
Pompa para honrar a los muertos
Leila Guerriero LA NACION
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En el principio, fue otra cosa. Fue una familia de trabajadores -mamá, papá, tres hijos-, dueños de una vivienda modesta en Villa Adelina, sobre la calle Paraná, construida con un préstamo conseguido por el jefe de familia -Alfredo Péculo-, que ganaba su salario trabajando en la mesa de entrada de la Casa de Gobierno en los 50 y en un taller de reparación de radios montado en su casa, junto al que se lucía la vidriera del Bazar Dito, que con inigualable buen gusto su mujer -Amelia Amanda de Péculo- mantenía provisto de la mejor cristalería de la zona.
En el principio fue eso y tres hijos -Alfredo, Norma, Ricardo- y una vida de obreros de Perón con las vacaciones pagas en complejos de la provincia de Córdoba. Después, un día, el hijo mayor, Alfredo, llegó con la idea. Les dijo que era el negocio del futuro, y sus padres dijeron cómo no. Aquel verano -primeros años 60- partieron de vacaciones y, en la puerta de lo que había sido hasta entonces el taller de radios, dejaron un cartel escueto: "Próximamente: cochería".
Y fue allí donde el hijo mayor organizó el negocio que lo haría millonario: Cochería Paraná, la empresa de pompas fúnebres más grande de la Argentina, propiedad absoluta de Alfredo Péculo hasta 1998 cuando, después de haberla hecho crecer hasta alcanzar las 13 sucursales y los 35 servicios por día, de haber organizado las ceremonias fúnebres del fotógrafo José Luis Cabezas y de Carlos Menem junior, decidió venderla a un grupo estadounidense que la vendió, a su vez, a uno español en 2008.
Pero, si durante más de 30 años, Alfredo Péculo, que falleció en 2007, fue la cara visible y el nombre mercurial al frente de la empresa (además de candidato eterno a intendente de San Isidro por el peronismo) hoy, cuando se habla de Cochería Paraná, se piensa en otro hombre. En alguien que no fue fundador ni socio ni accionista. En quien fue toda la vida un empleado: en Ricardo Péculo, hermano menor, empeñado ahora en difundir la necesidad de recuperar el boato de los muertos, el rito, las pompas fúnebres: un tanatólogo.
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"Para mí, mi hermano Alfredo fue siempre un maestro."
Es la última hora de una tarde azul en Buenos Aires. Ricardo Péculo es alto, entrecano; tiene la barba candado, el traje impecable, la rastra de gaucho.
"En mi casa siempre fuimos peronistas y tradicionalistas. Yo ahora soy cincuenta por ciento peronista. Me interesa la justicia social, pero no entiendo la política como se hace ahora."
La oficina, en un piso 21 de la galería Jardín, es prestada y pertenece a una empresa de seguros, propiedad de su sobrino. Las paredes están repletas de títulos que lo acreditan como director funerario y tanatopraxista, de certificados de participación en seminarios de ceremonia exequial. Desde los diez años aprendió, de las artes que debe manejar un funebrero, todas: cómo lidiar con los certificados de defunción, cómo coordinar la llegada de un cortejo a un cementerio, cómo vestir, cómo peinar, cómo maquillar aquello que ya no tiene vida y hasta qué hacer cuando un día de lluvia una capilla ardiente amenaza con electrocutar a la concurrencia.
"Cuando era chico, terminaba los deberes y me iba a la cochería. Mi hermano viajaba viendo qué se usaba afuera. Yo no. No conozco Europa ni Estados Unidos. No me interesa. Mi hermano introdujo la costumbre de servir sándwiches de miga y café en los velatorios. Al principio, los familiares me querían sacar a patadas. Yo les decía: «Bueno, se los dejo acá y ya vengo». Cuando volvía, no quedaban ni las migas."
Cochería Paraná instaló, entre otros usos, el de proveer a cada velatorio de su azafata para atender las necesidades de los deudos, cantar salmos durante el cierre del ataúd, y el servicio de tanatopraxia.
