Marta Minujín: "Tengo 25 años. Me quedé ahí, en los 25. Me siento mejor con la gente joven a la que le gusta el arte"

Diana Fernández Irusta
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24 de noviembre de 2014  

La galaxia Minujín es multifacética. No se cansa de dejarlo en claro su principal habitante: Marta, la artista pop, la delirante más cuerda, la ególatra más generosa. Mujer dura cuando se calza sus eternos anteojos negros; vulnerable -o chispeante o sabia-cuando baja el mentón, sube las cejas y mira por sobre el marco de las lentes. Su gran amor del momento es Lobo de mar, la enorme estructura que realizó para el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata, inicialmente recubierta de envoltorios de alfajores, y ahora vuelta a revestir con 40.000 piezas de metal. "Es como la esfinge de Egipto", dice la pionera del arte multimedia, la chica que en los años 60 alteraba el ritmo de la calle Florida con su desparpajo hippie y que luego rompería, con obras de arte efímero y vocación universalista, el marco a veces restrictivo del arte contemporáneo.

Crédito: Julián Bongiovanni

Señora casada hace unas cinco décadas, madre de dos y abuela de seis, la Minujín es, a los 71 años, una figura pública que sabe cómo erigir una muralla de amianto alrededor de su intimidad. También es una tromba difícil de retener en una entrevista. "¿Terminamos? Tengo que trabajar", dice cada tanto. Pero sigue hablando. Y se deja fotografiar, aunque hubiera preferido que no. Y muestra los recovecos del taller que armó en San Cristóbal, dentro de las paredes de la que fuera su casa de infancia. "Te parecés a Alejandra Pizarnik", lanza, inesperadamente, a la cronista. Un cordel. Una línea de simpatía que hay que tomar. Aunque la mujer sin edad que tenemos delante sabrá elegir cuál de sus rostros, finalmente, mostrar.

-¿Con los periodistas, es amor y odio?

-Es que todo el tiempo llama alguien que quiere una entrevista. Cada vez más. Demasiado. Al mismo tiempo, ocurre una cosa muy rara: estoy por hacer mi autobiografía, y otro libro grande, que se va a llamar Marta Minujín por Marta Minujín a través de los medios. Como desde la adolescencia estoy en los medios?

-O sea que estás en un período más bien introspectivo.

-Crear, crear y volver la mirada al pasado. Es una etapa de revisión que mucho no me gusta. Pero me doy cuenta de que es necesario que lo haga, porque mi experiencia le puede servir a la gente. Ver que alguien puede hacer cosas absolutamente increíbles, simplemente por la fuerza de querer hacerlas.

-Cuando mirás hacia atrás, ¿qué es lo que más te cuesta ver?

-Lo más duro es la infancia y la adolescencia. Hasta que descubrí que mi vida era el arte, fue terrible. Yo me creía Van Gogh, que se quería suicidar? Era chica y admiraba a los varones porque tenían otra libertad. Aunque lo logré sola: me casé a los 16 años -falsifiqué la partida de nacimiento, el documento, todo- y me fui de casa. Pasaron cosas trágicas, se murió mi hermano? esa parte es fea. Era la casa de arriba, allá [señala el primer piso del edificio donde funciona su taller]. No voy nunca.

-Anoté una frase que subiste a tu cuenta de Twitter: "No acepto las sillas cómodas ni las comidas tibias, seguramente masticadas. Voy herida por una flecha de la libertad".

-Tengo más.

-Es hermosa.

-Las otras frases son mejores.

-¿Qué edad tenías cuando la escribiste?

-20 años.

-Sola en París.

-Sí, sola. En un taller como éste, sin baño ni calefacción. Para ir al baño bajaba las escaleras, corría a la esquina. Para bañarme, iba a los baños turcos. Sin embargo, ahí hice toda mi obra. Caminaba, me encontraba con Alejandra Pizarnik, ella siempre estaba con Ítalo Calvino, Octavio Paz, André Pieyre de Mandiargues, que era un surrelista, Julio Cortázar... Alejandra era mi mejor amiga.

-Tremendo mundo, el tuyo.

-Siempre tuve un mundo interior brutal, me sale así. Pero en ese momento lo vivía más, porque estaba con Alejandra. No tenía nada de plata, me arrastraba por las calles, arrastraba los colchones. Cuando llegue a París creí que me moría.

