
Los mensajes de la mafia
Por Luis Moreno Ocampo (*)
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EL asesinato artero y alevoso de José Luis Cabezas implica la muerte de una persona y un mensaje para los que seguimos vivos. Si se hubiera simulado un robo, ocultado su cuerpo o simplemente se lo hubiera asesinado a sangre fría, podríamos engañarnos sobre el significado de lo ocurrido.
Pero el crimen fue acompañado de una puesta en escena que no permite dudas. No lo robaron, su máquina de fotos quedó a su lado; no tuvieron tiempo de preguntarle nada, no quisieron saber cómo trabajaba ni intentaron obtener algo de él; dejaron su cadáver con las esposas puestas para que todos supiéramos y lo quemaron para que el horror fuera mayor.
El mensaje es claro: somos la mafia, tengan miedo.
Tenemos que comprenderlo en su dimensión. No se trata de que hay un riesgo de que la mafia se instale en la Argentina. Ya están aquí.
En mi época de fiscal, entre 1987 y 1992, temía que tuviéramos entre nosotros algunos grupos de crimen internacional organizado. Las demandas de extradición más usuales eran los casos de mafiosos italianos que se escondían en nuestro país. El Estado italiano los juzgaba en ausencia y reclamaba que la Argentina se los entregara. Ellos se presentaban como abuelitos pensionados injustamente imputados y pedían que no se los enviara a un país donde se los había condenado sin respetar su derecho de defensa.
En 1995, los periodistas que acompañaban al grupo de fiscales italianos "mani pulite" me preguntaban cómo los habíamos invitado sin preparar dispositivos de seguridad. En Italia no se movían sin autos blindados o escoltas. Me enorgullecía decirles que la violencia organizada había sido desterrada y podían caminar libremente por Buenos Aires.
La combinación de crímenes y ausencia de pruebas es la trampa de la mafia. mente asesinado. En Sicilia se dice: "hablar de mafia significa encontrar las pruebas; si no se encuentran las pruebas, no se encuentra la mafia, y dado que la mafia nació para no dejar prueba, por lo tanto la mafia no existe".
Pese a todas las denuncias públicas sobre la existencia de mafias, los disparos al ex interventor del correo, las amenazas al fiscal Lanusse, los golpes a López Echagüe y Marcelo Bonelli, la muerte de Carlos Bonino, me negaba a admitir que la mafia estaba aquí. Pensaba que eran casos de violencia aislados y que la corrupción en la Argentina no era el crimen organizado, sino una forma indebida de hacer negocios. Se pagaban sobornos, pero no se cruzaba la línea de respeto por la vida.
El asesinato de Cabezas pasó claramente esa línea y quebró la paz.
La elección de la víctima y la ostentación del crimen anuncian que la mafia está y que se sienten con poder para amedrentarnos.
Las mafias más antiguas, las que no deben luchar para establecerse y dominar un territorio, cuando asesinan, lo hacen del modo más breve y menos riesgoso. Las estrategias dependen del contexto: el general Dalla Chiesa fue interceptado en la ciudad de Palermo y fusilado desde diversos ángulos; en cambio algunos mafiosos que colaboraron con la Justicia fueron estrangulados o envenenados por sus compañeros de celda..
Sólo en algunos casos particulares se dejan mensajes simbólicos para indicar el motivo. El juez italiano Giovanni Falcone, quien se dedicó a estudiar a la mafia para poder enfrentarla, explicó: "La mafia no es una agencia de noticias, ni un ente moral o religioso. Sólo trata que el mensaje llegue a quien debe reconocerlo".
Tres interpretaciones
Si comprendemos el código mafioso, el asesinato escandaloso de Cabezas tiene tres explicaciones posibles: la mafia tradicional mató a quien la molestaba y usa el crimen para prevenir que otros periodistas intenten hacer lo mismo, es una pelea interna para escalar posiciones o hay un nuevo grupo que intenta ocupar el espacio de la mafia tradicional. En los tres casos la herramienta es el miedo.
Mi trabajo me enseñó los peligros del miedo. El miedo paraliza. Nos declaramos impotentes y nos convertimos en impotentes. El espacio público queda para los violentos.
La respuesta al mensaje que nos enviaron asesinando a Cabezas es pedir justicia, no sólo para su caso, sino para todos los casos. La respuesta es generar una demanda política abrumadora de transparencia en la función pública y en particular, en la forma en que se designan y actúan los jueces, fiscales y policías.
El asesinato de María Soledad originó un movimiento social que no logró la condena de los asesinos, pero cambió definitivamente la resignación de una provincia. De la misma forma, debemos quebrar nuestra indiferencia o resignación porque un policía gane 500 pesos, o que se dicte una ley que politiza el Consejo de la Magistratura.
Creo que tiene razón el Presidente cuando dice que no se debe politizar el caso.Pero estoy seguro de que coincidirá conmigo en que tampoco se debe politizar la Justicia.
Admitir que el caso Cabezas, o cualquier otro caso, sea investigado por un sistema de justicia sin independencia y eficacia es consagrar la impunidad. El propio gobernador de la provincia admitió que la policía que de él depende y que debe investigar los hechos es uno de los grupos sospechosos.
No terminamos de comprender la importancia de esos temas en nuestra vida cotidiana. La mafia lo registra.