"Se inyectan químicos para lograr la conservación del cuerpo. Pero a mí no me gusta trabajar con los cuerpos. Eso lo hace mi sobrino, Daniel Carunchio, el hijo de mi hermana Norma."
- ¿Se podrá hablar con su sobrino?
-Sí, claro. Si no me quita protagonismo...
"Uh, el flaco. Es mi tío, pero también es mi amigo."
En Villa Adelina, en las oficinas de la casa matriz de Cochería Paraná, Daniel Carunchio, poco más de 40, es el último bastión de la familia Péculo que trabaja en la Cochería Paraná, director general de este grupo que ahora engloba 33 casas velatorias y tres cementerios.
"Empecé a laburar en la cochería cuando tenía 15 años. En el 87, fui a Colombia a especializarme en tanatopraxia, una técnica que acá no se conocía."
En su oficina hay un puma y un pecarí embalsamados y fotos que atestiguan el trabajo que hizo grande a la empresa: el rostro reconstruido de una mujer que sufrió un accidente, el de un varón joven que se arrojó desde un quinto piso, y varias, detalladas, de un cadáver de nueve meses de antigüedad en proceso de tanatopraxia.
"Se buscan arteria y vena. Se inyecta por arteria, llego al corazón y salgo. Es como un calefón: entra agua fría, sale agua caliente. Eso que ves ahí son los huevos de mosca. Este es el pie. Este es el tejido adiposo. Toda grasa fijada. Bien conservado. Sin olor. Increíble, ¿no? Pero a nadie le gusta trabajar con cuerpos. Es duro. Estás todo el tiempo rodeado del dolor de los demás."
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Norma Péculo es viuda desde los 53 años, hermana de Alfredo y de Ricardo y, como ellos, un ser de confección sólida: alta, parejamente grande. Vive en la misma casa de Villa Adelina en la que vivió con su madre durante años, a media cuadra de la casa matriz de la Cochería Paraná.
"Alfredo y Ricardo se llevaban muy bien. Pero me pregunto si es bueno ser tan unidos. Porque uno sufre mucho después. Cuando te toca no estás mejor preparado que otros. Mi hijo, Daniel, preparó al padre y sufrió horrores. Es horrible cuando te toca preparar a la familia."
Preparar, dice Norma: vestir, amortajar, arropar los primeros días de la muerte.
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Ricardo Péculo bebe un café como si nada le doliera, pero le duele: el costado derecho de la cara, gentileza de una neuralgia del trigémino.
"Uno nace sin esto, pero se muere con esto. ¿Querés ver lo de Perón?"
Lo de Perón es la filmación del traslado de los restos de Juan Domingo a la quinta de San Vicente, a cargo de Ricardo Péculo y su hermano, que, aunque ya no estaban vinculados a la cochería, cumplían con dos condiciones básicas: eran peronistas y sabían qué hacer.
"Yo hice lo de Garrido, el policía que mataron en San Isidro. A veces hago cosas así, porque me piden, y porque hay que saber el ceremonial, que no se lo enseñan ni a los diplomáticos de carrera."
Hay una toma cenital de los hermanos Péculo en la bóveda, de las 12 llaves que destraban el blindex, del cura diciendo: "Escucha, Señor, la súplica que te hacemos, implorando tu misericordia por tu siervo Juan Domingo". Están los gritos -Aguante, mi general- y las caras francamente sonrientes de Moyano, de Herminio Iglesias, de Barrionuevo y las caras francamente graves de los hermanos Péculo.
"Fue muy fuerte verlo sin las manos. Ese ultraje. Uno no se acostumbra. A mí me tocaron todos. Mi padre, mi madre, mi hermano. A todos les cerré el ataúd llorando. No quería que lo hiciera otro."
Alfredo Péculo murió el 27 de febrero de 2007 y Ricardo siempre supo lo que Alfredo quería: un velatorio en la Asociación Tradicionalista El Lazo, ropas de gaucho. Todo eso quedó registrado en un video con una banda de sonido profesional, en el que se mezclan el ruido ambiente y una zamba escrita para el muerto, que fue llevado al cementerio de Boulogne en una carreta tirada por bueyes. Ricardo Péculo, vestido de gaucho, cabalgó llevando las riendas del caballo de su hermano, que iba, como manda la tradición, con un poncho negro cruzado sobre el lomo.
