
Réquiem para el hombre ilustrado
Por Bartolomé de Vedia
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Decir que Fulano es un hombre culto puede significar muchas cosas. Puede significar, por ejemplo, que ha leído "El contrato social" de Rousseau y está informado de que a Luis XIV le decían el Rey Sol. Pero también puede significar que se abstiene enérgicamente de sonarse la nariz con la servilleta y sabe qué cubierto es el que tiene que empuñar cuando le sirven pescado.
Mi abuelo decía que lo más aconsejable para parecer un hombre culto era serlo. Pero como no todo el mundo tiene paciencia para leer a Goethe o a Proust ni dinero para recorrer los museos de Europa, muchos optaron por ser cultos a la manera del conde Chikov, que se hizo famoso como cultor de los buenos modales y salvó de hacer papelones a muchos concurrentes pertinaces a cócteles, embajadas y almuerzos televisivos.
Históricamente, el concepto de hombre culto se reservó para el hombre (o la mujer, bueno estaría) con especial versación en las disciplinas humanísticas: las bellas artes, la literatura, la filosofía, la historia. Un dominio exhaustivo del teorema de Pitágoras o de la estructura morfológica de los crustáceos no servía para sacar patente de hombre culto.
Es que la ciencia daba prestigio, pero no lustre. Y el hombre culto era un hombre lustroso. O ilustrado, que en muchos casos viene a ser lo mismo.
Saber decir
Hemos ido, pues, acotando el concepto: al hombre culto se lo liga, desde siempre, con el arte y el saber humanístico. Pero aquí hay que dar un paso más. Nadie osaría decir que Platón o Kant o Heidegger eran hombres cultos. El hombre culto era más bien el que sabía decir dos o tres cosas sobre Heidegger, Kant o Platón.
Con lo cual aparece una segunda nota caracterizante: el hombre culto no es un hombre sabio o genial sino un hombre que glosa o comenta las genialidades ajenas. El hombre culto es más un espectador de la cultura que un protagonista. Es un hombre que conoce cosas, pero no como un profesional sino como un amateur, como un diletante. El hombre culto suele tocar "de oído" en los temas que aborda. Dicho de otro modo:el hombre culto es culto, pero no demasiado.
Un hombre que domina bien su profesión no es un hombre culto. De un abogado que sabe mucho derecho no decimos que es un hombre culto. Decimos, simplemente, que es un buen abogado. Alguien dijo alguna vez que un hombre culto es el que, además de dominar su profesión, sabe algo de historia y de geografía. No está mal como definición. El problema surge si el hombre es profesor de historia o de geografía. En ese caso le estará vedado ser un hombre culto, pues lo propio del hombre culto es proyectar su versación sobre territorios profesionales ajenos.
La contracultura
Hacia la década del 70 apareció la "contracultura", con lo cual todo empezó a complicarse. Para ser culto, paradójicamente, había que estar en contra de la cultura, al menos en su sentido más convencional y académico. El hombre culto tenía que ser rebelde, so riesgo de ser tenido por conformista.
Con la posmodernidad, la contracultura se fue desdibujando y hasta se volvió anacrónica. Y el hombre culto empieza a desconcertarse. Por un lado, le han dicho que el tremendismo ha pasado a ser de mal tono y que leer a JeanPaul Sartre o a Sören Kierkegaard puede conducirlo al ostracismo intelectual. Puede buscar refugio en escritores más livianos, como Calvino o Tabucchi, pero es inútil: resulta difícil desempeñar el rol de hombre culto en un mundo en el que la cultura se desacraliza a pasos acelerados. En un tiempo entre cínico y pragmático, el hombre culto presiente que su cabeza puede rodar en cualquier salón. Y como en el fondo ama su pescuezo, prefiere pasar por ignorante.
La evolución del término
Ser culto tuvo distintos significados a lo largo del tiempo. El historiador José Emilio Burucúa resumió para La Nación cómo cambió el concepto:
- Antigüedad clásica: culto era quien dominaba la filosofía, la poesía y las artes liberales (por ejemplo, Cicerón).
- Edad Media: sobresalía el que se dedicaba a la teología (Abelardo).
Renacimiento: era sabio el gran humanista que había leído los clásicos y dominaba varias ciencias y artes (Leonardo Da Vinci).
- Siglo XVII: se combinó el ideal del gran erudito con el del hombre que sabía desenvolverse en la Corte, discreto y prudente (Cyrano de Bergerac).
- Siglo XVIII: hombre ilustrado, que ejercía la crítica racional y conocía los problemas de la sociedad moderna (Voltaire).
- Siglo XIX: el concepto de hombre culto comenzó a separarse en dos polos (cultura humanística -Max Weber- versus científica -lord Lister-).
- Siglo XX: se acentuó la fragmentación y surgieron tres perfiles diferenciados: el hombre de los nuevos saberes lingüísticos (Umberto Eco), el científico comprometido (Linus Pauling) y el tradicional (Isaiah Berlin).



