
Palermo anduvo a los corcovos
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El hombre se enhorquetó de primera sobre el lomo del animal, tomó firmemente las riendas con la mano izquierda y castigó sin pausa. De abajo vino la respuesta. El potro se arqueó en el aire, se abalanzó hacia el centro de la pista y amenazó con bolearse.
Los apadrinadores llegaron a tiempo y alzaron al jinete que, con el sombrero en la mano, fue ovacionado por las casi 10.000 personas que se apretujaron en las históricas tribunas de Palermo. El bagual, un gateado pampa bien criollo, disparó con ganas sobre el barro y terminó compartiendo los aplausos con quien momentos antes había terciado en una lucha emocionante.
"¡Fue un empate!", dijo alguno. "¡Fue un gustazo!", le contestaron. Las jineteadas, tan propias de nuestras fiestas camperas, volvieron a la arena de la Rural y el éxito fue total. Tres tropillas, pertenecientes a Valerio Zubiaurre, Pedro Lucio Sarciat y Olegario Víctor Andrade, llegaron desde Tres Arroyos, Rauch y Río Colorado al centro de esta Capital para poner de pie a un público que por fortuna no se olvidó del todo de sus tradiciones..
"¡Ah tiempos!, si era un orgullo /ver jinetear a un paisano/cuando era gaucho baqueano/aunque el potro se boliase/no había uno que no parase/con el cabresto en la mano", dice José Hernández en una de sus sextetas.
Seguramente el gaucho Fierro se hubiera puesto orgulloso de saber que en esta ciudad "medio bellaca" para los recuerdos del campo, 40 reservados y diez paisanos montadores salieron cortando el viento, venciéndose unos a otros.
Impresionó la actuación de una yegua baya, llamada La Media Vuelta; de un alazán, El Apache, que pareció querer encarar las tribunas. Atronaron los gritos del público, hasta que un jinete quedó tendido sobre el campo. La multitud enmudeció. El Porrón se había ido al suelo apretando con todo el lomo a Miguel Acosta. Enseguida entraron los médicos pero el hombre volvió en sí, recuperó la vertical y alzando el rebenque le demostró a la gente que los gauchos de su pago, Tapalqué, no se doblegan tan fácil.
Así, a los corcovos y con los versos camperos del animador Pastor Luna, se iluminó la tarde de un domingo que había amanecido medio tristón.