-¿Qué distancia hay entre esa chica y la mujer del presente?

-No creo que mucha. Sigo rebelde, terrible.

-¿No te dan, a veces, ganas de abrazar a esa Marta tan joven?

-No, porque era bien terrible. De mi familia no quería saber nada. Siempre pensé que no tenía familia, que era de otro planeta. Lo sigo pensando. Salvo con la familia que yo he procreado, aunque tampoco tiene mucho que ver conmigo. Tengo hijos, nietos, los adoro. Pero me siento diferente.

-¿Un desafío, la continuidad de los afectos?

-Lo del amor eterno, lo pensé? como que el arte y el amor son iguales. A mí me pasó con mi marido [el economista Juan Carlos Sabaini]. Es una pasión irracional. Como estoy tan metida en el arte, me dije: "Voy a estar con esta persona, no me voy a distraer con otros". Es un poco así: concentración en lo que uno tiene adentro y lo que tiene que dar. Porque vos pensá que Van Gogh no quería relacionarse con nadie, porque si lo hacía perdía su tiempo metafísico. Así que tuve la suerte de encontrar una persona con la que puedo estar sin tener nada que ver. A él le gusta sentarse a la mesa, comer? A mí no; rechazo las invitaciones a cenar, no me gusta Cariló, no me gusta Punta del Este. Odio los valores burgueses.

-¿No se complica lo de odiar los valores burgueses si participás en el mundo del arte actual?

-Ay, sí, el arte está burgués. Muy burgués. En los 60, nadie quería vender nada, nadie tenía un centavo? Yo le decía a Romero Brest: "Los museos y las galerías han muerto". Por eso después, por muchos años, las galerías no quisieron saber nada conmigo. No vendía nada. Pero me saqué 17 becas. Me presentaba, ganaba y con eso vivía. Mal, pero vivía.

-¿Y cómo vivís ahora? ¿Te preocupa la inseguridad, por ejemplo?

-Por ahora, vengo zafando. Leo todos los diarios. Me parece horrible, pero bueno, me cuido, estoy alerta. Una vez, en los 60, me asaltaron muy feo en Nueva York, cruzando el Central Park. Muy mal. Con navajas. Nos robaron todo. A las siete de la tarde; yo iba con Bebe, mi marido. Eran tres portorriqueños; amenazaron violarme y Bebe trató de defenderme. Hasta ahí, todo había sido en inglés, pero cuando vi que él me quería defender, le grité en español: "¡No, por favor, te van a matar!". Cuando me escucharon hablar en español? nos dejaron ir. Salimos del Central Park sin un peso, y nos encontramos en el suelo una pulsera Tiffany de oro. La empeñamos durante años para poder vivir. Magia.

-¿En qué creés? ¿La magia? ¿Dios?

-Creo en un orden superior de síntesis y en los planetas, el universo. No los astros, eh, otra cosa. Y creo en el arte, que es mi religión, mi protección. Pensá que yo voy a cualquier lugar, hago un dibujo y me puedo ganar la vida. Un dibujo, un mural, y ya tengo hotel gratis... Creo en la fuerza del pensamiento. Tengo una fuerza, pienso el deseo y se hace el milagro.

-Tremenda energía.

-Tremenda. Pero si no trabajás se te puede volver en contra. Demasiada energía, una energía abstracta que tengo, que si no la canalizo en las obras? Yo creo que me voy a morir así. Haciendo obra.

-¿Cuesta pensar en la muerte?

-Sí, pero miralo a Polesello. Estaba recontra vivo y se murió. No me gusta que se haya muerto. Era mi amigo. No debiera haberse muerto; para mí que fue un error. Lo mismo que Federico Peralta Ramos. Amigos. Ahora no quedan tantos que hayan vivido aquel happening, aquellas épocas.

-Siempre van a quedar las obras.

-Después de la muerte no te das cuenta de nada. Pero podés dar un ejemplo de vida. Por eso la idea de hacer una autobiografía: vengo de donde vengo, ¡y un día hago un lobo marino de alfajores de metal! Es increíble haber convencido a una empresa como Havanna para semejante delirio. ¡Logré meter a la empresa dentro de la obra! ¡Le hice producir 40mil alfajores de metal! Ahora lo mirás y tenés que ponerte anteojos oscuros, porque es tan brillante y dorado... Un lobo que encandila.

