Restaurantes que atienden en casas
Son viviendas particulares, algunas habitadas, donde se sirve comida, se escucha música y se baila
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De tan informales, merecerían el calificativo de hogareños y, por ser tan privados, muchas veces pecan de secretos. En Cuba los llaman Paladares y son casas particulares, casas de familias, donde se puede comer, escuchar música y, si la ocasión se presta, bailar. Acá, todavía no tienen nombre y forman parte de uno de los tantos emprendimientos informales derivados de la crisis.
En Chacarita, un grupo de amigos alquiló un PH, tiró paredes, cambió la pino tea rota por cemento alisado, pintó de amarillo el patio y armó una cocina donde se preparan creativos platos autóctonos y curiosidades naturistas.
La puerta de la casa está cerrada, pero quien obtenga el dato de boca de algún conocido será recibido con la hospitalidad que sólo se encuentra en la casa de los buenos amigos.
A la noche, los recitales se combinan con menús fijos. "Por ejemplo, el día que hay música latinoamericana, no se come nada", se ríe Tula, una de las artífices del proyecto.
El ambiente se ilumina con velas y los primeros fines de semana de cada mes se pueden comprar chucherías, libros, juguetes artesanales y ropas en una feria itinerante que se arma para la ocasión.
De día, la casa se convierte en un centro cultural donde se pueden tomar clases de yoga, plástica, construcción de juguetes, teatro, historieta para niños, percusión y otras tantas actividades por menos de 5 pesos.
Bocados y daiquiris
Paula y Nacho viven en la zona del Abasto y, presionados por sus amigos, decidieron abrir su casa (también es un ph) para compartir bocados caseros y daiquiris en su terraza de la calle Acuña de Figueroa.
Anticipándose al invierno, están pensando en habilitar el living antes de que la terraza se convierta en un lugar poco amistoso.
En el barrio de Saavedra, en una vieja carbonería situada a pocas cuadras de Cabildo y General Paz, todos los domingos abre Antidomingo.
Se puede tomar algo bajo las ramas de un duraznero, comer algún bocado casero, escuchar minishows musicales, ver muestras de arte que cambian todas las semanas y curiosear o comprar ropa para niños y productos orgánicos de San Marcos Sierras (Córdoba).
Daniela, una de las organizadoras de los encuentros, convoca a un grupo cada vez más grande de seguidores por medio de e-mails. Además de los shows, su apuesta es el "ambiente ameno. La gente viene, toca el timbre y dice la contraseña, que es antidomingo. Tenemos varias contras, estamos lejos, es los domingos y empieza temprano, a eso de las 19, pero la gente se copa", aseguró.
La cantidad de comensales que convocan estos hogares devenidos restaurantes, bares o multiespacios de arte, varía de acuerdo con el ánimo de cada noche. Un fin de semana agradable, de buen clima y en el que la cadena de e-mails haya funcionado bien, se pueden reunir alrededor de 50 personas. Otras veces, las salas están vacías.
Estos espacios son hijos de la economía informal y, como tales, no comparten las reglas de los demás restaurantes: no usan facturas, habilitaciones, ni marquesinas y forman parte de un circuito que hay que descubrir con paciencia y habilidad detectivesca.
Con una barra que ofrece tragos y comidas a la luz de la luna, Casa Cabrera organiza muestras de diseño, pintura, fotografía y desfiles.
Todo empezó cuando el artista plástico Andrés Pernería se mudó a una casa de la calle Cabrera, en Palermo, a la que le sobraban varios ambientes.
Andrés comenzó a convocar artistas para llenar el espacio, pero al final el arte terminó desplazándolo. Ahora, tuvo que alquilar un departamento al lado para dormir y la casa se convirtió en una especie de casa abierta, galería de arte y centro cultural donde se dictan talleres.
En un segundo piso de la calle Moreno al 1300, La Nave de los Sueños es un multiespacio que ocupa lo que fueron, tiempo atrás, las oficinas de una vieja fábrica. "La idea es que uno se sienta como en el living de su casa, e incluso escuche la misma música. En definitiva, que haga lo que quiera: acá jamás se le impone nada a nadie", cuenta Gabriel, uno de los creadores del proyecto.
Entre otras particularidades, La Nave de los Sueños sólo abre los viernes y cada semana ofrece una muestra de arte distinta. Hay, además, un microcine -un miniambiente peligrosamente cómodo-, donde cada mes se repasa la obra de un director. Se puede bailar, comer, beber y relajarse en alguno de los sillones que invitan a olvidarse de que uno está en casa ajena.



