
Nuevas atracciones en el Zoológico
Habrá una selva tropical y un espacio con noche artificial para estudiar la conducta de los animales
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El 18 de marzo de 1992 todo transcurría normalmente en el Jardín Zoológico de Buenos Aires, hasta que a las 3 de la tarde se escapó Martín, el chimpancé.
Salió corriendo por la calle República de la India, cruzó la Avenida del Libertador (algunos dijeron que había esperado la luz verde del semáforo), ingresó en la residencia del embajador de los Estados Unidos y se instaló muy orondo entre las ramas más altas de un árbol.
Los veterinarios fueron a buscarlo, provistos de rifles cargados con dardos adormecedores y handys para coordinar sus maniobras. Al verlos, los marines creyeron que era un ataque terrorista, así que hicieron cuerpo a tierra y les apuntaron con sus fusiles automáticos.
Estaban a punto de disparar, cuando desde el altavoz de un patrullero les llegó la explicación de lo que ocurría. Los marines se tranquilizaron. Martín se distendió aún más: cayó dormido en una red que se había colocado bajo el árbol.
La historia fue relatada a La Nación precisamente por quien condujo el operativo de recaptura del mono, el doctor Gabriel Aguado, gerente técnico del Zoo porteño que en octubre próximo cumplirá 100 años de vida.
Nuevos modos de exhibición
El paseo, en cuyas 18 hectáreas se exhiben 260 especies, es explotado hoy por la empresa Corporación Interamericana de Espectáculos-Rock and Pop, y cuenta con una dotación de 245 personas, entre veterinarios, administrativos, cuidadores, guías educativos y empleados de vigilancia y limpieza.
Aguado explica lo de Martín como "producto de su soledad. Estaba así desde que llegó, en 1978. Por eso, en el 94 le trajimos a Millie, su compañera dinamarquesa, con la que tuvo su primer hijo. No creo que ahora se le ocurra intentar otra aventura como aquélla".
Une la decisión de aparear a Martín con el resto de seguimientos más afinados para detectar necesidades de la población del Zoo, uno de los sitios de esparcimiento más concurridos del país, con 3,5 millones de visitantes anuales. El promedio en las vacaciones que terminan mañana llegó a 45.000 personas por día.
El gerente habla de transformaciones estructurales y operativas. Destaca más a estas últimas, "por la importancia de haber logrado modificar la actitud de la gente hacia los animales. Una eficaz tarea de docencia permitió, por ejemplo, erradicar la costumbre de arrojarles alimento indiscriminado, que los enfermaba y hasta provocaba su muerte. Hace cinco años que no tenemos episodios de este tipo", se enorgullece.
Digno de Bradbury
Pero aborda también el tema de los proyectos, algunos bastante espectaculares, cuya concreción se prevé para marzo del próximo año y que implicarán una inversión cercana a los 4 millones de dólares.
El problema de los días de lluvia, por ejemplo, que convierten a un zoológico en un lugar solitario y melancólico, será salvado con el techado de los senderos desde los que se observa a los ejemplares. "La innovación será exclusiva para este tipo de reservorios en América del Sur y obviamente apunta a posibilitar las visitas pese a las inclemencias climáticas", añade el científico.
Pero los cambios más notables serán seguramente el rain forest y el nocturnario, cuya descripción hace evocar maravillas futuristas encontradas en algún relato de Ray Bradbury.
El primero consistirá en un recinto en el que será recreado el microclima de la selva costarricense (una de las más húmedas del mundo, lo cual, sumado a las altas temperaturas, genera densa vegetación), para dar ámbito apropiado a especies de ese hábitat: guacamayos, monos, serpientes y hasta insectos aquí prácticamente desconocidos.
En el nocturnario, mediante reóstatos, efectos térmicos y sonoros y de luces controlados por computadoras, se invertirán los momentos extremos del día: habrá mañanas y noches artificiales, con lo cual se activará a ejemplares en momentos en que naturalmente se recluyen, para poder observarlos y hacer estudios de comportamiento.
Arca de Noé del siglo XXI
Esto último -la etología, o sea el estudio de la conducta animal- fue señalado por Aguado como uno de los factores que modificaron la actitud del hombre respecto de la fauna, con una progresiva comprensión que fue dejando atrás la represiva concepción victoriana, "en la que el animal era sólo una pieza capturada en las colonias europeas de Africa y enjaulada para diversión de las clases altas".
El más reciente efecto de la etología y sus pares inseparables, la ecología y el conservacionismo, es una perspectiva más alentadora frente a las especies en riesgo de extinción, y en ello asumen gran protagonismo los zoológicos y las reservas. El del oso Panda es ya un clásico en el tema. Su riesgo de extinción total sobrevino, en China, como consecuencia de las políticas agrícolas que hicieron prácticamente desaparecer el bambú, su principal alimento.
En ese como en muchos otros casos, los zoológicos establecieron previsiones y cuidados que permitieron proteger muchas especies. "El Zoo de Washington, por ejemplo, ya dispone de semen y piel de diversas especies para reproducirlos algún día. En ese sentido, estos lugares son como Arcas de Noé del siglo XXI", dice Aguado.
El diálogo se cierra con las "estrellas" del predio: los tigres blancos en primer término, nacidos recientemente y que aún esperan sus nombres por dictamen infantil, como es tradición en el parque; la jirafa Pocho; el hipopótamo Poroto; los orangutanes Marisa, Rafael y Connie, y la elefante Mara, entre muchos más.
Pero no olvidamos a Martín, claro. Cuando nos acercamos a su amplio recinto, mientras el trío de chimpancés se despulga, juega o toma sol en sus hamacas paraguayas, leemos la ficha de la familia: "Pan troglodytes, casi un humano. Es muy inteligente y ama intensamente a su prole".
Lo de "casi" agitó algunas dudas. En no pocos, de este lado, la humanidad plenaria parece una excesiva presunción. ¿No son acaso capaces de hacer cosas peores que subirse al árbol de un embajador?
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