-¿Un faro?

-¡Sí! Va a brillar.

-Vos también funcionás un poco como faro; eso pesa, ¿no?

-Es cansador. La paso mejor en Nueva York o París, sola. Trato de viajar. Acá es todo muy estricto.

-¿Y con esta época cómo te llevás?

-Me siento genial. Los años 70, 80, 90, no me gustaron. Me gustó el 2000: la velocidad de la información.

-Se te ve en las redes. Pero alguna vez cuestionaste la falta de profundidad de mucho de lo que circula por Internet.

-Y, lo que yo leía cuando era chica no tiene nada que ver con esto. Hesse, Joyce, Miller, Kerouac. Sartre, mucho Sartre. Hegel.

-¿Qué leés ahora?

-Releo. ¡A los 20 años había leído todo! Iba como oyente a la Facultad de Filosofía, a la de Arquitectura. No quería estar en mi casa. Aún hoy no quiero estar en mi casa. Soy homeless. No tengo casa; tengo taller. Pero acá no podés dormir, porque casi no hay baño, no hay agua caliente?Tampoco cocinar. Sólo hay una pava eléctrica. Homeless. Me gustan los hoteles. Viviría siempre en un hotel.

-Pero tu hogar es éste.

-No te creas, esto es taller de trabajo. Yo creo que mi hogar está en la vía láctea, en otro lado. No lo encontré aún.

-¿Y qué decir de tus nietos?

-El más grande tiene 20 años; el más chico, uno. El otro día llevé una rayuela -de las que hice en París, en el homenaje a Cortázar- a la escuela de uno de ellos. Los chicos saltaron, jugaron, los hice pintar? Cuando los más chiquitos vienen acá, al taller, se vuelven locos. Son los que mejor sintonizan.

-¿Qué te hizo ser distinta?

-La libertad brutal que tengo con el trabajo.

-¿Cuándo descubriste que eras artista?

-En quinto grado. Estaba mirando el pupitre, y dije: "Soy artista plástica". No tenía aptitudes para dibujar, pero lo sentí. Ahí empecé a tratar de ir a Bellas Artes.

-¿Podría decirse que no tenés edad?

-Sí, totalmente?. O no: tengo 25 años. Me quedé en 25. Todos los que están acá, mis asistentes, tienen entre 25 y 24. Me siento mejor con la gente joven a la que le gusta el arte.

-¿Qué te decidió a tener asistentes?

-Cuando me ocurrió aquello en Ezeiza [en 2004, fue detenida por llevar cocaína] fui a una psiquiatra, que me dijo: "Tenés que organizarte, tener secretaria". Y lo hice.

-¿Cómo reconocés a quienes tienen tu misma frecuencia?

-Lo siento. Cinco años tuve a una secretaria burguesa, y no lo soporté. Como los que fueron siempre a un mismo colegio. Encasillados. Yo fui hasta sexto grado a una escuela del Estado. Ni terminé cuarto año en Bellas Artes. Pero me presentaba a becas y las ganaba.

-Ahora sería imposible hacer una carrera como la tuya.

-No existe. Ahora necesitás el secundario, y ahí ya te adoctrinaron. A los 12 años yo estaba en primer año de Bellas Artes. A los 16 abandoné. Me quedaba una materia cuando me fui a París. Y después querían que rindiera todo? nunca mas volví.

-Además de la psiquiatra, ¿alguien puede decirte qué hacer?

-Es difícil, difícil. ¿Sabés que no puedo hacer nada por encargo? A pedido, no puedo.

-De todos modos, es como si no conocieras el miedo a la página en blanco.

-Jamás. No paro, no puedo parar. Es tremendo. Me levanto, desayuno y vengo para acá. Y si una obra no me gusta, la rompo. Estuve rompiendo muchísimo. Siempre rompo.

-Para ser de otro planeta, hundís muchas raíces en éste.

-Soy de otro planeta. Pero me camuflo en una persona bastante normal.

Bio

Profesión: artista

Edad: 71 años

Emblema de la vanguardia y el arte pop de los 60, brilló en el Instituto Di Tella. Obras como La Menesunda, el Minuphone (restaurado y vuelto a exponer en el Espacio Fundación Telefónica), El Partenón de libros o el Lobo de mar del Museo MAR de Mar del Plata la convirtieron en una de las más populares artistas argentinas

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