
Los travestis
Me divierte Animales Sueltos, el programa de Alejandro Fantino. Me gusta el contrapunto de un tipo con calle (Coco Silly) con un coreógrafo de la galaxia gay como Flavio Mendoza, de gran picardía en el diálogo, que se ríe de sí mismo y de los demás. Me seduce la presencia de Pamela David, una de las mujeres más monas de la escena nacional. Siempre hay lindas invitadas (desde Mónica Farro hasta Denise Dumas) y personajes inteligentes como José María Muscari.
Fantino reparte el juego. Profesor de tenis, aficionado al jazz y amante del fútbol. Por lo tanto, un tipo educado. Maneja como pocos el medio tono: mitad en broma, mitad en serio.
En la búsqueda de temas picantes y adultos, algunos periodistas del equipo han salido a caminar la noche, cámara en mano, acompañados de Mendoza y David. Me tocó ver el pequeño documental sobre los travestis, grabado en unas calles que parecían ser de Córdoba, Mar del Plata y Buenos Aires. Allí, los espectadores pudieron anotar algunas informaciones útiles, que vienen a llenar los vacíos de nuestro conocimiento.
Para los que no lo hayan visto, me permito destacar algunos momentos que me parecieron reveladores, y agregaré algún comentario de mi parte.
- Lo digo bien claro para que lo entiendan todos. Y que no queden dudas. Todas las travestis, todas las que estamos en este trabajo, somos activas y pasivas. Sí, activas y pasivas. Las dos cosas. Y cuando digo todas, somos todas. (Dicho por una aparente mujer de 1,80 m. y cuerpo robusto)
- ¡Los chicos que cuidan a las travestis se están peleando a trompadas con un señor! (Dicho por Flavio Mendoza con fingido horror. Flavio sabe perfectamente que no existen "chicos que cuidan" ni "ángeles guardianes" en la noche, sino agentes de choque de una industria brava. Pueden ser patoteros, barrabravas, "batatas" o sicarios, pero nunca "chicos que cuidan")
- Acá, en esta zona, está todo bien con los travestis argentinos. Si son extranjeros, está todo mal. Por ejemplo, a los travestis peruanos los sacan. ¿Quién los saca? Nosotras no. Pero un día aparecen y al día siguiente, no están más. (Dicho, entre guiños, por una chica de la calle, confirmando que el negocio está manejado por una organización de hierro, que no vacila en discriminar, reprimir y expulsar violentamente a la competencia)
- ¿Se quisieron abusar de vos? -pregunta, a su turno, Pamela David-. Sí, un tipo. Estaba sacado. No borracho, no drogado, un tipo sacado. Me quiso maltratar. En fin: lo tuve que cagar a trompadas... (El travesti inclina la frente, dejando escapar la risa, sobre el hombro delicado de Pamela, y vemos que es un tipo de dos metros)
- ¡Estoy harta de buscar trabajo! Ya fui a miles de oficinas. Pero no hay nada que hacer, te discriminan. A mí me miran raro desde los 14 años, cuando me puse las lolas. Voy a las empresas, me presento y me dicen: dejá tu curriculum, ya te vamos a llamar. Y cuando el tipo te lo dice, te das cuenta de que no te van a llamar nada. (Dicho por una travesti, que ignora la odisea de todos los otros argentinos, a los 20, a los 30 y sobre todo a los 50 años, cuando se trata de conseguir un empleo. A todos les pasa lo mismo. No es discriminación...¡Es que no hay trabajo!)
- ¡Yo no soy una bruta cualquiera, yo tengo estudios! Hice todo tipo de cursos. Incluso estudié Pedagogía Social... (carrera inexistente, que yo sepa, aunque todo puede ser)
- ¿A vos te persigue la policía? -pregunta frontalmente uno de los entrevistadores-. Acotemos al pasar que, en todo el mundo, el negocio de la prostitución se cree asociado a la tolerancia policial o municipal. Tanto en hombres como en mujeres. A veces, los agentes del orden, por indicaciones superiores, pueden marcar un poquito los límites, y nunca falta un cabo desfachatado, o un sádico con gorra y chapa.
