Luciano Guyot: "Estar en la cárcel es lo peor que te puede pasar"

Lucho, en el jardín de la casa en la que vive con su novia, en Moreno
Lucho, en el jardín de la casa en la que vive con su novia, en Moreno Crédito: Diego Spivacow/AFV
Vivía en San Isidro, iba a colegios privados y jugaba al rugby en el CASI, hasta que cayó en la delincuencia y en la droga; estuvo siete años preso; acaba de salir en libertad
Carlos M. Reymundo Roberts
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20 de abril de 2019  

Esquiva, sorprendente, brutal, la vida de Luciano Guyot es propia de una trama de ficción. Miembro de una tradicional familia de San Isidro, estudiaba en colegios privados y jugaba al rugby en el CASI. Hasta que un día, cuando tenía 13 años, empezó a juntarse con un grupo de chicos que vivían entre la marginalidad, la droga y la delincuencia. Poco después, ya era de la banda.

Alternaba amigos del colegio San Isidro Labrador, del club y de una villa; estudiante y deportista de día, habitué de submundos por la noche. Varias veces fue detenido. La última, a los 24 años, tras un robo a mano armada en un departamento. Lo condenaron a siete años de prisión.

En 2016, cuando fue trasladado de un penal de Campana a la Unidad 48, de San Martín, se sumó a Los Espartanos, el movimiento que promueve la práctica de rugby en las cárceles como escuela de valores e instrumento de transformación personal. Su vida pegó un nuevo giro. Se convenció de la necesidad de cambiar.

Lucho Guyot tiene hoy 32 años y hace algo más de dos meses salió en libertad. Se fue a vivir a la casa de su novia, Yolanda, empleada doméstica, en Moreno. Allí, en una casa pequeña a la que le faltan pisos y revoques, recibió a LA NACION. Habló de lo que significa para él estar libre y de las penurias de siete años entre rejas. "La cárcel es lo peor que te puede pasar".

En la celda que ocupaba en la Unidad 48, de San Martín, hasta fines de febrero
En la celda que ocupaba en la Unidad 48, de San Martín, hasta fines de febrero Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

-¿Cómo fue salir después de tantos años?

-Uh, fuerte. La noche anterior fue terrible. Me desperté 20 veces. Me levanté a las 7, apenas abrieron el candado de la celda. Me lavé la cara, los dientes, tomé unos mates. Después empezaron a aparecer otros chicos, que obviamente sabían que era mi último día. Gran charla. Y cuando ya me estaba yendo, a eso de las 11, me despidieron con gritos, abrazos, golpeando las puertas. Ahí lloré.

-¿Quién te esperaba afuera?

-Yuli [Yolanda], mi novia.

-¿Ella sola? ¿No estaban tus padres, tus hermanos?

-Querían ir, pero yo había decidido que me fuera a buscar ella. Fue la que más me bancó estos últimos años. Me la presentó otro interno y siempre me venía a visitar, me traía comida. El abrazo que nos dimos cuando salí fue lo mejor que me pasó.

Fuente: LA NACION - Crédito: DIEGO SPIVACOW / AFV

-¿En ese momento te prometiste algo así como "juro que acá no vuelvo nunca más"?

-Lo primero que dije fue: "Gracias, Dios". Tenía mucho para agradecer: salí sano, salí entero.

-¿Adónde fueron con Yolanda?

-A la casa de mi viejo, en San Isidro. El reencuentro fue muy lindo, muy zarpado. Estaban también mis dos hermanos varones [tiene otras dos hermanas] y la novia de mi viejo. Me esperaban con unas terribles milanesas de pollo. En la cárcel comíamos milanesas, pero obviamente no eran lo mismo.

-¿Qué cosas disfrutás más en estos días?

-Todo, incluso lo que antes me molestaba. Me subo a un bondi y lo disfruto. Disfruto muchísimo caminar, salir al patiecito de mi casa a tomar mate. Puedo estar horas ahí, mirando los árboles, el verde, el sol... Disfruto el olor a pasto recién cortado. El aire, la naturaleza. La cárcel es un bloque de cemento. Esto que estoy viviendo no lo cambio por nada.

-¿Qué fue lo que más te llamó la atención desde que saliste?

