con la sola ayuda de un lazo y de un perro, Andrés y Antonio Gallardo se instalan en el campo, rastrean al puma y lo cazan cada vez que los chacareros los convocan, cuando algún felino hace estragos con sus rebaños de ovejas o de vacas.

Defensores de los últimos vestigios de una cultura centenaria, estos hombres conviven cotidianamente con una naturaleza agresiva e implacable. Entre tanto prodigio de la tecnología, de cara al siglo XXI, sobreviven aferrados al monte, en el corazón del caldenal, sin gas ni electricidad.

Humildes, pero audaces, se quedaron entre la tierra amarga y el cielo interminable, sólo para cazar leones.

* * *

El hombre se detiene frente a una huella profunda, algo parecido al cráter que dejaría una pequeña explosión en el suelo. Se acuclilla, observa el rastro aún fresco que se pierde entre la maraña de piquillines y, sin vacilar, sigue a los perros que buscan y husmean, nerviosos.

El monte pampeano, frondoso y seco, araña la piel, pero Antonio Gallardo apura el paso detrás de sus sabuesos. No lleva más armas que un cuchillo grande y desde hace horas camina siguiendo el rumbo de las trampas que colocó ocho días atrás.

A unos 300 metros, cerca de un viejo algarrobo, los dos ovejeros encuentran al puma, que ruge agazapado, llameantes los ojos, babeantes las fauces. Es un macho grande y fuerte, pero con la mano en la trampa no puede huir ni, mucho menos, atacar.

El hombre se acerca, cauteloso, a la fiera desesperada y el monte estalla en rugidos, gritos, ladridos. Con un gesto hábil, un manotazo similar a los que amaga el felino amenazante, lo enlaza por el cuello y rápidamente lo ata a un árbol.

Lastimado -y por eso, asustado y furioso-, el "león" viajará, después, dentro de un tambor con tapa guillotina hasta la jaula que lo espera, en la casa de sus captores.

"Antes había que matarlos. Ahora podemos vendérselos a algún coto de caza, así que los atrapamos vivos", cuenta uno de los Gallardo.

"Leoneros" casi desde la cuna, Antonio y Andrés viven desde siempre en un sencillo rancho de ladrillo y barro situado en los campos que rodean al cerro Poitahué, a 40 kilómetros de Victorica. Es pleno oeste pampeano, un territorio inhóspito y cruel donde cada día es un desafío a la supervivencia.

En esta tierra sedienta, donde sólo crece el caldén, donde la agricultura es una utopía que hizo que muchos chacareros emigraran hacia los centros urbanos, los Gallardo se resisten a abandonar el caldenal.

Desde que, en 1944, su padre Raúl aprendió a reconocer en el monte los senderos secretos del puma y a escoger con acierto los lugares para sus trampas, soportan con estoicismo cada invierno, a la espera de los pocos estancieros que todavía intentan salvar sus terneros de las garras implacables del puma.

Desde los tiempos de la colonización, en el Oeste, ovejas y terneros jóvenes son carne fresca para los leones. Máximo depredador del caldenal y primo directo del rey de la sabana africana, el puma es la mayor amenaza para los rebaños.

"Ya no quedan ovejas. Antes había estancias con miles de madres, pero el puma las extermina", declaran, resignados, los pocos ganaderos que aún se animan a desafiar las reglas de la pampa árida.

Originariamente, la dieta del león americano se basaba en pequeños mamíferos, aves y roedores. Pero en el último siglo, a partir de la aparición de ganado ovino y vacuno en la zona de monte, la especie cambió rápidamente su hábito alimentario.

En este desierto, matar corderos resulta, para un león, la forma más fácil y segura de supervivencia.

Caer en la trampa

Aunque se encuentra entre las especies autóctonas protegidas por la ley provincial de fauna, el puma es uno de los azotes más fuertes que sufre la producción ganadera local.

No tiene predador natural y su caza está permitida todo el año. Pero ésta no es tarea fácil. Mimetizado con el paisaje y de hábitos nocturnos, es casi imposible verlo en el monte, aun para los baqueanos.

Raúl Gallardo, padre de los hermanos Andrés y Antonio, aprendió que para luchar contra el puma no hay nada mejor que las trampas.

Mató su primer león en 1944 y desde entonces desarrolló un oficio que le deparó una fama que, incluso, se extendió a San Luis y Neuquén.

Durante décadas, este paisano que hoy tiene 77 años se dedicó a matar pumas por encargo. "Nunca puse precio al trabajo. Pedía que se formaran juntas vecinales y ellos me pagaban con los fondos que juntaban. Tenía tanto trabajo que durante los inviernos prácticamente no paraba en mi casa", recuerda.

Eso, hasta que aparecieron los primeros cotos de caza y sus propietarios vedaron los accesos al monte.

"Me ponían demasiadas trabas. No podía seguir un rastro porque, cuando el puma pasaba a otro campo, había que pedir permiso para pasar. Y no siempre me lo daban", relata el viejo leonero, que se enorgullece de haber matado "tantos pumas que en la zona ya casi no quedaron ejemplares grandes".

Ahora, los pasos del viejo leonero encontraron continuidad en sus hijos. Pero la singular profesión corre riesgo de perderse para siempre y transformarse en anécdota. "Los chacareros son pobres y no pueden pagarnos el trabajo. Lo hacemos igual y nos quedamos con los pumas que atrapamos vivos, para venderlos en algún coto de caza", dicen.

Por lo general, el canje es desigual y poco equitativo a la hora de acordar con los que llegan al rancho de los Gallardo en busca de animales que no saben cazar: no pagan más de 200 o 300 pesos por un puma que luego les dejará varios miles, cuando algún cazador regrese a Europa con el cuero y la cabeza como trofeos.

De generación en generación

Los Gallardo viven en pleno monte, sin gas, agua corriente ni electricidad. Tienen un campo de 2250 hectáreas, en el que a duras penas se crían algunas vacas y unas pocas ovejas.

Con ellos viven también sus hermanos menores y un tío, solteros todos, tal vez por no encontrar mujer con quien compartir las constantes dificultades que propone el monte, tal vez porque no sería conveniente sumar más bocas a la familia.

Para llegar a su rancho hay que conducir por caprichosas y angostas sendas a través de campos salvajes, caldén y chañar, fachinal y jarilla, implacable tierra de cuarzo y arena, extraño y amargo paraíso que estos hombres se resisten a abandonar.

Antonio y Andrés no matan pumas: la posibilidad de venderlos en un coto de caza y obtener algún ingreso los obliga a esmerarse en la captura de animales vivos.

Un puma es capaz de matar un ternero de una sola dentellada o provocar heridas mortales de un zarpazo. Sin embargo, su caza no representa riesgos excesivos para un leonero experimentado.

Antonio Gallardo tiene 37 años y comenzó a rastrear pumas a los 18. "Conozco bien los caminos que usa el animal, y sus costumbres. El león anda solo, caza de noche y camina siempre por los mismos lugares. Es astuto; no hace ruido, no se ve", explica.

El cazador debe recorrer el monte palmo a palmo, para descubrir los sitios que frecuenta y colocar allí las trampas. Después, es cuestión de paciencia: "Cuando vuelve a pasar, el puma se entrampa, los perros lo acorralan y nosotros lo atrapamos con el lazo", detalla, con pasmosa sencillez.

Solitario como sus presas, facón en mano y flanqueado por sus dos fieles ovejeros, Antonio despide al visitante. Lo mismo hace el monte, con el caldenal que, al igual que los pumas, saluda con un rugido capaz de erizar la piel del más valiente.

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