- ¿Cuanto ganás en una buena noche? - pregunta, nuevamente, Pamela David-. Responde la travesti: "Una buena noche, para mí, es con un solo cliente. Otras te dirán que diez tipos de cien pesos, pero para mí es un solo cliente. Unos 1.500 pesos de base. Sí, de base, porque una vez que la noche empieza, el reloj corre, y el tipo pide otras cosas, y siempre hay otros precios..." (Confesión de que se aprovecha el desamparo de los tipos que contratan este servicio)
- Yo les hablo así, con voz de nena: ay mi amor, cómo te va, a donde me vas a llevar, qué querés de mí...¿Entendés? Para que se calienten. Porque si les hablo así (y vuelve a su voz verdadera de hombre) Hola flaco, qué haces...¡No se calienta ninguno! (Confesión de que todo el negocio es simulacro, teatro, tal vez arte)
- A veces hay tipos que no quieren tener sexo. Son hombres que toman drogas y tienen miedo de sentirse mal. Entonces te invitan al hotel, y te quedás a acompañarlos sin hacer nada. (Travesti paramédico, acompañante terapéutico de los adictos).
Todos estos apuntes vienen a confluir en un hecho. Los travestis son hombres travestidos, como la palabra lo indica: hombres vestidos de mujer, trans-vestidos. Y feminizados con pechos de silicona, depilación, hormonas y colágeno. Pero conservando la musculatura, los genitales y la energía de un hombre. De este modo, pueden emplear sus órganos naturales en el juego sexual. Es decir, son hombres que se prostituyen con otros hombres. No tiene nada de malo: es la vida.
¡Hoy día, los varones pueden casarse entre sí! De manera que...¿Por qué no iban a tener sexo, con plata o sin ella de por medio? Además, un hombre siempre es de cuidado a la hora de los "malos tratos" y los "abusos", porque -aunque vestido de mujer- él también pega trompadas y patadas.
En estas conversaciones de trasnoche, constantemente, se pronuncia la palabra "normal". Pero ya nos han notificado hace rato que, en el mundo real, nada es normal. Cada uno hace lo que le gusta.
La pregunta es: ¿Por qué disfrazarlo de otra cosa? ¿Por qué jugar a la víctima perseguida cuando uno se está ganando la vida como puede?
No sólo los travestis no son abusados, sino que su misma actividad (la prostitución masculina, pura y dura) constituye frecuentemente un abuso. La oferta de sexo en la vía pública está reglamentada, de modo restrictivo, por la legislación. Hay unas horas establecidas, unas distancias mínimas respecto de escuelas o templos. Todo esto se viola, diariamente. Cuando los travestis ocupan una calle, los vecinos (únicas víctimas verdaderas, que con sus impuestos pagan el salario de alcaldes, concejales, policías e inspectores) huyen despavoridos. Ponen en venta sus casas, cuyo valor de mercado baja vertiginosamente, hasta llegar a cero en seis meses. Nadie quiere esas casas. Ocurre que a veces hay gente practicando sexo oral en los vestíbulos, profilácticos en la vereda, riñas de borrachos a la madrugada. ¿Quién quiere vivir en esa cuadra, donde el policía mira para otro lado y los inspectores nunca llegan?
Este es el aspecto ingrato de la cuestión, que se evitaría habilitando una "zona roja" legal y formal.
Este tema, entre bromas y transgresiones, quedó sugerido gracias al buen trabajo de mis colegas. Si bien Pamela David y Flavio Mendoza no son técnicamente periodistas, desempeñan con gran solvencia la función esencial de nuestro oficio. Preguntar. Nosotros somos un vehículo para que determinadas personas, a las que hemos elegido, cuenten su vida y expresen sus pensamientos. El espectador recibe este mensaje y lo digiere. Después, juzga.
Con humor y una gota de picardía, el equipo de Fantino viene a revelar ciertas realidades sin declamar una "valiente denuncia". La misión se ha cumplido, sin discursos heroicos. Acercándonos la palabra (y la cara) de otras personas. Una noche con la cámara al hombro, haciendo preguntas y escuchando las respuestas.
Ninguno de los reporteros cayó en la tentación de pronunciar un discurso sobre el asunto. No siempre es necesario opinar genialidades sobre las cosas que pasan.
A veces, como dijo el general Perón, hay que tragarse el sapo. Mostrar lo que sucede y permitir que los hechos hablen solos. En cuanto a la prostitución masculina, tampoco es una novedad. Ha existido siempre, desde el amanecer de los siglos.
Tal vez sea hora de mostrar a los lobos, sin disfrazarlos de corderitos.
Esto de la noche es, ante todo, un negocio.
Debemos fingir que nos horrorizamos. Nos sorprendemos. Nos caemos de culo. Muy bien: ya está hecho. No es la primera vez que uno hace como que no ve una vaca en un baño, ni será la última. A lo mejor podría apuntarse que esta nueva profesión de hombres travestidos ha expulsado del mercado a la vieja y querida prostituta mujer. Que no era una buena chica (al menos para papá y mamá) pero al menos era una mujer con olor a mujer, gusto a mujer y genitales de mujer. Dicho sea con todo respeto.
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