
Abuso
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MOTRIL/ROMA.-J. G. C. tiene 59 años y relata haber sido víctima de abusos sexuales cuando era menor, a principios de los años ochenta, por parte del que era uno de los responsables del seminario de Segovia, A. G. R. Tenía 13 años. “Estaba con el resto de compañeros en la fila para irnos al cine. A. G. R. me dijo que tenía que quedarme y que me subiera a la habitación. Entraron él y otro profesor. A. fue a mi cama y me arrancó la ropa; el otro, al ver eso, se fue. Intenté resistirme. Me decía que estuviera tranquilo y empezó a acariciarme y tocarme y ya no soy capaz de recordar nada más. Solo que al día siguiente me dijo que me quedara en la cama porque estaba enfermo”, cuenta J. G. C. en una cafetería de Motril. Tras presentar una denuncia en el obispado de Segovia, el tribunal canónico de la Rota en España acaba de archivar el caso por “falta de indicios y de un testimonio concluyente”, según le comunicaron a la familia. Y aduce que el cura tuvo que sacarle la ropa porque “estaba mojado y era diciembre”. El sacerdote, que tiene ahora 80 años, aseguró en el proceso canónico abierto que es inocente y culpó del abuso a otro alumno amigo de la víctima.
Este caso, ya prescripto para los tribunales, es representativo de cómo se gestionan muchos procesos canónicos: habitualmente se cree al acusado más que a la víctima; no se investiga casi nada; apenas se facilita al denunciante información de la causa, que en este caso duró casi un año; se descartan los testigos que plantea la acusación. El único informe de la Iglesia española sobre el escándalo, llamado Para dar luz, de 2023, ya solo consideraba creíble uno de cada 10 casos conocidos. Y sobre todo, en muchos casos, la denuncia se oculta al Vaticano (pese a que desde 2001 hay obligación de comunicarlos al dicasterio de Doctrina de la Fe), o cuando se envía el caso, ya es con propuesta de archivo, que este organismo se limita a avalar. En este caso, el obispado asegura que “los resultados fueron trasladados al Dicasterio de la Doctrina de la Fe, que es al que corresponde resolver estas cuestiones”. Es la única pregunta de las cuatro enviadas por este periódico que contestó el obispo de Segovia. Además, la diócesis amenazó con actuar legalmente contra la familia del denunciante si recurría a la prensa. “Recibimos una llamada de una persona que dijo ser abogada del obispado en la que se nos dijo que esto iba a tener consecuencias: una querella, el sufrimiento de la Iglesia Católica y de personas inocentes”, relata T. G. C, una de las hermanas de la víctima. Al menos ya desde el pasado 15 de abril pueden recurrir al sistema de reparación oficial del Ministerio de Justicia, alternativa a todos los que archiva la Iglesia.
Hay un detalle relevante: pese a archivar el caso, el obispado apartó al cura de tener contacto con menores. El obispo de Segovia aseguró a las hermanas que a A.G.R. “se suspendió la capacidad de estar en actividades pastorales con niños”. Le preguntaron entonces si tenía menores a su cargo. “No, no los tiene. Pero que sepa que no los puede tener”, contestó.
A J. todavía le tiemblan las manos y los brazos cuando habla de esa noche de la que no recuerda nada más que lo denunciado. Para el obispo de Segovia, Jesús Vidal Chamorro, hay “incongruencias”, que hicieron que el tribunal de la Rota propusiera el archivo de la causa sobre la que Roma tendrá la última palabra. En una grabación a la que tuvo acceso EL PAÍS, Chamorro, en una conversación con T. G. C. y C. G. C., dos de las seis hermanas de la víctima, les dice: “Entiendo que en la infancia a su hermano le puede haber pasado algo, pero qué y con quién no lo podemos deducir de las declaraciones, porque hay muchas contradicciones. Yo no puedo iniciar una causa contra alguien sin tener indicios claros, porque eso sería también una injusticia”.
Lo que relatan haber “sufrido” desde entonces es una muestra, consideran, del desamparo al que están expuestas muchas de las víctimas que pasan por una investigación eclesiástica en el tribunal de la Rota: solo recogieron información por parte del personal interno de la Iglesia, no llamaron a declarar a testigos claves facilitados por la familia y, además, según denuncia la víctima, las preguntas que le hizo el juez eran sobre los hechos relatados por el presunto abusador y no los que él denunció.
“Siento asco e impotencia. ¿Cómo puede haber gente así?”, afirma J., que muestra un aspecto deprimido y enfermizo y va tres horas por semana a la psiquiatra. Cuenta que, con 18 años, en cuanto sacó el registro de conducir, buscó un psicólogo. “Sentía que no estaba bien, pero no fui capaz de contarle lo que me había pasado. Ni a él ni a nadie más hasta hace un par de años, sentía mucha vergüenza”, dice. Tuvo un par de intentos de suicidio, adicciones y deudas, ya que muchos de los negocios que inició naufragaron.