"La gente quiere pompas. Es mentira eso que dicen: «A mí tirame a la basura». Dicen eso cuando están sanos."
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Habilidoso con las manos, arrasador con las mujeres, inútil para la cocina, obsesivo con la prolijidad en el vestir, Ricardo Péculo conoció a Marila, su primera esposa, oficiando de lacayo (el que recibe a los familiares en la puerta de la sala velatoria) en el funeral del abuelo de la dama. Se fueron a vivir juntos y un año más tarde se casaron. Nació, de esa unión, una hija, Karina, y estuvieron juntos hasta que la niña tuvo ocho años.
"El era un mujeriego nato. Se fue de casa cuando yo tenía ocho años. Se fue a trabajar, y nunca más volvió."
Karina Péculo, única hija de Ricardo Péculo, tiene 32 años, dos crías chicas, y una voz encendida por la risa.
"Pero yo no sirvo para odiar. A mí, mi viejo me da orgullo, me da ternura. Además, todo ese tiempo que lo tuve fue muy lindo. Era aventurero, navegábamos. Mi papá es buena gente y no es nada ambicioso. No le interesa tener. A mí siempre me dice: «Lo único que tengo a mi nombre sos vos»."
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Ricardo Péculo no tiene, pero tuvo: casaquinta en Tortuguitas; departamento en Acassuso; caballos. Ahora habita un departamento de dos ambientes en Martínez, alquilado, tiene un auto modesto, y vive de lo que le pagan por dar conferencias sobre el arte de homenajear a los caídos.
"Asesoro a empresas del interior; doy charlas para directores de cementerios. Así como todo el mundo tiene su médico de cabecera, debería tener su tanatólogo de cabecera. Si la última voluntad de una persona es que le pongan en el ataúd su reel y su caña de pescar, ¿vos creés que la mujer en ese momento se va a acordar o, que si se acuerda, se va a animar a decir: «Mi marido quería el reel ?». Dejarlo escrito, hablar con el tanatólogo antes, todo eso sirve para aliviar el dolor."
"Quiero mostrar a los directores funerarios lo que hacen y lo que deberían hacer. Les siguen pegando los ojos y la boca con La Gotita. Es una barrabasada. Los ojos se cierran con unos lentes de contacto y la boca, con una sutura interna. Cuando cierran el ataúd, lo sueldan con un soplete. Hay que usar un soldador eléctrico, que no hace ruido porque, si no, cuando viene el plomero a casa, me acuerdo de cuando la cerraron a mi abuela. Siempre les digo: «Si la gente no llora en un servicio, ustedes no sirven. Hacete este cuadro: sin el ruido del soplete y con una soprano que cante el Ave María. Lloran hasta las paredes». Lo que quiero es enseñar honras fúnebres. Yo me siento útil en un momento difícil en que la gente no sabe qué hacer. Las ceremonias, los ritos, alivian el dolor. Nos educan muy mal para la muerte."
Durante este año, Ricardo Péculo fue la cara visible de un programa televisivo llamado De aquí a la eternidad , que se vio por Utilísima Satelital, y en el que desarrolló la idea que es su sermón y su misa: que hay que organizar el propio funeral como se organizan las bodas y los cumpleaños. Funcionó bien. Empezaba con la "Oda a la alegría", precedida por la frase: "No sé qué hay mañana, pero lo único que haré seguramente será morir". Después, sobre un fondo de cementerio, aparecía Ricardo Péculo diciendo en el envío en que habló de ataúdes y destinos finales: "La idea es mostrarles todas las posibilidades que hay en el mercado para organizar un evento. Lo vemos después del corte. Y no se vayan: tenemos toda una vida para organizarlo".
"La gente cree que nosotros trabajamos con la muerte, pero nosotros trabajamos para los que quedan vivos."
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En el primer piso para fumadores de una confitería del centro porteño, muestra fotos de su infancia: el Bazar Dito y sus vidrieras bombé; él, sus dos hermanos, su madre y su padre en las playas de Santa Teresita. El, a punto de hacer su salto de bautismo en paracaídas.
