
Murió ayer, en Pilar, el Gato Dumas, bon vivant y fino cocinero
Había aprendido su métier en Inglaterra
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Considerado el cocinero creativo más destacado de América latina, pionero de la fusión, maestro indiscutido de la última generación de chefs y hombre de personalidad avasallante, falleció ayer Carlos Alberto "Gato" Dumas, a los 65 años, víctima de una tromboembolia pulmonar, durante su convalecencia de una operación de cáncer.
Auténtico bon vivant, el Gato se calzó su primer delantal a los tres años para cocinar con su abuelo Alberto Lagos, escultor y amante de la buena mesa. Al tiempo comenzó a decir que sería arquitecto como su padre (Carlos Dumas), pero en quinto año de la carrera decidió cambiar planos por sartenes. Así dejó todo y viajó a Londres para aprender trabajando en un restaurante. Allí conoció a Robert Carrier, un gran creador de la cocina moderna, que le auguró una excelente carrera.
Aquel maestro no se equivocó. De regreso a Buenos Aires, el Gato revolucionó la gastronomía argentina. El primer boom se llamó La Chimére, en plena Recoleta, barrio que adoraba porque allí vivió su niñez. Luego vendrían La Termita, Hereford, La Jamonería de Vieytes, Drugstore, Clark´s Sarmiento, Clark´s Recoleta, Clark´s Quintana, La Terraza del Gato Dumas, La Rotisería del Pilar, el Delta Queen, La Bianca y un Clark´s brasileño en San Pablo y La Chimére en Buzios.
En los últimos años, luego de vaivenes económicos y cansado de trasnochar, Dumas decidió dedicarse a la televisión y a su escuela de cocina, un éxito sin igual que se expandió a Rosario y Neuquén. "Ahora me dedico a disfrutar. El restaurante te roba la vida, yo ya tuve mucho y lo perdí todo. Prefiero dar clases, hacer televisión, divertirme con amigos y disfrutar de mi familia, mi gran tesoro", dijo alguna vez en una entrevista con LA NACION.
Padre de cinco hijos, la menor, Olivia, de cinco años, era su debilidad. "Ella y mi esposa (Mariana Gassó) son la real felicidad. Lo material va y viene, pero la vida es otra cosa. Yo me levanto, juego en la cama con la nena, desayuno con mi mujer y salgo a ver el verde. Hace una década que estoy en Pilar (en el country Carmel). Llegué cuando la Panamericana no tenía banquina, no había un alma. Cada árbol, cada aromática, cada flor que hay acá la planté yo. Y no necesito nada más", contó.
Paladar exigente, de oficio gruñón, se jactaba de haber invitado a retirarse de su restaurante "a clientes desubicados, aquellos que pretenden un magret de canard cocido o un bife carbonizado". Generoso, histriónico, grandilocuente, le encantaba invitar amigos a disfrutar de perniles de ternera, amaba la menta, el whisky, el jengibre ( ginger , decía casi a gritos), las enormes omelette surprise , la mesa bien decorada, la abundancia, la alegría. Estaba convencido de que la felicidad y la buena vida lo mantenían alejado de los médicos. Pero esta vez no fue así. Un mes atrás fue operado de un cáncer de próstata y, si bien regresó a su casa de Carmel, una tromboembolia pulmonar terminó ayer con su apasionante vida.
Sus restos recibirán sepultura hoy, a las 11, en el cementerio Parque Memorial de Pilar.
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