Un joven e inexperto fiscal que acompañaba a Falcone le preguntó a un capo: "¿qué es la mafia?" Los mafiosos no soportan las preguntas directas, son herméticos y desprecian a los funcionarios públicos, porque no tienen verdadera lealtad. El "capo", ignorando al fiscal y luego de un largo silencio, se dirigió a Falcone: "Es necesario cubrir un cargo en la Justicia. Hay tres candidatos. El primero es idóneo e independiente. El segundo es idóneo y tiene apoyo político. El tercero es un inútil. Cuando se nombra al tercero, eso es la mafia."
(*) Abogado. Ex fiscal de la Nación. Con la colaboración de Roberto de Michele.
El periodismo amenazado
Por Gregorio Badeni (*)
EL crimen aberrante perpetrado en perjuicio de un periodista nos plantea tres realidades. La primera es la insólita actitud de un funcionario al ofrecer una recompensa a quienes aporten datos que permitan identificar a los autores del hecho. Insólita, porque revela cierta ineficiencia de los organismos estatales específicos a tales fines y la necesidad de suplirla con el aporte de los particulares, descartando que el mismo no se hará efectivo dando cumplimiento a un elemental deber ciudadano. La segunda es la decidida condena popular y su firme exigencia a las autoridades para que cumplan con su obligación de dotar de seguridad a la convivencia social. Esa reacción espontánea revela, una vez más, la existencia en la sociedad de los anticuerpos naturales de rechazo a los desvaríos y comportamientos carentes de ética.
Profesión peligrosa
La tercera evidencia que el periodismo independiente es una de las profesiones más peligrosas por los riesgos que acarrea a quienes la ejercen. Su desempeño eficiente presupone la posesión de sólidos conocimientos, sensibilidad social, responsabilidad ética; intensa vocación porque la rentabilidad es poca; dedicación "full life" sin admitir feriados ni horarios, porque lo que hoy es noticia mañana es historia, y aceptar que son de alto riesgo las consecuencias en orden a la seguridad física. Con lamentable frecuencia ciertos individuos, entre los cuales figuran funcionarios y personalidades públicas, suelen agraviarse de las crónicas desfavorables sean o no verdaderas. Algunos lo hacen acudiendo a la violencia, como lo acreditan los innumerables atentados perpetrados impunemente contra los hombres de prensa. Otros, que se consideran más civilizados, acuden a los procesos judiciales buscando una venganza personal o su enriquecimiento patrimonial lavando con dinero el presunto honor afectado.
Sorprende que, pese a tales obstáculos, podamos disfrutar de una prensa libre. Es evidente que no obedece a un acto de los gobernantes, porque, a lo largo de estos años, ha sido sugestivamente manifiesta su ineficiencia para detectar los atentados contra la prensa y ciertos hechos delictivos y de corrupción de gran relevancia social. Si hay libertad de prensa, se debe al apoyo popular y a la valentía de los directores y trabajadores de prensa, que, a pesar de tales riesgos, los asumen sin incurrir en la autocensura violando su deber de informar al pueblo con amplitud y pluralismo. Esto lo reconoce la sociedad argentina para la cual, según recientes encuestas, la prensa tiene mayor credibilidad que un funcionario del Poder Ejecutivo, un legislador, un juez o un policía.
Los periodistas, con el realismo o la ingenuidad de cualquier ciudadano, creen que, en última instancia, su labor será protegida por la fuerzas policiales y los jueces. Muchas veces es así, y afortunadamente, cada vez con mayor frecuencia. Sin embargo, subsisten resabios de la cultura autoritaria bajo el amparo de la indiferencia o falta de idoneidad de las fuerzas de seguridad y algunos magistrados, que inducen a condenar a todo aquel cuyo pensamiento difiera del que alberga el autócrata.
Seguridad jurídica
La defensa más elemental de todo ciudadano en una democracia constitucional reside en el Poder Judicial y en su auxiliar inmediato que es la fuerza de seguridad. Confía en la justicia que debe emanar del mismo y en la conducta flexible y tolerante de sus miembros, a la vez que firme y certera. Si tal garantía no existe porque los fallos son arbitrarios o porque las fuerzas de seguridad son inoperantes, impera la más absoluta inseguridad jurídica y desprotección para los bienes, valores y libertades de las personas. El homicidio de Cabezas no es solamente un atentado contra el periodismo, sino también contra todo individuo que aspire a ejercer libremente su derecho a expresarse por los medios o a ser informado, sin restricciones ni censura, por la prensa libre. Es un grave agravio contra la libertad y, por ende, contra el sistema político establecido por la Ley Fundamental. Es un punto de retroceso en el curso del afianzamiento de las libertades humanas que revela, una vez más, la inestabilidad de un estilo de vida democrática en el país y la insuficiencia de los esfuerzos gubernamentales para evitar tal corolario.
Las especulaciones teóricas sobre la libertad pueden ser infinitas, pero es un hecho indudable que la subsistencia de la democracia constitucional está condicionada por la vigencia de una libertad estratégica: la libertad de prensa. Cuanto más plena sea esa libertad y las garantías para ejercerla, mayor será la intensidad del sistema de vida democrático y menores las posibilidades para que el hombre deje de ser el centro de la historia universal, para transformarse en un simple medio puesto al servicio de algún oscuro objetivo que no se compadece con los elementos configurativos de la dignidad humana.
(*) Profesor de Derecho Constitucional.
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