
Río Cuarto: el esposo y la hija de la víctima, en el lugar de la muerte
Casi todos los vecinos hablan bien de ellos
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RIO CUARTO.- A las 14.35 de ayer, Marcelo Macarrón y su hija Valentina, de 16 años, descendieron de una 4x4 Mitsubishi color azul metalizado que quedó estacionada en una cochera descubierta del chalet situado en el 627 de la calle 5 del Villa Golf Club. Ambos volvían a la casa en la que el sábado a la madrugada murió Nora Dalmasso, esposa del médico y madre de la chica, por causas que aún no fueron debidamente establecidas: ¿víctima de un ataque sexual? ¿o mortal desenlace de un juego erótico peligroso, pero consentido?
Padre e hija vadearon la piscina y caminaron una docena de metros hasta la parte trasera de la casa, a la que volvían después de haber estado ambos en el exterior en el momento crucial: él, en Punta del Este, en un torneo de golf; ella, en los Estados Unidos, en un intercambio estudiantil. Un puñado de periodistas que hacían guardia allí le pidieron que hablara con ellos. Macarrón se excusó con un ligero gesto.
Entraron por la misma puerta que el domingo a la tarde usó don Pablo, un jubilado de 72 años, residente en una casa contigua, al que varios vecinos le confían las llaves de sus viviendas. La madre de Dalmasso le había pedido que fuera a ver si le pasaba algo a ella, pues no contestaba el teléfono.
Al no recibir respuesta, entró por la puerta trasera, que estaba sin llave. Contó después a algunos amigos que creyó que la mujer podría estar bañándose y subió por la escalera, mientras aplaudía. Vio el baño abierto y se inquietó. Entró en un cuarto, el de Valentina. Estaba semioscuro. Encendió la luz y se quedó helado: Nora, de 51 años, estaba sobre la cama, muerta. Su cuerpo, desnudo, apenas cubierto con una bata cuyo cinto de seda daba dos vueltas en torno a su cuello, ajustado con tres nudos.
La casa de la familia Macarrón tiene un patio-jardín bastante amplio; en el medio, una piscina. Está bien parquizado, con el "toque" de Nora, cuyo hobby era la jardinería. Había hecho cursos y participaba de un grupo que comparte ideas y experiencias, según sus vecinos. Es un lindo y cuidado chalet, no más. La mayor parte de Villa Golf Club es así: un sector de clase media. "Acá hay de todo un poco", explicó una señora. La mayoría de los vecinos son renuentes a hablar. Los pocos que acceden piden reserva de sus nombres.
"Buenas referencias"
Nadie -o al menos quienes acceden a conversar- habla mal de los Macarrón. "Ella era muy simpática y dada", dice una vecina. Y el médico traumatólogo (de 47 años, hijo de un suboficial de la Fuerza Aérea), "muy servicial", apunta otro vecino, que recordó cómo un domingo que un hijo suyo se accidentó él dejó la cancha de golf y se ocupó hasta de los mínimos detalles.
Nora salía a caminar por el barrio casi todos los días, con una "pesita" en cada mano. Tenía muy buena silueta. Padecía de un problema de columna que no le dejaba hacer mucha gimnasia. Por eso caminaba o nadaba.
Según varios vecinos, no había problemas visibles en la pareja, como sugieren ciertos rumores. El sábado 18 de noviembre habían celebrado el cumpleaños del médico con una fiesta de la que participaron los amigos, en especial los del Club 36, del que forma parte. Alguien que no simpatiza con ese grupo dijo de Macarrón: "No era mal «tipo», pero le gustaba figurar, estar metido en muchas cosas".
Nora iba diariamente, desde hacía tres años, a la cochería Grassi, un negocio familiar fundado hace 115 años. Entre media mañana y las 13 se ocupaba de tareas administrativas. La parte mayoritaria del negocio pertenece a Lidia de Grassi y sus dos hijos, Jorge y María Elena. Una "mínima parte" -dijo una fuente empresaria a LA NACION- corresponde a María Delia Grassi, de 78 años, casada con Enrique Dalmasso, de 86 años (jubilado telefónico): los padres de Nora. "Cuidaba mucho su aspecto, era muy buena compañera", se comentó en la firma.
Poca vigilancia
Villa Golf Club no es un country ni un barrio cerrado. Tiene puestos de vigilancia en función preventiva, pero no se puede impedir la circulación.
Un cartelito pegado al lado del portón de madera de un segundo garaje de la casa de los Macarrón reza "Casa vigilada" por un sistema de alarma. Esa noche -y las anteriores- la red de cámaras que debe monitorear los movimientos en el barrio no funcionaba.
El sábado, la persona que ingresó en la casa, antes o después de que Nora llegara, a eso de las 3, debió de hacerlo por el frente, que tiene una verja de hierro de 1,20 metros de altura. Y debió salir por el mismo lugar. Los demás costados dan a casas vecinas, de las que está separada por alambrados y setos de plantas, también bajos. ¿Pudo haber llegado e ido por ahí o por los techos? Ese y muchos otros detalles aún deben ser esclarecidos.
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