
“Oasis de vida”: restos de un plesiosuario permiten conocer cómo era el ecosistema antártico hace 65 millones de años
Investigadores del Conicet describieron restos de un reptil marino que convivió con la última etapa de los dinosaurios
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SAN CARLOS DE BARILOCHE.- En la isla Marambio, en la Antártida, se descubrieron restos de un plesiosaurio de hace 65 millones de años. El anuncio fue efectuado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en coincidencia con el Día del Investigador Científico, que se celebró el viernes 10 de abril.
Los expertos descubrieron que los restos de esos reptiles marinos que vivieron durante el Mesozoico funcionaban como verdaderos “oasis de vida”, capaces de sostener comunidades diversas. Marianella Talevi, investigadora del Conicet en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología que depende de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN) y primera autora del trabajo publicado en Cretaceous Research, explicó que todo comenzó con el hallazgo de un ejemplar en la Antártida, recuperado en 2016 por equipos argentinos.
Los investigadores se concentraron no solo en describir los restos óseos de aquel plesiosaurio, sino también en reconstruir qué ocurrió con su cuerpo tras la muerte: las huellas de carroñeros, microorganismos y procesos químicos que lo transformaron en un verdadero ecosistema en el fondo marino.

“Este ejemplar vivió hacia fines del Cretácico (Maastrichtiano), hace aproximadamente 66 millones de años. En él se identificaron vértebras, huesos largos y huesos planos, pero lo más llamativo fue la presencia de marcas de bioerosión y evidencias de una comunidad ecológica asociada al cadáver. Entre ellas, se observaron perforaciones (macroscópicas y microscópicas), marcas de mordidas y minerales como pirita, formados por actividad bacteriana, analizados mediante microscopía en cortes paleohistológicos”, contó Talevi.
El equipo de expertos señaló que, tras la muerte, esos grandes cadáveres de vertebrados se hundían y comenzaban a descomponerse en el fondo del océano. A partir de ese momento se desarrollaba un proceso en distintas etapas, en el que diversos organismos los aprovechaban como fuente de alimento. En una primera instancia, intervenían grandes carroñeros, como peces y tiburones, que consumían los tejidos blandos. Más tarde, los restos eran colonizados por organismos oportunistas, junto con microorganismos y bacterias que continuaban su degradación. Finalmente, cuando los nutrientes se agotaban, los huesos dejaban de ser alimento y pasaban a funcionar como un sustrato duro, utilizado por distintos organismos como hábitat.
“En la actualidad, este proceso puede compararse con los cadáveres de ballenas que yacen en el fondo marino, comúnmente conocidos como whale fall, ya que generan dinámicas ecológicas muy similares: atraen comunidades de organismos que atraviesan etapas de descomposición comparables a las de los plesiosaurios”, indicó la doctora en Ciencias Naturales.

Así, junto con Soledad Brezina, investigadora de la UNRN, y Darío Lazo, investigador del Conicet en el Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber”, Talevi demostró que los ecosistemas marinos del pasado eran altamente complejos. En este sentido, advierten que, lejos de representar un final, la muerte de aquellos gigantes daba lugar a nuevas dinámicas ecológicas, revelando una trama de interacciones que hoy, millones de años después, la ciencia comienza a reconstruir.
Fauna antártica
Hace unos 70 millones de años, en el período Cretácico, la Antártida no era la gran masa de hielo que conocemos hoy. En aquel momento, estaba parcialmente cubierta por mares poco profundos que no eran fríos como los actuales. Esas aguas eran habitadas por invertebrados y reptiles como mosasaurios, plesiosaurios y tortugas.
Muchos de los restos óseos de plesiosaurios fueron hallados en diversas campañas en la Formación López de Bertodano (Maastrichiano tardío), en la isla Marambio. En 2018, el paleontólogo José Patricio O’Gorman halló allí los restos de un gigantesco elasmosáurido, que habitó los mares antárticos hasta hace unos 66 millones de años y que se constituyó como el más grande de esa familia a nivel mundial y uno de los más grandes del orden de los plesiosaurios.
Bautizado Marambionectes molinai en honor a la base Marambio y a Omar José Molina (1937-2022) –fue integrante del Museo de La Plata y primer técnico en la paleontología argentina en ir a trabajar a la Antártida en la década de 1970–, ese reptil marino de 11 metros de largo convivió en la última etapa de los dinosaurios y, de hecho, se extinguió junto con ellos.
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