
Otra vez colapsó la ciudad por la lluvia
Hubo numerosas bocacalles anegadas, decenas de automóviles dañados, 170 semáforos fuera de servicio y 30 árboles caídos
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Calles inundadas, caos de tránsito, cortes de energía eléctrica, medios de transporte suspendidos, comercios afectados y vecinos con el agua hasta la cintura. La fuerte lluvia que comenzó ayer a primera hora de la mañana y se intensificó alrededor del mediodía paralizó por varias horas distintos sectores de la ciudad de Buenos Aires.
Si bien durante la mañana cayeron en total 61 milímetros, los casi 50 que se precipitaron durante dos fuertes chaparrones antes y después del mediodía bastaron para dejar al descubierto, una vez más, los problemas de infraestructura que tiene la Capital, especialmente en los barrios de Palermo, Núñez, Villa Crespo, Belgrano y Liniers.
En Los Piletones, Villa Soldati, 25 familias tuvieron que ser evacuadas. En una situación de emergencia, tres geriátricos porteños y el hospital Alvarez recibieron suministro eléctrico. Hubo 20 bocacalles cortadas, 170 semáforos quedaron inhabilitados, cayeron 30 árboles y unos 20 automóviles sufrieron desperfectos por el agua.
A las 12, en la Avenida del Libertador al 7200, en Núñez, una tapa de alcantarilla fue levantada por la presión del agua, que, a borbotones y con un olor fétido, brotaba como si fuera una fuente en medio del asfalto. El agua cubría la vereda y un carril de la avenida, lo que obligaba a los transeúntes a caminar junto a los autos.
"Siempre se inunda. Los vecinos están cansados", dijo a LA NACION Germán, encargado del edificio de la Avenida del Libertador 4890, en Palermo, mientras el agua rozaba el peldaño que daba al hall de entrada. "Con todas las lluvias es la misma historia. Nadie cuida nada, los cartoneros tiran basura a la calle y el gobierno no hace nada."
En Dorrego y Avenida del Libertador, bajo el puente del ferrocarril, una señora intentaba cruzar la calle con el agua hasta las rodillas. A unos metros, sobre Dorrego, un taxi Renault 19 había quedado varado, mientras que un Peugeot 504, en marcha y con su conductor adentro, era empujado por la corriente hacia la vereda.
A la altura de Juan B. Justo y Libertador se produjo un embotellamiento que duró tres horas. Si bien allí los semáforos funcionaban, eran ignorados por autos y ómnibus que buscaban una vía de escape que no estuviera inundada.
"Esto es un descontrol. Estoy acá hace 45 minutos", dijo a LA NACION Rubén Padula, mientras esperaba que parara de llover bajo el techo de un negocio en la esquina de Santa Fe y Juan B. Justo. Allí, las imágenes eran surrealistas: una mujer se animaba a practicar remo con un bote inflable. Minutos después un hombre apareció en escena, pero al comando de un kayak.
Luego de que cesaron las precipitaciones, el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, afirmó que un tercio de la ciudad quedó paralizado y aseguró que la comuna invertirá 1500 millones de pesos en obras hidráulicas (ver aparte).
Comerciantes afectados
En Liniers, la zona más golpeada al oeste de la Capital, todo fue cuestión de minutos. Entre las 10.30 y las 11 el agua venció las barreras improvisadas por vecinos y comerciantes, que intentaron sin éxito impedir que el agua echara a perder sus mercaderías.
Alejandro Acosta, encargado de una mueblería en la avenida Rivadavia al 11.200, contó a LA NACION: "El agua nos llegaba hasta las rodillas. Entró por el frente y bajó hasta el sótano, donde teníamos placares, colchones y mucha mercadería que quedó arruinada. Estimamos que las pérdidas son de unos 50.000 pesos".
Según un comunicado de la asociación empresaria Fedecámaras, "más de 50.000 comercios minoristas de la Capital y 80.000 del conurbano sufrieron grandes pérdidas, lo que significa más del 30 por ciento de la mercadería".
Cuando el agua ya había hecho estragos en los comercios de la avenida Rivadavia, en Liniers, una tropilla de empleados del Ente de Higiene Urbana comenzó a destapar las bocas de tormenta. "Nosotros barremos, pero la gente tira de todo y no damos abasto", se excusó una barrendera.
LA NACION comprobó que el personal de limpieza sacaba ayer de una boca de tormenta, en avenida Rivadavia y Cosquín, ramas y hojas secas, pero también una rueda de bicicleta, cartones y botellas de plástico y de cerveza.
Pero el agua no sólo arruinó mercaderías. El dueño de una tienda de ropa masculina situada en Rivadavia 11.614 lamentó: "Vamos a tener que hacer reformas. Debido a las inundaciones instalamos una cortina especial, con una barrera de un metro de alto, pero el agua superó la marca y entró igual y levantó el piso del local".
Cuando la lluvia había cesado y el sol húmedo de la tarde asomaba detrás de la cancha de Vélez, una imagen mancomunaba a los comerciantes, de Caballito a Liniers: empleados con caras largas que, trapo de piso en mano, sacaban los últimos baldes con agua de sus comercios.





