
Los hijos de la crisis: el desafío de retornar a la propia tierra
Ya adultos, algunos de los chicos que se fueron con sus familias en 2001 vuelven a un país que apenas conocen
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Whan Cau So lloraba a gritos en la pantalla del televisor del comedor en la casa de su abuela. Agustina Fontana tenía cinco años y había pedido permiso para ver dibujitos, mientras esperaba que volvieran sus papás de trabajar, cuando se encontró con esa imagen. El hombre se agarraba la cabeza y se golpeaba el pecho, mientras le robaban hasta el árbol de Navidad del supermercado. Cuando la abuela se dio cuenta, Agustina ya había sido hipnotizada por la imagen. Lloraba, pero no podía dejar de mirar. Escenas de saqueos y enfrentamientos. Golpes. Policía. Muerte. Era diciembre de 2001.
Envuelta en el terror, esperó a que sus papás volvieran. Como la ciudad era un caos, la espera se prolongó hasta la noche. Cuando llegaron, les dijo que sí, que aceptaba: ella también quería irse. Agobiados por la crisis y la falta de perspectivas, sus padres, que tenían una empresa de mensajería, le habían dicho que se mudarían a Italia. Ella no quería. Pero las imágenes la hicieron cambiar de parecer.
Catorce años después, y tras pasar su infancia y adolescencia en Marotta, un pueblo de pescadores sobre el Adriático, Agustina vive otra vez en la Argentina. Como otros hijos que emigraron durante la crisis, enfrenta un desafío: cómo encarar una vida adulta en un país que apenas conoce. Es parte de la generación que no estuvo aquí la última década y que ha desandado los pasos de sus padres para descubrir su lugar.
Carla Pietto: "Yo siempre quise entender lo que pasó"

En 2001, Carla y su familia vivían en Resistencia, Chaco. Les habían entrado a robar dos veces y la tercera fue esa Navidad. Esa noche, el papá, ingeniero, tomó la decisión. La construcción estaba parada y había una posibilidad en Véneto, Italia. Durante sus días en el exterior, Carla siguió ligada a la Argentina mediante el estudio: hizo dos tesis (una sobre el peronismo, la otra sobre el sindicalismo argentino) y viajó al país para investigar. "Yo siempre quise entender lo que pasó. Quería entender cómo habíamos llegado a ser el país del que en 2001 nos fuimos. También quería conocer ese país al que sabía que volvería", dice.
Los niños de la crisis de 2001 hoy son adultos. Muchos de ellos han regresado con sus familias, impulsados por las dificultades parecidas que ahora golpean a Europa. Otros volvieron por decisión propia, con la inquietud de saber cómo sería construir una vida en un país que conocieron en fotos o durante breves períodos de vacaciones o en Navidad. Llegan supercalificados, pero se descubren a sí mismos como extranjeros en su tierra.
Se estima que unos 800.000 argentinos se fueron del país desde la crisis de 2001, según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). "Fue la mayor ola emigratoria de los últimos 100 años", confirma la demógrafa Susana Novick, investigadora del Instituto Gino Germani. España e Italia fueron los países más elegidos por los inmigrantes.
"Ésa podría ser yo", comentó Carla Pietto, de 26 años, cuando supo que Delfina Rossi, la hija del ministro de Defensa, había sido designada en el directorio del Banco Nación. "La diferencia es que yo no soy hija de..." Carla acumula títulos y posgrados cosechados en el exterior. Habla italiano e inglés, y a sus 26 años decidió volver al país que dejó cuando tenía 13 y al que siempre añoró, casi sin conocerlo. Hace seis meses regresó para probar suerte. Pero, cada vez que sale de una entrevista laboral, se siente desmoralizada. "Estás demasiado calificada", escucha. "Creo que es en el único lugar en el que eso significa una desventaja. Estoy dispuesta a trabajar de secretaria, a empezar de abajo, pero siento que ni siquiera tengo esa oportunidad", dice.
Después de haber financiado sus estudios en Milán y de vivir sola en Nueva York, en Buenos Aires se encontró compartiendo un departamento con su hermano y recibiendo ayuda económica de sus padres.
Hace dos años, ellos también decidieron volver. La crisis en Italia puso difícil las cosas. Se instalaron en Córdoba. Un año después, el hermano de Carla se mudó a Buenos Aires y, hace seis meses, ella siguió sus pasos. "¿Por qué volviste?", le preguntan. La respuesta no es fácil. "Siempre quise volver. Yo estudié y me formé pensando en eso. Había llegado el momento. Siempre pensé que la política no es la que soluciona las cosas; son las personas que viven en una sociedad quienes pueden hacerlo. Y volví. Pero me encontré con un país en donde hay intolerancia frente al que piensa distinto. Si decís algo, sos gorila o no sabés nada, porque vos te fuiste en la crisis. Como si irse hubiera sido una especie de traición. Me cuesta encontrar un lugar para mí", dice, y no descarta la posibilidad de volver a Italia.
Pese a haber anhelado tanto el momento del regreso, cuando Agustina Fontana volvió sintió que nada era sencillo. Estaba acá, pero extrañaba Italia, donde quedaron sus amigas de la adolescencia. En Marotta era "la argentina", pero en el colegio bilingüe de Martínez en el que la anotaron era "la tana". Se había quedado sin patria. "Me deprimí. Engordé diez kilos. Me pegó re mal", cuenta. Dos años y medio después, consiguió retomar el curso de su vida. Se cambió a un colegio italiano, bajó de peso y empezó a trabajar como modelo.
Julieta Moffatt tenía ocho años y su hermana Candela tres cuando Andrea Bragas, su mamá, una física que había conseguido una beca del Conicet, y Luciano, su papá biólogo, se fueron a Michigan un año antes de que estallara la crisis. Tres años después, les comunicaron a sus hijas que volverían a la Argentina por una propuesta del Programa Raíces, que impulsa el gobierno nacional para traer de regreso a científicos argentinos.
Agustina Fontana: "La vuelta me pegó re mal"

Cuando se mudaron al pueblo en la costa del Adriático, Agustina Fontana tenía cinco años. Su papá consiguió trabajo como obrero en una empresa de barcos. Poco después armó un emprendimiento que anduvo muy bien. Pero en 2012, la crisis golpeó la economía italiana y el regreso se precipitó. Cuando le propusieron volver, Agustina pensó en lo divertido que sería: las vacaciones, las navidades, todo lo que conocía de la Argentina. Pero después se encontró con que volver era más complejo: "La vuelta me pegó re mal". Tenía que redescubrir por sí misma ese país que ahora –de nuevo– era el suyo.
La adaptación no fue fácil: la más chica pasó seis meses sin decir una palabra en el colegio. Hoy, Julieta y Candela tienen 22 y 17 años. Una estudia biología; la otra, cine. "Fue una experiencia de vida muy enriquecedora y un buen aporte como científicos. Sin embargo, a la hora de decidir volver, nos planteamos si queríamos que empezaran el secundario en otro país, con todo lo que eso podría significar. Los hijos tienen mucho que ver en esa decisión de volver", confiesa Andrea, hoy directora adjunta del Departamento de Nanofotónica del Ministerio de Ciencia.
"Cuando los hijos llegan a la adolescencia, una gran cantidad de científicos decide volver -explica Águeda Menvielle, directora nacional de Relaciones Internacionales del Ministerio de Ciencia-. Los hijos pesan mucho en esa decisión. A esa edad se arman las redes y puede ser que después no quieran regresar. O que se enamoren y tengan hijos en ese país. Entonces uno acaba con hijos y nietos en Bruselas o Estados Unidos."
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