-Que todo el mundo está pendiente de su celular. En la calle, en los colectivos. Es impresionante. Los chicos prefieren jugar con los jueguitos de los teléfonos que a la pelota.

-En las cárceles también hay muchos celulares.

-Es cierto. Pero periódicamente hacen requisas. Unos días antes de salir hicieron dos y se llevaron todos. Bueno, el mío no. Lo puse en una mesa debajo del mantel y con un libro arriba. ¡Dieron vuelta la celda y no lo encontraron! [se ríe]. Cuando te quedás sin teléfono te querés morir: es el contacto con el mundo exterior.

-¿Qué otra cosa te sorprendió?

-Los precios. Eso me volvió loco. Por ejemplo, fui a comprar una Seven Up chica y me costó 50 mangos. Cuando caí preso, costaba 5. Y así todo. ¡Hay billetes de mil!

-¿Fuiste al CASI, tu club?

-No, pero ya voy a ir. Muero de ganas de jugar al rugby. Espartanos que están en libertad suelen hacer partidos, así que estoy esperando eso. Lo que extraño de la cárcel es el rugby.

-¿Vivís en Moreno por Yolanda, o además quisiste poner distancia con tu vida anterior?

-Las dos cosas: me encanta estar con ella y además está bueno que acá no me conozca nadie. En San Isidro tengo un pasado... Me venía bien cambiar de ambiente.

-¿Qué era lo que más extrañabas de la vida en libertad?

-Todo. Hasta las cosas que antes me molestaban o no tenía en cuenta. Por ejemplo, en la cárcel no escuchás un pájaro. Acá, los escucho y es una bendición. ¡Y la cama! Me parece súper suave y gigante. Yo últimamente dormía en el piso, en un colchón que te da Penitenciaría, que ya no son de gomaespuma porque se pueden prender fuego. Te dan unos ignífugos que te rompen la espalda. Ahora llega la noche y disfruto sabiendo que me voy a acostar en mi cama.

Fuente: LA NACION - Crédito: DIEGO SPIVACOW / AFV

-¿Planes? Por ejemplo, completar la secundaria.

-Por ahora, la prioridad es trabajar, porque queremos terminar la casa.

-A muchos de los que salen de la cárcel les ofrecen volver al mundo del delito. ¿Te pasó?

-Todavía no. Me ayuda que acá no me conoce nadie. También tiene que ver la vida que hacés: si estás en la noche, en la joda, en la droga, se te presentan las oportunidades. En cambio, si llegás a dormir a tu casa temprano, si estás lejos de ese mundo, nadie te va a proponer ir a robar. Yo no quiero ni aparecer por los lugares que antes frecuentaba. Recibí algunos mensajes, tipo "eh, Lucho, qué onda, por qué no venís", y no les di bola. Es el pasado al que no quiero volver.

-¿Tuviste una charla a fondo con tu familia después de salir?

-Ya sé qué me van a decir: que no cometa los mismos errores. Tengo 32 años y sé perfectamente lo que está bien y lo que está mal. Me tuvo que pasar esto para darme cuenta de que la vida es más linda, la vida no es vivir de noche y hacer cagadas.

-¿Estás trabajando?

-Estuve yendo a la casa de un cura divino que cuando se enteró de mi historia por la nota que salió en LA NACION [el 17 de febrero] me llamó para que hiciera unos trabajitos. Pero estoy buscando laburo.

-Hablemos de tu vida en la cárcel. ¿Qué fue lo peor?

-Muchas cosas. No poder estar solo. Nunca. Siempre tenés gente encima. Necesitás tu momento de paz, de silencio. El problema es que no hay espacio. En una celda que fue hecha para dos vivíamos seis. En verano es una tortura. Yo llegué a estar solo en una celda hace tres años, pero enseguida se fue superpoblando el pabellón. Tuvimos que hacer refacciones, poner camas arriba, incluso una arriba de la ventana. Otro duerme en el piso. Un desastre.

-¿Cuánto tiempo están dentro de la celda?

-Teóricamente, entre las 6 de la tarde y las 7 de la mañana. Pero a medida que iban metiendo más gente en las celdas, pudimos negociar que nos engomaran [cierre de puertas] más tarde, a las 8 de la noche. Estar ahí seis tipos encerrados durante 12 o 13 horas es una locura.