"Hace rato que no salto. Es muy caro. La gente cree que soy millonario, y soy monotributista. Hace poco, me vino una inspección de la AFIP. Me empezaron a preguntar qué tenía. Les llevé el contrato de alquiler de mi departamento de dos ambientes, les dije que tengo un auto. Y me dicen «Pero... ¿y el programa de televisión?». Y les digo: «No cobro». Les propuse ser yo el conductor, a cambio de no cobrarles nada. A mí me sirve, porque ahora soy Péculo, el de la televisión.
-¿Y usted sabe qué quiere para su velatorio?
-Ropa de gaucho. Y que me cremen. Quiero que pongan mi ceniza con la de mis viejos, que las tengo en mi casa. No me quiero quedar solo en el cementerio.
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Después de su primera separación, inició una segunda pareja. Catorce años después volvió a separarse y conoció a Gabriela, la mujer que está con él desde hace 11 años y con la que se casó hace uno. Ella es pastora de una iglesia evangélica y trabaja como secretaria en una radio FM de San Isidro.
"Nos conocimos en política -dice Gabriela, que trabajaba para las campañas de Alfredo Péculo-. Estábamos en una reunión y veo a un hombre y pregunto quién es. Era el hermano de Alfredo. Muy bajo perfil. Un día me llevó a mi casa en auto y me dio un beso. A las cuatro de ese día me llaman por teléfono. Me dicen: «El señor Ricardo Péculo la va a pasar a buscar, porque tienen que ir a hacer padrones». Y yo dije: «¿Ahora?». «Sí, en media hora.» Me vestí y él me pasó a buscar. Me llevó a una fábrica de ataúdes, donde se hacían los padrones. Ahí empezó. El 20 de junio de 1997."
Ella tenía 28; él, 45. El primer viaje que hicieron juntos fue a Córdoba, a un congreso funerario. Ahora, cada vez que quiere sorprender a su mujer, Ricardo Péculo hace cosas como las que hizo ayer: escribirle TE AMO, una letra en cada uno de los cinco huevos que había en la heladera.
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El libro está sobre el escritorio de la oficina de Péculo, en el piso 21, y es un manual de tanatoestética firmado por Fernando Alcón Pineda: Conservación natural. Cosmetología. Maniobras previas y aseo mortuorio .
"Me lo mandaron de España", dice, antes de pedir disculpas y salir un momento de la oficina.
Las instrucciones del capítulo dedicado al aseo mortuorio son las siguientes: "Despojaremos al cadáver de sus ropas colocándolo sobre la mesa de trabajo y procediendo al lavado completo del cuerpo, cabellos incluidos, utilizando agua corriente y cualquier tipo de jabón. En el caso de varones, procederemos al afeitado del rostro si fuese necesario. Se realizará una limpieza de los orificios naturales procediendo a su taponamiento. En el caso de utilizar los polvos es mejor colocar en lo profundo de la garganta y sellar con algodón". Péculo regresa, se sienta, apoya una bolsa de plástico en el piso.
"¿Viste que cuando bajan un ataúd a la tierra le ponen unas sogas horribles, con unos ganchos que parecen de carnicero? Yo quiero enseñarles a hacer una cosa mejor y ahí me trajeron unas sogas más bonitas. La verdad es que yo no encuentro belleza en la muerte. Encuentro una circunstancia triste y la necesidad de los que quedan. Hay que hacer honras fúnebres a esa persona. Que vivió, que trabajó para algo. Mirá, cuando moría alguien de una fábrica textil muy importante que había en Villa Adelina, nosotros íbamos con el cortejo hasta la puerta y ahí tocábamos la sirena que habíamos puesto en la carroza fúnebre, que imitaba la sirena de la fábrica. Y salían todos. Y se nos ponía la piel de gallina. Ese es un homenaje, si el tipo vivía ahí más que en la casa."
Después, cruza las manos sobre el escritorio y sonríe.
"Pero, claro. Hoy, si les parás la fábrica así, vienen los dueños y te matan.
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