New York Fashion Week, una pasarela plagada de escándalos

Ironías por la figura de las modelos; ausencias y críticas despiadadas de los medios
Juana Libedinsky
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17 de febrero de 2012  

NUEVA YORK.- El verdadero termómetro de la New York Fashion Week, dicen los veteranos observadores de estas pasarelas, suele estar en el backstage de los desfiles, en las fiestas posteriores a los shows o en las largas caminatas (bajo la lluvia, bajo la nieve, contra el viento o contra toda miseria meteorológica junta) en la gran explanada del Lincoln Center que se debe atravesar para llegar a las salas donde se desarrollan los shows propiamente dichos.

Y en estos lugares, como quizá no ocurría desde los 80, en el momento de gloria de Claudia Schiffer, Cindy Crawford y su claque, se estaba hablando más de las modelos que de la ropa, aunque se hable de ellas como fenómenos sociológicos y ya no sólo como superstars. El primer gran escándalo fue a raíz de que la modelo que es la sensación del momento, Kate Upton, no fue invitada a pisar ninguno de los desfiles.

Upton sí estuvo, en cambio, esta semana en la tapa de The New York Times, en la tapa del célebre "bikini special" de la revista Sports Illustrated y en el programa de David Letterman por dos razones. Primero, porque se inventó a sí misma a través de Internet. Colgó en YouTube un video de ella hacienda el "dougie" (un pasito que está de moda, como en su momento fue la Macarena o en la Argentina el de Los Wachiturros) y de pronto se volvió viral, con más de tres millones de espectadores. Segundo, porque es pulposa a la vieja usanza. "Una Jayne Mansfield para el siglo XXI" es como se la está promocionando, pero su fama no logró pasar las puertas de las pasarelas montadas en el Lincoln Center. Se la calificó como un tipo de belleza demasiado obvio, que con cirugías y tinturas se puede conseguir, y que no sirve de perchero. "Look botinera" (footballer's wife) fue como la calificaron desde los cuarteles de Victoria's Secret. Pero las revistas de moda de avanzada, como V Magazine, ya la contrataron para producciones y hay muchas dudas respecto de si la pasarela podrá mantenerse aislada de fenómenos web o finalmente sucumbirá también.

Por lo pronto, a lo que ya sucumbió fue a la tendencia de las sonrisas. En la tapa de Vogue de febrero, la modelo sonríe mostrando todos los dientes enmarcados en labios colorado chillón. En Marie Claire , Reese Witherspoon luce loca de contenta.

En la Fashion Week de Nueva York la explicación sociológica al fenómeno la daba, con cara de por qué se está preguntando lo obvio, cualquiera de los fashionistas, blogueros, miembros de la prensa acreditada o socialities mientras esperaban el comienzo de los desfiles: en épocas de recesión, cuando la gente está por definición deprimida, no ayuda a las ventas mostrar mujeres envueltas en prendas lujosas y que encima están tristes. Si se pueden vestir bien, que al menos muestren que lo disfrutan y levanten el ánimo de los demás.

Claro que las revistas son una cosa y la pasarela es otra. ¿Se animarían a sonreír las señoritas en las tablas de Lincoln Center?

Una al menos lo hizo. Y no al estilo Tyra Banks, que popularizó en la televisión americana la máxima de que una modelo siempre debe sonreír con los ojos, nunca con la boca, sino que ocasionalmente dedicó a los fotógrafos de la sala una sonrisa abierta y franca. Fue Charlotte Free, una modelo de la escasa estatura de Kate Moss, con el pelo rosa furioso y que fue la estrella en desfiles ligeramente alternativos como Mara Hoffman, Timo Weiland, Jeremy Scott's o más informales como Levis.

En los desfiles más establishment , la cara de circunstancia prevaleció, y la discusión pasaba por otro lado. Resulta que el consejo que reúne a la industria de la moda local (el Council of Fashion Designers of America) aconsejó que no se utilizaran modelos menores de 16 años. El argumento era cierta incomodidad en que se viera ropa para adultos llevada por niñas. Marc Jacobs hizo oídos sordos al pedido del consejo -del cual él mismo es uno de los directores- y puso en su pasarela a Thairine García y Ondria Hardin, quienes tienen 14 o 15 años como máximo. El argumento esgrimido por el diseñador fue que si se usan niños para las películas y se usan niños para los catálogos, no debía haber una excepción para la pasarela. Aun así, dada su posición de preeminencia en la industria de la moda americana, su decisión fue muy polémica y, para algunos, innecesaria.

"Con el tamaño de sombreros que les puso a las modelos, las tapaba tanto que podría haber hecho desfilar a las empleadas de limpieza y nadie se hubiera dado cuenta", sostuvo furioso The New York Times. "@ (en) la NYFW el drama nunca acaba", twitteó una de las comentadoras más seguidas del ambiente. Y este año pocos le disputan su máxima.

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