
Salvó a su familia y a una mujer
Cuando el ómnibus ardía, Sergio Hauff arriesgó su vida Primero hizo que su hijo saltara del vehículo Luego ayudó a su esposa Después asistió a una pasajera Finalmente, abandonó los restos del rodado con quemaduras en el rostro
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SAN NICOLAS (De un enviado especial).- Sergio Hauff demostró ayer que para ser un héroe un padre no necesita más que ver a su familia en peligro. El hombre, de 36 años, que ayer rescató a su esposa, Catalina Segovia, de 38, y a su hijo Carlos, de 14, al ver que sus seres queridos estaban en peligro no dudó en arriesgar su vida para salvarlos de las llamas que devoraba al ómnibus en el que viajan rumbo a Buenos Aires.
"Apenas vi que el fuego empezaba a venirse para atrás agarré uno de los martillitos para romper las ventanillas en caso de accidente y rompí el vidrio a golpes", relató con voz entrecortada Hauff, mientras era atendido en la habitación 7 del área de cirugía del Hospital San Felipe, de San Nicolás. "Ahí nomás manotié del buzo al pibe -siguió-, que se había caído al pasillo en el choque, lo llevé hasta la ventanilla y lo empujé afuera".
"Me costó agarrarlo porque algo se le había caído encima, no sé si una valija u otra persona, no sé -continuó-. No se veía nada, había mucho humo, un humo negro igual al de las cubiertas quemadas. Pero ni bien lo encontré le pegué el manotón y lo alcé de la ropa, como a un gato. El colectivo era un caos, la gente gritaba y había fuego por todas partes, así que lo único que atiné fue a pegarle un empujón fuerte para sacarlo".
Carlos, que sufrió un fuerte golpe que le dejó un ojo en compota, apenas recuerda lo ocurrido. "No sé bien qué paso -dijo-. Yo venía dormido, así que ni me enteré de que habíamos chocado. De lo único que me acuerdo es de que de pronto estaba parado enfrente de la ventana del micro y que me tiraban para afuera. Caí a un costado del micro, que se estaba incendiando, y vi cómo mi mamá y otra mujer saltaban también".
Una gran entereza
"Hasta que el papi no estuvo afuera no nos alejamos del fuego, teníamos miedo de que no pudiera salir", añadió Carlos, quien, pese a su contextura física delgada evidenció una gran entereza. El y la mamá ayudaron al padre, que había sufrido heridas en el salvamento.
Ayer al mediodía, a Hauff, que sufrió quemaduras de segundo grado en la parte izquierda del rostro, le costaba asimilar lo que había vivido. "No puedo creer que hayamos estado tan cerca...", susurró haciendo un esfuerzo para alzar la voz. "Fue un milagro que nos hayamos salvado, que estemos acá los tres juntos -continuó-. Cuando veo lo que pasó no puedo más que agradecerle a Dios por habernos dado una mano".
Ayudar a la esposa no fue tan fácil como al hijo. La mujer se resistía cuando vio la altura a la que había quedado el ómnibus. "No quería saltar, decía que tenía miedo de lastimarse en la caída, cuando lo pienso no lo puedo creer..., pero en el momento ni lo dudé, le pegué un empujón que la hizo salir por la ventana de un salto y hasta ahora no se quejó por lo que hice", contó el hombre con una media sonrisa dibujada en los labios.
"No tengo idea de cómo me quemé -añadió-, porque en el momento no sentí nada. Sólo afuera, cuando me reuní con mi familia, me di cuenta de que estaba lastimado y empecé a sentir un fuerte ardor en la cara."
La familia Hauff vive en Resistencia, Chaco, y habitualmente viaja a Buenos Aires, debido a que su hijo está siendo sometido a un tratamiento de tiroides en el hospital Garrahan. "Nunca duermo, no importa si estoy cansado o no, me gusta viajar mirando el paisaje por la ventanilla", confesó Hauff, que además de su familia ayudó a salir del colectivo a otra mujer, y afirmó: "Cuando chocamos estaba esperando que amaneciera para poder ver el campo con las primeras luces del día".
Y concluye su relato: "Cuando veo por la televisión cómo quedó el colectivo y escucho las cosas que cuentan no puedo creer que hayamos salido vivos de semejante infierno".