-¿En qué penal la pasaste peor?

-En la Unidad 2 de Sierra Chica [Olavarría]. Ahí estuve casi la mitad de mi condena. Es un régimen nazi: tenés 23 horas engomado y solo una de patio. Y si te ven un poquito de barba, no salís. La pasé muy mal. Sobre todo, cuando estuve en los buzones [celdas de aislamiento]. Doce días. La peor experiencia de mi vida. No podés salir ni hablar con nadie; la comida es muy mala. Solo tenés un colchón y una manta. Y una ventanita pegada al techo. Me la pasaba llorando y hablando con Dios.

-¿Por qué te mandaron ahí?

-En una requisa me descubrieron una faca. Me la había dejado un pibe que iba a ser trasladado.

-¿Para qué querías una faca?

-Para protegerme. Era un pabellón con muchos pibes que estaban en tránsito, y entonces entraba y salía gente todo el tiempo. Era habitual que hubiese robos y otras cosas.

-¿Cuánto tiempo tardaste en adaptarte a vivir en una cárcel?

-Dos o tres meses, calculo. Te adaptás o te adaptás, no hay otra. Hay pibes que no lo soportan y se terminan suicidando.

-Y vos, ¿nunca lo pensaste?

-Nunca.

-¿Te jugó en contra que fueras, digamos, un cheto de San Isidro?

-Sí, obvio. Me pasaba al principio, y entonces, si tenía que parar a alguien y pelear, peleaba. Después se fue convirtiendo en una joda y estaba todo bien. No me molestaba. Yo no reniego de dónde soy.

Fuente: LA NACION - Crédito: DIEGO SPIVACOW / AFV

-¿Esa cultura tumbera que se ve en el cine o en la televisión, de caos, violencia, droga, es real o está exagerada?

-Ya no es tan así. Pasan cosas, hay droga, hay peleas, pero hoy las cárceles son mucho más tranquilas. La tecnología fue fundamental. Los celulares te permiten estar conectado todo el día con tu familia, tus amigos..., distraerte, entretenerte, y no estar al pedo todo el día. Estar al pedo es muy peligroso. Las cárceles son otras desde que hay celulares.

-Pero están prohibidos y los requisan.

-Sí. Igual, ojo: a los tres días esos celulares están a la venta.

-¿Los mismos penitenciarios se los venden a los presos?

-Los vende un preso que trabaja para ellos. Le pagan una comisión.

- ¿Cómo es la comida?

-Pésima. Si no tenés visitas, alguien que te lleve comida, te cagás de hambre. Penitenciaría te da, por ejemplo, un pedacito de carne con cinco papitas, y entonces le agregábamos lo que nos llevaban en las visitas: fideos, papas, cebollas. Si no, la pasás muy mal.

- ¿La comida es mala y es poca?

-A veces es mala y es poca, a veces es buena, pero poca. Nunca es mucha y buena.

- ¿Y el sistema de salud?

-Otro desastre: vas con una puñalada y te dicen que te tomes un Tafirol. Tenés gripe, tuberculosis: Tafirol. Sanidad es lo peor de las cárceles.

En la celda que ocupaba en la Unidad 48, de San Martín, hasta fines de febrero
En la celda que ocupaba en la Unidad 48, de San Martín, hasta fines de febrero Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

- ¿Intentaste escaparte?

-Lo pensé, pero nunca llegué a intentarlo.

- ¿Qué fue lo mejor de la cárcel?

-El pabellón 8 de la 48, donde estuve los últimos tres años. Es el corazón de Espartanos. Un pabellón modelo: no hay robos, no hay merca, no hay facas, el que levanta una mano se tiene que ir, se juega al rugby, se respetan los valores del rugby. Es un club: Espartanos Rugby Club.

- ¿Hiciste amigos ahí?

-Sí, claro. Hay muchos buenos pibes. No son todos hijos de puta, como la gente cree. La mayoría están arrepentidos de las cagadas que se mandaron. Hoy quieren jugar al rugby, laburar. Ser otras personas. Lo que me pasó a mí. Espartanos me dio la oportunidad de cambiar y lo hice.

¿Tenés miedo de tentarte y reincidir?

-No. Reincidir me puede llevar otra vez a la cárcel, y estar en una cárcel es lo peor que te puede pasar.

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