
Médico, marino y hombre de desafíos
El anestesista del Irízar siempre dice presente en las paradas más difíciles
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Cuando llegó, como médico, a la Armada Argentina, lo primero que hizo fue ir por un año a la Antártida y, en la pequeña base de las islas Orcadas, manejó como segundo comandante un grupo muy reducido de gente para esas soledades australes.
Será por eso, entonces, que cuando la semana última se tomó la decisión de que el rompehielos Almirante Irízar siguiera su camino y el buque alemán Magdalena Oldendorff se quedara a invernar en el hielo, Juan Carlos Campana cruzó de cubierta para internarse, por no menos de cuatro meses, con 14 hombres desconocidos y de distintas nacionalidades que necesitan de su asistencia.
Curioso, estudioso, observador y fanático por lo desconocido, ya de chico quería ser médico y coleccionaba los apéndices de anatomía de la revista Anteojito.
Raro destino el de este chaqueño nacido en Resistencia hace 32 años, en pleno litoral, donde abundan el sol, la humedad y los calores que abruman, que salió a buscar los hielos del Sur sin dudar un instante.
Destino que habla de una personalidad dispuesta siempre a enfrentar grandes desafíos, como cuando hace seis años se incorporó como anestesista en la Marina, después de haber elegido esa especialidad, porque "la anestesiología es la más difícil, ya que cada caso es un mundo", como él mismo dice.
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Hijo de un periodista, hizo sus estudios en el colegio Don Bosco para finalmente ingresar en la universidad chaqueña, en donde se convirtió en jugador de rugby.
A los 17 años sus padres ya le habían dado la emancipación y la vida, el golpe más duro, al dejarlo sin su única hermana, María Carla, de 13 años.
A Juan Carlos Campana esa desaparición lo afectó mucho, pero la asimiló, poniendo siempre de relieve ese espíritu de líder, el mismo que destaca su gran carisma y su sentimiento de igualdad, ese que siempre mostró con todos, pobres y ricos, los que lo conocieron por las calles de Resistencia.
Como José, aquel lustrabotas que una vez le prestó el cajón y el banquito para que el hoy teniente de navío se hiciera unos pesos que terminaron en un empache de hamburguesas.
En el Normal conoció a Miriam, su actual novia, la que siempre espera. Mientras, se ganaba las tardes como cajero en el circo de turno o pegando afiches en las calles.
Cuentan quienes lo conocen bien que siempre se las rebuscó, pero que por sobre eso pesó su espíritu de franquear lo impenetrable, de dominar sus emociones como lo debe de estar haciendo ahora, allá en el hielo, con días que más bien son sólo noches y encerrado en el edificio del barco alemán, sin poder salir a una cubierta helada, estática.
Hombre que hizo sus primeras armas como médico de emergencias, siempre destacó a la "otra tropa", la de las enfermeras.
Para aprender, hacía guardias en el hospital Perrando, en donde los heridos suelen caer a menudo con algún corte producido por el filo del cuchillo: "Las enfermeras me enseñaron todo, a coser y a curar diferentes heridas. Ellas son mejores que nosotros, los médicos", repite, generoso, a menudo.
Juan Carlos Campana es muy querido en el Chaco. Será por eso que nunca se enfrentó con nadie, que para enfrentamientos prefiere otros desafíos. Como éste, el que tiene dentro del buque alemán Magdalena Oldendorff, mientras sus 172 compañeros del Irízar ya navegan hacia Buenos Aires.
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