
Quieren que la calle Monroe sea Rosas
La tradicional arteria de Belgrano y Villa Urquiza tuvo ya ese nombre entre 1974 y 1976; varios diputados rechazan la idea
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Nuevamente un diputado de la ciudad quiere cambiarle el nombre a una calle para ponerle Juan Manuel de Rosas. Y, esta vez, los dardos apuntan contra James Monroe, presidente norteamericano entre 1817 y 1825, en cuyo honor fue bautizada la tradicional arteria de los barrios de Belgrano y Villa Urquiza.
Si bien la iniciativa no reviste originalidad, la novedad reside en que, en lugar de despertar una polémica como lo hicieron otras propuestas para modificar la nomenclatura urbana, este caso más bien originó el desinterés de diputados que son jefe de bloque o referentes de los bloques mayoritarios en la Legislatura porteña.
El proyecto pertenece al diputado kirchnerista Claudio Ferreño e ingresó en la Comisión de Cultura y Comunicación del cuerpo, donde aún no fue discutido.
Ferreño plantea restituir la denominación de Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas a la actual Monroe, en toda su extensión. Y, para eso, propone derogar el decreto ordenanza N° 1665/76, que dejó sin efecto el nombre anterior, precisamente, el que ahora intenta restablecer.
Es que, según confirmaron ayer a LA NACION en el Instituto Histórico de la Ciudad, quedó constatado que esta arteria se llamaba Saavedra en 1855. Luego, en 1893, una ordenanza le otorgó la denominación de Monroe, que estuvo vigente durante 80 años.
Hasta que, en 1974, por la ordenanza 29.905, adquirió el nombre de Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Dos años después, la Junta Militar la volvió a bautizar con el apellido del presidente norteamericano, mediante el decreto ordenanza 1665/76.
Casi 30 años después, Ferreño impulsa un nuevo cambio de nomenclatura. "Con una ley democrática pretendo revertir este acto injusto de la última dictadura militar, que borró de un plumazo la decisión tomada por el gobierno nacional y popular del doctor Héctor Cámpora", explicó Ferreño a LA NACION.
Y consideró: "Es una injusticia que Rosas no tenga una calle que lo recuerde en la ciudad donde nació y vivió, simplemente porque la dictadura sacó su nombre. Sin entrar en el debate sobre si fue bueno o malo, ni compararlo con otros próceres, no podemos obviar que gobernó y dirigió los destinos del país durante 20 años".
LA NACION quiso sondear si el proyecto prosperaría en caso de que un despacho de comisión llegara al recinto. Referentes de los principales partidos de la Legislatura también opinaron que Rosas debe tener una calle con su nombre en la Capital, pero sostuvieron que el cuerpo "tiene cuestiones más urgentes por tratar como para perder tiempo en cambios nomenclaturales".
"Tenemos otras prioridades. Hay que evitar el debate político por cuestiones menores. Podemos llamar Rosas a una calle aún sin nombre y permitir que Monroe siga así. El nombre está muy instalado", dijo Gabriela Michetti, presidenta del bloque macrista Compromiso para el Cambio.
"No es nuestra prioridad discutir este tema, ni creo que sea prioritario para los vecinos. Estamos discutiendo otros temas trascendentales", respondió Diego Santilli, jefe del bloque aliado al macrismo Juntos por Buenos Aires.
Y un diputado con peso en el kirchnerismo dijo que "le parecía poco oportuno" dedicarse a la cuestión y consideró que la iniciativa puede no prosperar porque, en 2003, una ley ordenó llamar Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas a la futura autopista ribereña.
El presidente de la Comisión de Cultura, el socialista Norberto La Porta, coincidió: "Insistir en estos temas sólo sirve para dividir más a la sociedad, en un momento tan particular".
MONROE
"América para los americanos"
Dijo el presidente norteamericano Thomas Jefferson: "Monroe es tan honesto que si se pudiera inspeccionar su alma no se podría detectar ninguna mácula sobre ella". Hablaba de James Monroe, también presidente de los Estados Unidos -entre 1817 y 1825- y autor de una doctrina que sobrevivió a su tiempo, a su siglo y al siglo siguiente, también.
Se trata de aquella que se haría conocida por el concepto "América para los americanos"; la doctrina, promulgada en 1823, fue la respuesta aislacionista a la restauración monárquica en Europa y una eventual reconquista de América latina. Sostenía Monroe que las naciones del Nuevo Mundo no serían consideradas sujetas a futura colonización por ninguna potencia europea.
Monroe había nacido en Westmoreland, Virginia, en 1758. Fue, desde joven, hombre de fuertes ideas nacionalistas, ambicioso y enérgico: fue soldado, abogado, senador y embajador en Francia. Cuando llegó a la presidencia, en 1817, armó un poderoso gabinete, con el sureño John Calhoun como secretario de Guerra y el norteño John Quincy Adams -uno de sus más cercanos consejeros, que lo sucedería- como secretario de Estado.
Los detractores de Monroe sostienen que con su política nacionalista había profundas grietas secesionistas. Pero no es por su política interna por lo que se lo evoca, sino por la doctrina que, muchos años después de su muerte, en 1931, fue bautizada con su apellido.
ROSAS
La pretensión del poder supremo
Sobre Juan Manuel de Rosas han caído todos los insultos imaginables y las loas más desmedidas. Lo suyo eran el mando y la obediencia, el principio del poder. Lo propio del estanciero argentino de la época: destreza criolla, lujosos vestidos gauchos, largas jornadas de pampa interminable y solitaria le permitían al patrón ser jefe porque en lo propio de los paisanos él era igual o mejor que ellos.
La otra característica del estanciero que él encarnaba era el sentido de propiedad de extensiones enormes. Cuando Rosas inspeccionó Buenos Aires hasta el Tuyú y Azul, custodiando al agrimensor junto al coronel Juan Lavalle, lo hizo con ojos de dueño, y de hecho esas tierras fueron a manos de parientes y amigos.
El poder nacional lo ejerció con el mismo espíritu, aunque entendía que las otras provincias eran estancias ajenas. Con su realismo formidable, Rosas, o "El Restaurador", logró unificar la Nación bajo un mando común, lo que permitió de hecho la organización nacional, que sólo pudo llevarse a cabo tras su derrocamiento.
Desde entonces, pocos intentaron una política de conciliación: Urquiza y Mitre generaron la unión nacional, pero fueron odiados por los viejos federales; Mitre y Roca impulsaron el extraordinario progreso de fines del siglo XIX, pero hicieron que del federalismo surgiera el radicalismo revolucionario; así sería durante prácticamente el resto de la historia argentina, hasta hoy.
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