
Los escultores que tallan sus obras en un bosque del Sur
Por Pablo Costa Enviado especial
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EL BOLSON.- Desde la espesura del bosque, plena de aromas y colores siempre cambiantes, viene con el viento un fragor de motosierras y golpes de hacha que hiere la quietud de la tarde en estas tierras patagónicas.
El caballo resopla sin importarle el ruido y sube con dificultad el sendero de polvo y piedras; sólo aspira a dar alcance al claro donde acaba su camino.
Ha sorteado un desnivel de 400 metros bajo un sol a pique, lleno de tierra el aire seco de la montaña, cargado con un jinete ansioso por ver qué ocurre, allá, en el bosque.
No es una tala, como ocurrió con dos tercios de los bosques del país, ni están sacando leña, como pasa luego de cada incendio en la cordillera. Ese tronar de astillas "es un canto de creación", sugiere Juan Carlos Toledo.
El y otros once escultores de la Patagonia se congregaron en las laderas del cerro Piltriquitrón, a 1400 metros de altura, en un intento por unir al hombre con la Tierra sumando su arte a la obra de la naturaleza.
Así surgió, hace un año, El Bosque Tallado, a instancias de artesanos de El Bolsón que quisieron crear un nuevo atractivo para los visitantes y enriquecer el patrimonio artístico de la comarca.
El lugar elegido fue un pequeño bosque de lengas, en lo alto del cerro gris que flanquea por el Este el valle donde descansa el pueblo.
Para llegar a él es preciso recorrer algunos kilómetros hacia el Sur por el asfalto y tomar luego el camino que conduce al refugio de montaña, reconstruido en mayo tras su incendio.
Luego de diez kilómetros, en un claro, termina el camino y arranca el sendero que puede cubrirse en 40 minutos, a pie, o en la mitad de tiempo, a caballo.
Los comienzos
Hace veinte años, un incendio afectó parte del bosque y dio por tierra con largos troncos sin ramas, que yacen dispersos entre la vegetación nueva.
Aquella vez, en ocho días de trabajo, trece troncos adquirieron formas sorprendentes. Y ya nunca los duendes del bosque volvieron a estar solos.
Ahora, una docena de ejemplares se sumó al original poblado de espíritus que pasaron a vivir en la montaña, y se convirtieron en uno de los principales atractivos de la región.
"Todo el entorno es tan fuerte, tan imponente en su simplicidad, que da respeto; cualquier cosa que se haga debe sólo acompañar la armonía del lugar", sostiene Eduardo Palací.
Neuquino, profesor de artes en técnicas variadas, trabaja la madera sin máquinas, sólo con la escofina en sus manos, mientras rumia el nombre que dará a su obra cuando llegue a incrustarla sobre una enorme piedra gris. "Fe; se va a llamar Fe", dice de pronto.
Los nombres no son una cuestión menor. Otro escultor, Rafael Roca, duda entre "El ángel caído" y "La dama alada" para llamar a la figura de troncos encastrados que, sentada sobre otra piedra, contempla la extraña congregación de esculturas.
Allí están los puños crispados que hace un año extrajo Hugo Vázquez de un tronco todavía hincado en la tierra, y poco más allá, su segunda obra: "El grito de la tierra"; es el torso de una figura humana que emerge del suelo con los brazos extendidos, las manos cerradas y un grito ahogado en la madera.
Esculturas con historia
Cada escultor se desnuda en su obra. El vientre suave que lija Juan Carlos Gómez ya se ha convertido en testimonio: su hija nació el martes y un mismo nombre sirvió de identidad a las dos obras: Valentina.
La semana de trabajo terminó, aunque el límite disguste a los autores. "Seguiría un mes dándole forma", asegura Nadia Guthman mientras lija su pieza, "Instinto".
Vázquez coincide. "Que no termine de gustar de lo que uno hace permite continuar insistiendo, mejorando. El conformismo mata al arte".
Pero ahora esas obras son del tiempo. Quedarán en un video, obra de Alejandro Arca, y se podrán ver en Internet, en www.elbosquetallado.com.ar. Las obras quedarán allí, como aquella extraña mujer de Angel Marzoratti, con los brazos hacia el cielo, inmune al tiempo que es de otros, custodia de una eternidad que reclama compromiso.
El resultado del esfuerzo y la creatividad de nuestros artesanos, más la belleza del entorno, suma una atracción para la temporada que se aproxima.
Llegará un día en que este bosque, con sus árboles y sus tallas, desaparezca. Pero aquella chispa indefinible que encendió el arte, ésa, nunca se extinguirá.