Sus hermanas siempre sospecharon que algo malo le había pasado durante su estadía en el seminario. “Una de las frases que más repetía era que su vida se vino abajo desde que estuvo allí. Está destrozado”, dice T., que recuerda, además, verlo abatido en casa. “Lloraba y le decía a mi madre que no quería volver al seminario”, añade.
Hace un par de años, por fin, les contó que había sufrido abusos sexuales por parte de A. G. R. Cuatro de las seis hermanas decidieron ir a ver a este cura “para conocer su versión”; lo abordaron en Segovia después de misa el verano pasado y este, que se acordaba de J. “como si lo hubiera visto el día anterior”, las recibió en un despacho. Las cuatro le contaron, según una grabación a la que tuvo acceso este periódico, que su hermano se encuentra muy mal.
—Me acuerdo de su madre [es muy católica] y de su hermano; era un chico bueno, muy dócil. No tenía personalidad, siempre actuaba motivado por alguien que estaba detrás; es mi impresión.
—Estamos aquí para intentar averiguar qué ocurrió; ¿cómo puede ser que saliera de aquí hecho un auténtico desastre?
—Su estadía en el seminario no fue feliz.
—¿Qué cree que pasó?
—No lo sé, lo tendría que decir un médico o un estudio psicológico. Era un chico dócil y obediente, pero esa docilidad y esa obediencia se la quita un chico que era de Madrid.
—Le preguntamos muchas veces por qué repite que su vida se vino abajo tras pasar por el seminario y por fin nos dijo que fue sexualmente abusado allí dentro.
—Esa es la impresión que yo tenía...
—Nos dijo que fue abusado por usted.
—¿Por mí? ¡Por el amor de Dios! Eso es completamente falso.
—¿Y entonces por qué opina que fue abusado?
—Yo pienso que fue abusado por ese chico... porque además yo me los encontré una noche acostados en la misma cama. [Luego matiza que no tiene constancia de haberlos encontrado “tocándose” y que J. estaba en “actitud fetal” y más tarde en la conversación califica el episodio de “anécdota”].
En la conversación, ante el asombro de sus hermanas, que le preguntaron cómo es que no avisó a los padres, contesta: “La amistad es un secreto íntimo”. Sobre la acusación fue enérgico y se escudó en el estado mental de su exalumno: “Yo no puedo tolerar que una persona que está ahora en tratamiento psiquiátrico diga, 40 años después, que yo abusé de él. Mi honor está por encima de una persona enferma”.
Unas semanas después, en julio del año pasado, las hermanas denunciaron los abusos ante el obispado. Se instruyó el caso en el tribunal de la Rota. Dos de las cuatro hermanas y la víctima prestaron declaración el pasado mes de noviembre; salieron sin copia de su comparecencia pese a haberla reclamado. “Fuimos a buscar a excompañeros de mi hermano y facilitamos el nombre y apellido de uno de ellos que nos contó que el comportamiento de J. cambió de la noche a la mañana: se encerró en sí mismo, empezó a fumar, se volvió conflictivo, contestón, apenas se relacionaba. Ni se molestaron en localizarlo”, cuenta C. Tampoco localizaron a la persona que el cura señala como abusador.
Chamorro, el obispo, en la conversación a la que tuvo acceso este periódico, lo justifica: “En el ámbito canónico nuestra capacidad de investigación es reducida. No tenemos la capacidad de la policía de encontrar un domicilio. Al juez [de la Rota] le hemos entregado todos los archivos del seminario, pero no puede ponerse a llamar a todos los alumnos y hacer una causa que sería desproporcionada si no tenemos más datos concretos”. Las hermanas siguen sin entender qué más datos concretos hacen falta. Tampoco creen que la Rota los buscó. El obispo no contestó a la pregunta de por qué no creen a la víctima. Esta y su familia decidieron hacer público su caso por si pueden aparecer más víctimas.
Según J., durante su declaración ante el juez de la Rota, las preguntas no tuvieron nada que ver con el abuso denunciado. “Me preguntaron si conocía al tal X [nombre ficticio que corresponde a la persona que, según el cura, abusó de la víctima], si dormía con él y si teníamos relaciones íntimas. No entendía nada”. Más tarde le pidieron que relatara los hechos. A sus hermanas les confesó que salió de la declaración “muy confundido y avergonzado”, que sintió mucha presión. “Nos dijo que le repetían: ¿Seguro que no está confundido?”.
A.G.R. sigue dando misa los sábados. Cuando T. y C. le recordaron a Chamorro que el cura desnudó a su hermano y le tocó, según la denuncia, este les respondió: “Era diciembre, estaba mojado y no creo que el seminario tuviera una gran calefacción. El juez dice que ciertamente puede que sea imprudente el acto de sacarle la ropa para que no se enfermara. Pero en esa época no lo era”.
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